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Aragón

aragón es extraordinario

Hay una sima en Grisel que eriza la piel

El Pozo de los Aines es una visita célebre en el área de Tarazona y el Moncayo, pero no goza del reconocimiento que merece en el resto de Aragón.

Foto de Grisel
El Pozo de los Aines, desde la plataforma enrejada que permite contemplarlo desde la mitad de su altura.
Laura Uranga

Al entrar a Grisel por la carretera que sube desde Tarazona se marca ya el desvío: Pozo de los Aines, a la derecha. Apenas 900 metros desde el casco urbano por la calle San Antón hasta la explanada del aparcamiento, no sin antes atravesar un hilillo de agua encanalada en la acequia que pasa cualquier turismo sin problemas. Se le llama el Pozo a este agujero sublime y enorme, aunque también hay quien le dice la Sima de los Aines; eso sí, decir sima ya te delata como ‘forano’. Es una dolina, un hundimiento de tierra cuya datación ronda los cinco siglos, aunque no hay una fecha exacta de referencia hasta la mención que hiciera Juan Bautista Labaña en su ‘Itinerario del Reino de Aragón’ en 1610. Sí está claro que llevaba tiempo ahí, y la tradición oral sitúa el fenómeno (el ruido debió ser de aúpa, hay quien asegura que se oyó en Tarazona, a 3 kilómetros) a mediados del XVI.

El terreno es arcilloso en esta zona; hay mucha agua y el subsuelo tiene cierta vocación de gruyère, algo bueno para los pozos y los cultivos, pero con este tipo de contraindicaciones. Javier Bona, estudioso del tema y director del Centro de Estudios Turiasonenses durante muchos años, ha escrito sobre el pozo y lo tilda de ‘fascinante’. De hecho, celebró allá su boda; hay merendero junto al Pozo, entre olivos. Se hizo zona de aparcamiento en una hermosa explanada, el Mirador del Pozo, que alberga ocasionalmente actos culturales. Las vistas desde esta explanada no son como las del Mirador de la Diezma, loma arriba, pero se puede apreciar todo el entorno, empezando por las muy próximas Santa Cruz y Tarazona, con Tudela en el horizonte y los Pirineos al fondo.

Rafael, alguacil del pueblo, recuerda que hubo muchos olivos en la zona. Hoy son más bien testimoniales: de bancal pequeño y algo abrupto, a diversas alturas, la explotación no resultaba del todo rentable.

El ayuntamiento de Grisel compró la parcela por 15.000 euros en 2012. “La recuperación y adecuación en 2013 –recuerda Rafael– fue muy respetuosa con el entorno. Antes esto era peligroso; ahora hay barrera de madera arriba y reja abajo, y la plataforma permite ver el pozo a media altura. Tiene casi 40 metros de profundidad y 22 de diámetro. Está iluminado con líneas de luz a dos alturas y focos indirectos, de día es bonito, pero cuando cae la tarde es aún mejor”. Evidentemente, hay que tener cuidado; los que tiran de humor en Grisel dicen que si te caes, caes en mullido, porque suene haber agua abajo y toda esa vegetación es como un manto. Lo más abundante son líquenes, nenúfares sobre la laminilla de agua inferior y unos helechos llamados lengua de ciervo, propios de zona tropical y que crecen en el Pozo de los Aines por el microclima que se genera en su interior; contrasta además la vegetación mediterránea exterior.

Desde la plataforma hay unas escaleras hasta un nivel inferior horadado en roca, a las que se accede por una reja en el suelo (que está con candado: para ir más abajo hay que avisar al ayuntamiento), e incluso otra escala de hierro pegada a la pared que llega muy abajo, casi al fondo. Para bajar del todo ya hacen falta cuerdas y equipo especializado. “A veces –apunta Rafael– toca ir a buscar un móvil de alguien a quien se le ha caído”. El arranque de la grabación, que acciona el visitante con un botón junto al de la luz, puede asustar a los más impresionables, por la música wagneriana, los truenos y el punto cavernoso de la voz, pero no hay que alarmarse; al final, ganan los buenos. Los buenos momentos.

¿Te quedas en un castillo y comes de sidrería aquí mismo?

El pueblo de Grisel rezuma encanto; la sencillez de su configuración urbana se ve alegremente alterada con la silueta del castillo gótico del siglo XIV que funciona desde hace unos años (abrió en 2014, pero el proyecto venía de largo, tres décadas de maceración) como hotel con encanto. Se puede incluso alquilar completo, y el anfitrión es el escritor Luis Zueco, motor del proyecto junto a su tío Manuel Giménez (castillodegrisel.com). Con 8 magníficos dormitorios temáticos, 2 patios de armas y otros 2 salones que sirven como salones ideales para reuniones de empresa, bodega y 3 terrazas, también ha albergado rodajes y se puede alquilar de manera íntegra.

El castillo mantiene la capilla, que ahora es la salita de estar de una suite, y conserva todas las almenas. De allá ha salido la inspiración de Luis para sus últimas novelas: ‘El castillo’ (2015), ‘La ciudad’ (2016) y ‘El monasterio’ (2018), que salieron al mercado con Ediciones B (Penguin Random House).

Sí a la sidrería

El otro atractivo hostelero de Grisel es más pequeño, más reciente y apela directamente a las papilas gustativas de residentes y visitantes: además, está en sinergía con el hotel para ofrecer a sus clientes una alternativa culinaria en el mismo pueblo. El donostiarra Jon Acordagoitia lleva apenas unos meses al frente de ‘El txoko de Jon’, sito en el local del bar y restaurante municipal. Una decoración sobria y cuidada, un buen espacio diáfano, cuidado en el producto, mano en la cocina y mano con la clientela; a veces, si están bien acompañados, los clichés son bienvenidos.

Jon es el arquetipo del hostelero vasco, y su menú de sidrería es tan académico como impecable; no perdona una tamborrada de San Sebastián pase lo que pase, y en los meses más típicos para el disfrute de la tortilla de bacalao, el chuletón y las nueces con queso y membrillo (es decir, ahora mismo) parece crear un túnel espacio-temporal que desemboca directamente en Astigarraga, aunque no tenga toneles. En la barra, además, se reúnen las típicas tertulias de los vecinos, desde las tradicionales por grupos a las improvisadas y corales.

“Llevaba –explica Jon– un bar en Tarazona, que dejé por circunstancias personales, aunque el lugar sigue abierto; salió esta oportunidad hace unos meses, y cuando vine y lo vi, me decidí. La opción del menú de sidrería todo el año es algo que llama la atención a la gente cuando se lo dices, pero para mí es un placer, disfruto con la buena comida; aunque hace mucho que no vivo en San Sebastián, sigo inscrito en mi sociedad, y también cuento con dos proveedores de allá para la carne, los más reconocidos”.

La tortilla está en su punto, con el interior sin cuajar por completo, y añade un bacalao encebollado de aúpa; el chuletón llega en plato de piedra caliente, que renueva con diligencia cuando se le pide, y el cubo plateado de nueces (las abre el cliente con un cascanueces clásico, aunque Petipa y Tchaikovsky no vayan en el menú) con plato de queso y membrillo es el toque final adecuado.

Rafael Gil: volver a trabajar en su pueblo tras toda una vida fuera

“Pues soy de Grisel, éste es mi pueblo, pero he pasado más de media vida fuera, trabajando como comercial; en Bilbao he pasado muchísimos años. Tenía claro que iba a volver, eso sí”. Rafael Gil es el alguacil de Grisel y pertenece a la Asociación Cultural La Diezma, que tiene 300 socios; no está nada mal, teniendo en cuenta que hay 74 habitantes censados en Grisel, con el alcalde Javier Martínez como máxima autoridad local. Rafael explica que hay mucha gente sin raíces previas en el pueblo que se ha encariñado con Grisel, y que de ahí sale ese número de socios tan elevado. “En San Jorge y en verano hacemos unas cuantas cosas, la verdad. Y el Pozo es algo muy importante para nosotros. Siempre tuvo un encanto especial, pero hacía falta acondicionarlo: la razón principal de que el ayuntamiento comprase la parcela en 2012 fue aumentar la seguridad, pero obviamente también se le veía un potencial de atractivo turístico; el boca a boca ha sido efectivo y la gente viene”.

Grisel, presente y futuro

Comarca. Tarazona y el Moncayo.

Cómo llegar. La capital de la comarca, Tarazona, está a apenas 3 kilómetros, y la ciudad navarra de Tudela, a 28. Desde Zaragoza, su capital de provincia, se llega tras recorrer 89 kilómetros. La ruta más directa es por la AP-68 y luego salir a la altura de Gallur para coger la N-122 hasta Tarazona. También se puede ir vía La Muela, Épila y Borja, pero el recorrido es de 20 kilómetros más.

Repunte de la natalidad. En 2012 nació una niña en Grisel después de 20 años sin ese tipo de noticias en el pueblo. Desde entonces hay una media aproximada de bebé por año, lo que da esperanzas de pervivencia a Grisel; su extrema cercanía con Tarazona lo convierte en una opción perfecta de residencia.

Monte verde. En 1996, la Asociación Cultural La Diezma empezó a celebrar el Día del Árbol con el lema ‘planta un árbol, haz un bosque’. Un cuarto de siglo después, el éxito es palpable.  

Reportaje de la serie 'Aragón es extraordinario'.

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