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La peste en Zaragoza en 1564: historia del munícipe valiente Juan Bautista Sala

Francisco José Alfaro Pérez dedica una monografía a este episodio de altísima mortandad que afectó a unas 10.000 personas

1564. El año de la peste.
Motivo de portada de Francisco Meléndez.
Francisco Meléndez.

Las epidemias, antaño causantes de mortandades millonarias, son hoy contenidas por aplicación de conductas sociales y sanitarias que reducen drásticamente su letalidad. Hablo de experiencias vividas. La de cólera que azotó el Jalón y Zaragoza en 1971 fue, primero ocultada: se habló de ‘incidencia diarreica estival’. Desvelada la verdad, produjo disciplinadas colas callejeras: la población siguió al pie de la letra las instrucciones de las autoridades y el vibrión fue derrotado, en gran parte por el esfuerzo del farmacéutico Ricardo García Gil, armado con poco más que lejía y arena para librar la batalla.

Pero no siempre fue así. Los patógenos microscópicos (bacterias y virus) no fueron descritos hasta el último cuarto del siglo XIX (Pasteur, Koch). Antes de eso, las epidemias eran maldiciones a menudo vistas como castigos divinos. Llegada la ‘pestilencia’, ¿qué hacer, sino huir? Pero no todo el mundo puede darse a la fuga: es menester tener a dónde ir y con qué vivir. En 1564, medio año de peste trajo el pánico a la capital de Aragón. Entonces se hizo famoso Juan Tomás Porcell, al que Zaragoza recuerda en su callejero. Cerdeña, donde había nacido, era reino de la Corona de Aragón. Porcell, tras estudiar en Salamanca, vino a Zaragoza, según dijo, «por su buena fama y ser la mejor», donde ganó cátedra en Medicina.

La epidemia y el miedo

Llegada la epidemia «y por no hallarse médico ni cirujano alguno que, por dinero, o por caridad y dinero, los quisiera visitar ni curar, tanto era el miedo, por la muchedumbre de enfermos que al hospital acudía, y haber estado sin ser curados ni visitados tres o cuatro días, me enviaron llamar y me encargaron y rogaron tuviese a bien de visitar dichos dolientes de peste en dicho hospital». La mortandad fue altísima: la barbaridad de unas diez mil personas. Porcell luchó con aquello, hizo muchas autopsias y el tratado clínico que publicó al año siguiente se convirtió en referente.

Zaragoza era una ciudad civilizada, con administradores y médicos competentes. El libro de Alfaro estudia el comportamiento de la ciudad en aquellos días, con su concejo al frente, para sobrevivir al mal y domeñarlo. Reuniones y juntas, consultas a expertos, importación de especialistas sanitarios, creación de un establecimiento extramuro, toma de medidas preventivas y presuntamente sanadoras.

El autor ha completado lo que se sabía con información inédita, reveladora de aspectos que desbordan lo anecdótico. Para ello se ha fajado con los documentos de una docena de archivos, civiles y eclesiásticos, desde Burgos a Zaragoza pasando por Tudela y Pamplona.

Así ha surgido un cuadro de funcionamiento de la máquina política que es la ciudad, en el que cobra relieve el personaje concejil director de las operaciones: un jurado (concejal) llamado Juan Bautista Sala. Se quedó en la ciudad, ayudado por dos colegas (el resto había huido), enfermó gravemente por ello, como su esposa, y perdió a un hijo y a la suegra. «Salíamos andando por las calles proveyendo mil necesidades, yendo afanados y esperando siempre la muerte, poniendo nuestras vidas en peligro, anteponiendo la salud de la Ciudad a nuestras propias vidas y de nuestras mujeres e hijos y haciendas (...) Desde entonces nunca ha tenido un día de salud».

Las zancadilla a Sala

Sala exigió la presencia de los muchos médicos, cirujanos y boticarios que habían desertado de sus deberes y rehusado incluso dinero y, por desobedecer, los sancionó con multas, incautación de bienes y destrucción de propiedades, según las leyes de entonces. «Venían las gentes con las manos cogidas llorando por no haber quien les curase, dando voces al Cielo, pidiéndonos misericordia y médicos y cirujanos pues ya la ciudad estaba puesta en perdición por su falta».

Con eso tuvo Sala que lidiar. No lo hubiera hecho. Cuando todo se calmó, fue el blanco de todas las iras, al negarse a componendas para resarcir a los multados. No quiso pagar por haber cumplido con su deber. Acabó arruinado. Nadie lo recordaba, hasta la llegada de esta investigación.

LA FICHA

Zaragoza 1564. El año de la peste. Francisco José Alfaro Pérez. Institución 'Fernando el Católico'. Zaragoza, 2020. 151 páginas.

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