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Antonio Lucas: "El mar no quiere inquilinos, expulsa todo lo que le agrede"

El escritor y periodista participa hoy jueves 31 en el ciclo ‘Conversaciones en la Aljafería’ con Paco Goyanes y el abogado José Manuel Marraco 

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Antonio Lucas, en el balcón de su casa de Madrid.
Lara Siscar

Antonio Lucas (Madrid, 197) es uno de los periodistas culturales más brillantes de España y ofrece en ‘El Mundo’ sus columnas, sus artículos de fondo, sus entrevistas y sus reportajes. Además es poeta, ganó el premio Loewe, y acaba de debutar en la novela con ‘Buena mar’ (Alfaguara), que sucede en el Gran Sol. El escritor participa esta tarde en el ciclo ‘Conversaciones en la Aljafería’, a las 19.00, en compañía del librero Paco Goyanes, de Cálamo, y del abogado ecologista José Manuel Marraco.

¿Qué fue primero el reportaje de Gran Sol que publicó en ‘El Mundo’ o la idea de la novela?

Lo primero fue la locura de encontrar la manera de hacer el viaje a Gran Sol en un arrastrero gallego, concretar ese deseo juvenil, cumplirlo finalmente... En los siete meses que empeñé llamando, tanteando y buscando quien me aceptase a bordo ya empecé a construir una historia que sólo estaba en mi cabeza y que no se parecía en nada a lo que aquel viaje supuso. Una vez cumplida la travesía, sólo pensé en hacer una serie de reportajes para ‘El Mundo’, donde trabajo. La novela llegó después, cuando me di cuenta de que, además de contar sus vidas en un periódico, tenía una deuda de gratitud sin pagar con aquellos marineros.

¿Qué atrajo hacia el océano a un poeta que se marea?

El primer impulso ocurrió hace más de 20 años, cuando leí ‘Gran Sol’, de Ignacio Aldecoa. Él también conoció el mítico caladero de Gran Sol, y escribió de su aventura. Aquel libro se clavó en mí. Desde entonces he tenido fascinación por la vida de las gentes del mar, aunque exactamente por las gentes nobles, leales y difíciles que surcan las aguas feroces de Gran Sol. Quería explorar aquel infierno, quería descubrir a aquellos hombres de extraña pureza, tan desconectados ya de los protocolos de tierra. Quería saber cómo era yo entre ellos.

Ya ha dicho que tenía en la cabeza el libro de Aldecoa. ¿Había algo más:las crónicas de los naufragios modernos o a autores un tanto sombríos como Poe o Conrad?

Además de ‘Gran Sol’, de Aldecoa, toda la literatura del mar ha ido alimentando durante dos décadas mi apetito de mar. Es verdad que en los textos sobre marinos hay muchas veces algo duro, sombrío, inquietante... El mar no es un territorio amable. Al contrario, es probablemente el único espacio no habitable de la Tierra. Cuando lees a Stevenson, a Conrad, a Melville, a Doug Bock Clark, a Kipling o a Hemingway entiendes que es un caladero de gentes difíciles, de riesgos extremos, de muertos prematuros.

¿Cómo encara un poeta como usted, de fraseo preciosista, de lenguaje preñado de metáforas e imágenes, una novela como esta?

Intentando alejarme del exceso de imágenes. Al mar le sobran toneladas de palabras. Cuando estás ahí arriba, entre los paralelos 48 y 60 del Atlántico Norte, te lo hace saber.

¿Qué le debe ‘Buena mar’, que ya lleva varias ediciones, a la crónica, al reportaje?

Mucho. Eso lo he visto y gozado en algunos grandes novelistas: su cercanía al periodismo, el mostrar cómo una buena crónica es, antes o después, sustancia de una buena pieza literaria. 

Dice que cuando se observa el mar, se tiene una nostalgia más honda de uno mismo. ¿La novela es un viaje en busca de su identidad, de sus reacciones, quería saber un poco más quién es?

Es curioso: cuando subí al barco, una madrugada fría en el puerto irlandés de Castletownbere, no tenía más intención que saber un poco más de ellos, de aquella tripulación compuesta por cinco marinos gallegos y seis africanos con los que iba a pasar unos veinte días en el peor de los mares posibles. Pero cuando regresé a tierra, tan desconcertado como lleno de entusiasmos nuevos, entendí que el viaje también lo había sido alrededor de mí mismo. Por eso la novela, que aunque con un alto gramaje de ficción, desaloja algunas cosas íntimas de aquella aventura.

¿Cómo equilibra la descripción con la narración y con el diálogo, y con algo capital: el torbellino de sensaciones y broncos olores?

De alguna manera es algo que se ha ido ajustando solo. Los personajes de esta novela son reales, el escenario es real, las sensaciones del protagonista son, mayormente, ciertas. Hay también otras muchas cosas inventadas, pero todo eso se ha ido armando sin demasiada estrategia. Esta novela la he escrito porque la he vivido. En lo mejor y peor de ella, la he vivido.

¿Cuál es el débito de esta novela con el periodismo?

El motivo del viaje, el sentarme a escribirla sabiendo por dónde quería empezar.

En cierto modo, podríamos decir que ‘Buena mar’ es la novela de la soledad, del miedo, del odio y del amor. ¿Ha sido la experiencia la que le reveló estos sustantivos?

También de la gratitud, del hallazgo, de la fraternidad imprevista. De Gran Sol, que es una máquina de matar hombres, me traje una familia inesperada: aquellos marineros que en el verano de 2018 se convirtieron en padres, en amigos, en compañeros, en mi balsa de regreso a puerto. La soledad, el miedo, el odio al mar que les atrapa y lo demás se lo tomé prestado a ellos. 

¿Cuál es la verdad del mar?

Que no quiere inquilinos. Que expulsa todo aquello que le agrede o que le estorba. Que de cada hombre hace un proyecto de náufrago (aunque no cumpla la amenaza). Y cuando es un mar como el de Gran Sol, te humilla y te ofende sin tregua.

¿Cómo quiere afrontar ahora su carrera?

Sigo escribiendo. A ver qué sale.

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