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aragón es extraordinario

Nonaspe expone sus razones para amar los museos

El Etnográfico local es un impulso de la Asociación de Amics de Nonasp, con todo lujo de recreaciones y rescates

Los encantos de Nonaspe están bien repartidos por este pueblo que roza los 1.000 habitantes en el censo y se distingue por reunir junto a sus casco urbano dos ríos, el Algars y el Matarraña, que siguen avanzando ya con el nombre de este último después de rebasar las lindes de la localidad. De entre esos atractivos para el visitante destaca el propio edificio del Ayuntamiento, de una belleza singular; da gusto ir a hacer gestiones en él. Sin embargo, el lugar con más enjundia de Nonaspe en cuanto a forma y fondo de contenidos es, sin duda, el Museo Etnológico que abriera hace algo más de 20 años la Asociación Amics de Nonasp, que a su vez cumple ahora un cuarto de siglo de existencia. Se trata de un hermoso caserón en el centro del casco urbano, con más de 600 metros cuadrados de exposición en cuatro niveles y nuevas estancias en camino de habilitarse para nuevas ideas.

José María Ráfales estuvo entre los entusiastas que formaron la Asociación 25 años atrás, y su particular afán coleccionista se ve reflejado en numerosas piezas del museo. Una de las estancias con mayor impacto surge, sin embargo, del impulso colaborativo de casi todo el pueblo: medio millar largo de fotografías de matrimonios del pueblo. Son parejas inmortalizadas a lo largo de varias décadas. “Tenemos un poco de todo, es verdad, pero hay un discurso, un ordenamiento y también un poco de orgullo por mostrar cosas que no se encuentran fácilmente en otros museos de este tipo. Es un hermoso proyecto hecho realidad, que avanza al paso de las posibilidades; obviamente, la pandemia ha retrasado algunas ideas, pero no las ha dinamitado, simplemente se irán haciendo realidad un poco más despacio. Queremos levantar dos pisos más la casa, pero hasta que sea posible vamos habilitando rinconcitos con cosas que toquen un poco el corazón”.

El bar de bares

El Museo tiene bar, y caja registradora, pero no cobra copas ni las sirve. Es una habitación en la que el concepto de viaje en el tiempo es tan literal que dan ganas de salir a la calle, buscar el DeLorean de Marty McFly y saber si Doc va a ser capaz de regresarnos al futuro. Nonaspe recrea ese bar de toca la vida que tiene un pedacito de cada establecimiento abierto en el pueblo desde mediados del pasado siglo, con especial hincapié en los años setenta. “Aquí se pueden ver fotos de los bares de aquella época, aparecen los padres y abuelos de muchos de nosotros, los míos incluidos. Esto es un primer impulso en este sentido; haremos una segunda parte con los bares más recientes, ahora solo hay una imagen moderna, de 2013, por un sitio de especial significación y durabilidad, es un homenaje; se moverá a la nueva estancia cuando preparemos la otra remesa de imágenes y recuerdos”.

Muchos desaparecieron, otros cambiaron de nombre, pero la sonoridad de los recuerdos se amplifica en este rincón del Museo: Trinquet. Bar Pili, Lo Sindicat, Café del Moliner, Montecarlo (de los padres de José María), Taberna del Graval, Montserrat… un rosario de referencias. “Recogemos objetos de entonces que va guardando la gente, desde viejos números de lotería a fotos del fútbol local. Hay muchos trofeos, que recientemente restauramos en un especialista de Zaragoza. Para nosotros todos los jugadores del equipo local son valiosos, y aunque no tenemos ningún gran profesional del pueblo hubo muchos que jugaron en equipos destacados de Tercera”.

Los detalles que ‘alimentan’

Vídeo del Museo Etnológico Amics de Nonasp en 'Aragón es extraordinario'

Aunque en su día el verbo alimentar fue literal en esos bares, ahora es el espíritu el que se regocija con los recuerdos que emanan de ciertos objetos expuestos. Para empezar, los particularísimos platos para los aperitivos, siguiendo por los refrescos. José María se explaya al respecto. “Tenemos de todo, desde una cajita de palillos del Avión a una cafetera de 1961, que tiene un año más que yo, o botellas de vino espumoso, barajas de cartas, las aceitunas de la Española, un horno de cinco puertas, las cajas grandes de hielo en las que transportaban helados por ferrocarril... a veces llegaban muy perjudicados, los pobres. Y anuncios de la época... esto sería inacabable”.

Hay mucha huella de los licores de la familia Freixa, un clásico de Nonaspe; la cazalla se hizo famosa en toda España, así como el coñac, entre otras muchas variedades. “Tenían alambiques maravillosos –apunta José María– y aquí hay una foto de uno de ellos que actualmente sirve de decoración en un restaurante en París. Estamos tratando de recuperarlo. Y ya veis: sifones, máquina de hacer refresco... están los zuavos o suau, que eran unas gaseosas con café; se están volviendo a comercializar. También tenemos botellas de Sandaru, que se llaman así por su impulsor, Santiago Daurella Rull, un acaudalado barcelonés; eran refrescos de tónica, naranja y limón. Y la cerveza Moritz, que también fue la primera habitual aquí”.

José María está orgulloso de su colección de botellas litografiadas de Ron Negus, otro clásico. “No verás muchas como ésta –se ufana– y es que Negus fue el primer ron que llegó regularmente a los bares aquí. Bueno, que si me dejas no paro de hablar; somos cinco hermanos y yo soy el raro que lo guarda siempre todo, me cuesta mucho tirar las cosas. Es pasión por esto, ya que lo he vivido desde pequeño”.

El Museo quiere dedicar un nuevo espacio a la minería, ya que hay tradición en la zona; será en la parte baja, donde también se recrean otras cosas como un hogar, una barbería, una carnicería y hasta un rincón dedicado a de los balones de fútbol de la vecina Fabara, que Adidas designó para la final del Mundial’74 en la que la alemania de Maier y Torpedo Muller venció a la ‘Naranja Mecánica’ holandesa de Cruyff y Neeskens; también cosían esos balones en Nonaspe.

La asociación también recuperó para fines expositivos la antigua oficina de correos, y la cárcel se recuperó con un valor añadido: la escultura donada por el prestigioso artista local Santiago Gimeno, que imagina Manhattan y sus dos ríos -Hudson y East River- en el perfil de Nonaspe y los suyos, Algars y Matarraña.

La Virgen de las Dos Aguas recoge caudales fluviales y fervor

Sara Roc Andreu, concejala de turismo local, viene de una familia con hondas raíces en el pueblo. Sus padres llevan el restaurante Dos Aguas y ella es una enamorada de la ermita del mismo nombre. “SanBartolomé es el patrón local, pero la devoción a la Virgen de Dos Aguas es muy honda en el pueblo. Tiene su leyenda; se dice que la talla apareció en una cueva cercana, y cuando quisieron llevarla al pueblo volvía a aparecer junto al río. Se le hizo el santuario y ahí sigue, donde se juntan el Algars y el Matarraña rodeada de zona verde y un paisaje muy bonito”. Las fiestas locales son del 23 al 27 de agosto: el día 24 es San Bartolomé y el 25 es el día grande de la Virgen. “Se hace misa aquí en la ermita y se sube la imagen en romería al pueblo; pasa en la iglesia todas las fiestas. El 1 de septiembre se devuelve a la ermita y hay una comida de hermandad a la que suele acudir también mucha gente de Fabara, el pueblo vecino, que está a ocho kilómetros”.

Además de la talla en el interior, hay otra fuera, en una hornacina. La original desapareció y no se sabe si fue robada o escondida para librarla de los asaltos en la guerra; luego apareció en un anticuario de Tarragona y se trajo de nuevo. “Visitar la ermita es sencillo: abre a diario temprano en la mañana gracias a Fernando, de la hermandad, y en esta época se cierra hacia las siete de la tarde. Otra visita cercana recomendable es subir al Castellet de Faió, torre óptica del carlismo; la vista de la ermita, los ríos y el pueblo es fantástica”.

Artículo incluido en la serie 'Aragón es extraordinario'.

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