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Aragón

La vida en tiempos de pandemia: Re-pug-nan-te

El periodista Gervasio Sánchez realiza una profunda crítica por la falta de solidaridad demostrada por la UE ante el conoravirus, que ratifica la respuesta igalmente inaceptable de Europa ante los conflictos más graves en las últimas décadas.

Banderas de la Unión Europea ondean frente a las puertas cerradas del edificio de Consejo Europeo en Bruselas
Banderas de la Unión Europea ondean frente a las puertas cerradas del edificio de Consejo Europeo en Bruselas
EFE

Tenía 24 años cuando visité las instalaciones de la Comunidad Europea y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Bruselas durante un viaje de fin de carrera de periodismo. Era abril de 1984 y faltaba casi dos años para que España ingresara en enero de 1986 en el organismo económico. Ni siquiera se habían celebrado las segundas elecciones al Parlamento europeo.

Aproveché para hacer la primera pregunta indiscreta y nada diplomática de mi vida periodística: “¿Por qué Turquía no ha sido expulsada de la organización tras el golpe de estado militar de setiembre de 1980 cuando, según los propios estatutos internos, solo los países democráticos pueden formar parte de este organismo militar?”.

El comportamiento aberrante, chulesco y prepotente del alto funcionario que nos acompañó en aquella visita provocó una gran tensión con el grupo de estudiantes de periodismo. La cascada de preguntas posteriores, muy críticas con la organización militar, supuso que se fuera de la sala dando un portazo y se ausentase durante la comida a la que habíamos sido invitados.

Volví a mi casa siendo europeísta convencido (me pareció maravilloso poder viajar sin limitaciones fronterizas) y antiatlantista radical. Trabajé como un activista más por el No a la OTAN en el referendo del 12 de marzo de 1986 y me disgusté tanto por la manipulación de Felipe González como por la incapacidad de los antiatlantistas de organizar un frente común contra un gobierno que había cambiado de opinión (OTAN, de entrada No), muy bien arropado por los medios de comunicación públicos y algunos privados.

El 7 de febrero de 1992 empezó a redactarse el tratado de la Unión Europea (UE), firmado en la localidad holandesa de Maastricht el 1 de noviembre de 1993. Los europeos hablaban de ciudadanía europea, de unión económica y monetaria, de criterios de convergencia y de banco central mientras, en su patio trasero, un país balcánico saltaba en mil pedazos y provocaba una década de guerras, con centenares de miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos y mujeres y menores violadas y un desastre económico que dura hasta nuestros días en los siete países independientes, nacidos tras la desintegración de Yugoslavia.

Muchas veces sentí nauseas mientras cubría el matadero balcánico ante el cinismo y la hipocresía de los políticos y diplomáticos europeos. Fueron incapaces de cambiar el guion bélico durante una década y poner fin a la matanza televisada diariamente gracias a una cobertura periodística ejemplar.

Declaraciones pomposas y vergonzosas riegan las portadas de los diarios de la época. Solo hay que darse una vuelta por las hemerotecas para confirmarlo. Tuvieron que ser los estadounidenses quienes sacaran las castañas del fuego a los integrantes de una UE desarmada moralmente y pacificaran los Balcanes cuando el baño de sangre era insoportable.

El comportamiento de la UE, con una Francia a la cabeza más preocupada por resguardar sus intereses y sus trapos sucios en Ruanda y en la región de los Grandes Lagos, fue igual de patético y repugnante cuando se produjo el genocidio tutsi en abril 1994 (750.000 ruandeses liquidados en apenas un trimestre escolar) y, posteriormente, se extendió una epidemia de cólera en el verano de aquel mismo año que diezmó a la población hutu.

Jacques Delors, presidente de la Unión Europea entre 1985 y 1995, tiene razón cuando dice hoy que “la falta de solidaridad europea representa un peligro mortal para la Unión Europea”, aunque es evidente que no es la persona más indicada para hacer críticas ya que él formó parte muy activa del comportamiento desastroso europeo de los años noventa.

Decenas de miles de europeos están muriendo por un maldito virus transfronterizo ante la inoperancia total de las instituciones europeas con políticos haciendo declaraciones “repugnantes” y actuando de manera insolidaria con los países más afectados por la pandemia como son Italia y España. El ex eurodiputado Javier Couso escribió un tuit clarificador: “La UE es como el sistema solar. El sol es Alemania y los demás orbitamos a su alrededor”.

"¿Para qué sirve una inversión de 194.357 millones de euros en gasto militar europeo si no se puede activar un puente aéreo que hubiera podido salvar miles de vidas durante una emergencia sanitaria?"

Sorprende que ante esta crisis moral, Portugal haya regularizado a todos los inmigrantes sin permiso de residencia para protegerlos frente al coronavirus o que Cuba envíe brigadas médicas a Italia para luchar contra la pandemia. “No podemos dar lo que nos sobra sino compartir lo que tenemos. Eso es solidaridad”, ha dicho Carlos Ricardo Pérez Díaz, jefe de la brigada médica cubana al programa A vivir que son dos días de la Cadena SER.

¿Dónde está el músculo militar de la Unión Europea? ¿Por qué no se ha utilizado sus más de 500 aviones de transporte militar para hacer traslados de enfermos de los hospitales más afectados italianos y españoles a los de los países europeos del norte? ¿Para qué sirve una inversión de 194.357 millones de euros en gasto militar europeo (incluidos los más de 43.000 de Reino Unido) si no se puede activar un puente aéreo que hubiera podido salvar miles de vidas durante una emergencia sanitaria?

¿Por qué no se ha activado la industria aérea civil europea para propiciar el traslado de enfermos de una zona a otra cuando el 90% de la flota de Lufthansa (en total, 310 aparatos), British Airways (277), Air France (225), Iberia y sus filiales (148), KLM (123 aviones), Alitalia (93), es decir casi 1.200 aviones, están parados en tierra?

La imagen de la UE va a quedar muy debilitada tras esta pandemia. Indiferentemente de las malas prácticas de algunos países, de los recortes presupuestarios en sanidad de otros, estábamos ante el momento histórico de actuar como una verdadera Unión de estados solidarios y, en cambio, cada uno ha ido por libre, y algunos comportamientos han sido humillantes, cicateros e irresponsables.

Repugnante, dijo António Costa, durante la última cumbre, y lo repitió con todas las silabas: Re-pug-nan-te. Y advirtió: “El virus lamentablemente nos afecta a todos por igual. Si no nos respetamos entre nosotros, ni comprendemos que para un desafío común tenemos que dar una respuesta común, entonces no hemos entendido la función de la UE”.

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