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aragón es extraordinario

Villafeliche, una mezcla muy explosiva

El pueblo restauró uno de los 200 molinos que componían las Reales Fábricas de Pólvora a pie del Jiloca. La familia de Joaquín Lou fue la última que trabajó este sector.

La vega del Jiloca es hoy sinónimo de regadío y fruta en Villafeliche, pero siglos atrás la actividad principal era distinta. De aquello dan prueba todavía los tramos de tierra ennegrecida y construcciones derruidas. Entre los perales y los cerros, siguiendo el cauce del río, se ubicaban los 200 molinos que integraban las Reales Fábricas de Pólvora, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI y que de forma privada funcionaron hasta los años 60 del siglo pasado. “Recuerdo el sonido de los mazos y el olor, que era muy característico”, rememora Joaquín Lou, descendiente de la última familia que trabajó en el sector; su padre, Hilario, de 96 años, es el último maestro polvorero vivo y su tío, Isaac, gestionó la última factoría.

Lou recuerda aquel martilleo y el aroma mientras recorre el sendero hasta la máquina que restauró el Ayuntamiento, un camino de vega de apenas un kilómetro desde la plaza de la iglesia de San Miguel que cruza por debajo de la línea del defenestrado Santander-Mediterráneo. “Aquí se encontraba –dice señalando un puente que salva la acequia que servía para mover los engranajes– una pequeña garita con la que se vigilaba el acceso a la zona”. En los alrededores ser conserva un molino harinero, que también funcionaba como central eléctrica y que pertenece a su familia, y se observa la figura del Picucho El Aguilar que ofrece una panorámica espléndida del verdor asociado al Jiloca.

Dentro del molino, adecuado como centro de interpretación y con la maquinaria dispuesta como en su apogeo, Lou explica el proceso. “Había dos pilas de piedra en el suelo, y encima dos mazos y un engranaje impulsado por una rueda con ocho palas, que movía el agua de la acequia”. Ese proceso se realizaba “durante 7 días, 24 horas” y luego el material se dejaba secar al aire libre. El edificio intenta reproducir el que habría en aquel entonces, a lo que Lou puntualiza que “este es diferente, porque lo normal era adobe y el techo de cañizo, para que la reparación no fuera costosa si explotaba”.

En aquellas pilas se vertía una mezcla compuesta de un 75% de nitrato, 15% de carbón vegetal y 10% de azufre. “El nitrato potásico lo traían de Barcelona, el azufre de Libros (Teruel) y el carbón se recogía cerca, del cáñamo o de los sarmientos”, explica. “Cuando nací, mi padre quemaba sarmientos en Atea para sacar carbón”, detalla. “Cuentan que la pólvora de aquí se usó en la defensa de los Sitios de Zaragoza, hasta donde se llevaba escondida en las galeras de la harinera La Lozana, de Daroca”, indica.

En su familia coincidieron dos vertientes del sistema económico: la polvorera y los trajineros. “Mi familia materna, la de Joaquín Sebastián, se dedicaba al transporte. Mi bisabuelo era ‘el cacereño’, porque nació allí yendo en el carro. También había un gallego; la pólvora iba por toda España”. Además, también movía la economía, desde carpinteros a empacadoras, cerámica, cantinas, tiendas… de todo.

La creación de la Unión de Explosivos como heredera de las Reales Fábricas que trasladó la producción a Andalucía y los cambios en el armamento fueron apagando la llama. “Mi tío Isaac modernizó la producción, la trasladó a una fábrica, pero en los 60 entró en decadencia y la puntilla llegó en los 80”.

Hogar y lugar de entrenamiento del único rejoneador aragonés

Mario Pérez Langa (Calatayud, 1990) lleva prácticamente desde los 12 años subido a los lomos de un caballo. Con raíces en Villafeliche, allí ha instalado su cuartel general y campo de entrenamiento; también guarda su cuadra en el pueblo. “Me puedo pegar 12 o 14 horas con los animales, intentando pulir detalles o probando cosas nuevas”, apunta mientras atiende media docena de llamadas en 10 minutos.

La crisis del coronavirus le ha afectado de pleno. “A estas alturas tenía que llevar hechas 10 corridas y hacer unas 30 hasta octubre. Ojalá pueda hacer 10”. El que es hoy por hoy el único rejoneador profesional aragonés subraya que “suelo dar trabajo a unas 20 personas, contando el equipo de la plaza (banderilleros, mozos de espadas, cuidadores, chófer) y ahora solo está una persona”. También demanda una mayor atención para el sector. “Generamos riqueza; cada tarde, al ser oficio de riesgo, cada miembro de la cuadrilla aporta 1.200 euros a la seguridad social, más el 21% de IVA”.

Mario muestra esperanza al decir que “parece que esto empieza a moverse”, pero se muestra precavido. “He invertido en caballos, mantenimiento y tenía programada alguna tarde en Francia, además de volver a Soria, Huesca o Calatayud, que tan buen sabor de boca me dejaron el año pasado”.

A la faceta taurina le ha añadido otra: empresario. “Desde hace unos años llevó una comercializadora de piensos y hemos abierto una tienda en Calatayud; llevamos dos camiones para reparto y quería incorporar un tercero, pero se ha parado todo”, aclara subido a lomos de Algemesí, que con casi ocho años es puro nervio. Entre los proyectos en los que anda embarcado está la creación de su propio “hierro” de caballos, para lo que ha incorporado animales de la cabaña de Pablo Hermoso de Mendoza, su mentor.

Un entorno disfrutable tanto a pie como en bicicleta

Villafeliche se encuentra en un enclave en el que se puede observar toda la riqueza de los contrastes: de la fértil vega del Jiloca a la imagen árida de las muelas que separan el cauce de este río y el curso del Perejiles. Esta zona, integrado en la Red Natura 2000, es de alto valor ecológico. Hogar de muchas especies, abundan los corzos, las alondras o las cabras montesas que hace unas semanas saltaron a la fama por encaramarse tan campantes a los tejados del pueblo. A esto se unen los paseos por los pinares de reforestación en época de hongos y, por supuesto, los sotos y riberas, con chopos, fresnos, sauces y olmos. Cuenta también con la curiosa forma del Picucho de El Aguilar y varias rutas como la PR-Z 93 (que comprende cuatro etapas), el SL-Z 57 de 10 kilómetros, el sendero de los Molinos, un tramo del Camino del Cid o el futuro Camino Natural del Santander-Mediterráneo.

Cómo llegar a Villafeliche y curiosidades

Comarca. Comunidad de Calatayud.

Cómo llegar. A poco más de 100 kilómetros de Zaragoza, su capital provincial; se puede ir por la A-2 hasta Calatayud y luego la N-234 hacia Daroca o por la A-23, también hasta la salida darocense y la N-234.

Dónde dormir. Casa Rural Laura, vivienda restaurada de labradores del siglo XVII con cinco habitaciones dobles con baño y una suite con baño (cuatro plazas). Hay bar en el pueblo.

San Ignacio Clemente Delgado. Nació en Villafeliche y murió en el actual Vietnam en 1838; declarado santo en 1988. En su estirpe, Domingo Ruzola y Baltasar Gracián.

El calvario y el castillo. Del primero destacan las vistas y su particular cementerio en pequeñas capillas. El castillo está muy deteriorado.

Francisco de Val. El creador del pasodoble ‘Sierra de Luna’, que inmortalizara (entre otros) Manolo Escobar, nació a orillas del Jiloca. Su padre era entonces (1897) veterinario en la localidad.

Reportaje de la serie ‘Aragón es extraordinario’.

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