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en primera persona

Diario de un confinamiento: Agujeros negros sin pilas y helado de chocolate

Día 39. Un niño de cinco años teoriza que la vacuna pueda estar en la ingesta masiva de torreznos. No solo tiene una jeta inmensa, ¡se está poniendo como un tonelete!

Darth Vader, sable láser mediante, mantiene la distancia de seguridad.
Darth Vader, sable láser mediante, mantiene la distancia de seguridad.
Pixabay

Hacía su agosto cada 6 de enero. La joven del estanco debajo de mi casa sabía que los Reyes nunca se acordaban de traer pilas para los juguetes y ella aprovechaba la mágica mañana para sablear al vencindario. Ríanse de los sobrecostes de las mascarillas y los geles hidroalcohólicos... Entonces se nos acumulaban los regalos y no sabíamos cuál sacar a la calle. Imagino a los niños ansiosos pensando cuál será el afortunado este domingo, cuando por fin puedan correr, saltar y desfogarse con un peluche de Peppa Pig en la mano.

Ojalá ser policía de juguetes. "Mira, no, Dora, Dora, Dora, pesada, no te toca explorar, tú te quedas en casa". "¿Buzz Light Year? Me vale. Pero nada de hasta el infinito y más allá. Hasta la esquinica y vuelta en un pispás".

Me dice un amigo que él sacaría ‘La bola loca’, que –como se tira de un lado a otro– mantienes a raya la distancia de seguridad. No me acordaba de tal artefacto (parece más de marca Acme que de Comansi), que tenía un pulsador sin botón en el que el dedo que hacía de ventosa. El caso es que él no puede olvidar ‘La bola loca’ porque se la regalaron siendo hijo único y el pobre no tenía con quién jugar. Qué triste estampa. No me extraña que el mismo chaval, un par de años más tarde, pidiera en su carta a los Reyes Magos un agujero negro. Dice que su sueño era absorber a compañeros de clase y que, además, no necesitaba pilas. Todo un nihilista.

Quizá este confinamiento sea una suerte de agujero negro. Un fenómeno cósmico que ha devorado nuestra vida social y que, poco a poco, nos irá regurgitando de nuevo a las calles. Mi amigo Jorgito ya ha elegido su juguete: quiere salir con un casco de Darth Vader. Me parece bien. No sé si conseguirá orientarse ni si le dará mucho el sol con semejante escafandra, pero –oye– seguro que le protege contra el virus e impide que se le acerquen otros niños. Otra cosa será que los vecinos piensen que tiene asma, pero la ventaja añadida es que con este yelmo se ahorran verle su nuevo (y ciertamente discutible) corte de pelo.

Además, si no con el mascarón no se le escucha bien, eso que nos ahorramos porque, a sus cinco años, lleva días desarrollando excéntricas teorías como que la pandemia se vence comiendo torreznos o que quizá la vacuna se halle en el helado de chocolate. Qué jeta tiene el pequeño ternasco. Y cuán hermoso se está poniendo…

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