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Literatura

Javier Tomeo volverá a Quicena para siempre

Instituciones y familiares logran traer los restos del escritor a Aragón y el entierro será este jueves a las 17.30.

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 26/06/2013 a las 21:46
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Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013) reposará para siempre en el cementerio de Quicena, su pueblo irreemplazable, a la sombra de su amado castillo de Montearagón, “una silueta que le obsesionaba y que, alegóricamente, está en su literatura”, tal como ha escrito Ismael Grasa. Instituciones aragonesas, amigos, albaceas y familiares han llegado a un acuerdo para que los restos de uno de los escritores aragoneses más internacionales de todos los tiempos, después de Gracián y Sender, descanse en su tierra, Aragón. El entierro, tras el funeral de este martes en Barcelona, será este jueves a las 17.30 de la tarde. 

“Javier Tomeo era un amante del paisaje aragonés de su infancia y siempre quiso que se le reconociese como escritor aragonés, y que así constase en todos sus libros”, recordaban algunos de sus amigos en la propuesta de traslado, que ha sido muy bien acogida por las primas del escritor, por su agente y por las autoridades que han llevado a cabo las gestiones: Humberto Vadillo y Dolores Serrat por el Gobierno de Aragón; Antonio Cosculluela, Elisa Sanjuán y Juanjo Javierre por la Diputación de Huesca; la diputada socialista Mariví Broto; Juan José Vázquez por el Ayuntamiento de Zaragoza, y el concejal de cultura de Quicena, Rafael Blasco, respaldado en todo momento por el alcalde de la ciudad, entre otros que han empujado con absoluta generosidad. Al fin y al cabo, como se ve en tantos y tantos cementerios, en tantos y tantos libros, las tumbas de los escritores se convierten a menudo en un patrimonio valioso. Y Tomeo cierra así un ciclo: regresa de la diáspora en su camino hacia la inmortalidad de sus ficciones y su figura.

En 1989, decía Javier Tomeo a HERALDO. “Tierz, Quicena, Siétamo, Nueno... Algunos dicen que son los nombres de las legiones romanas que estaban acampadas allá. En Quicena estaba la quinta; en Tierza, la tercera; en Siétamo, la séptima... Pero otros dicen que eran las unidades de distancia que existen entre el pueblo en cuestión y Huesca, la capital. Nuevo, nueve. Quicena, cinco. Quicena está a la sombra del monasterio de Montearagón, uno de los grandes monumentos históricos de Aragón”.

Javier Tomeo vivió la Guerra Civil en Quicena, y luego partió con sus padres a Barcelona. Intentó ser uno de los arqueros del Huesca en los tiempos en que jugaba el ya legendario Tomás Hernández, Moreno, y pronto firmaría dos crónicas: una sobre un partido San Andrés-Huesca y una nota sobre la Semana Santa. A uno de sus grandes amigos, Ismael Grasa, le contaba: “Hace mucho tiempo que no voy por ese territorio mítico. Yo iba desde mi pueblo, Quicena, a La Corbetera. Recuerdo que una vez, después de estar unos años sin venir, entré en trance cuando regresé. Fui volando, sin pisar el suelo, desde mi pueblo hasta La Corbetera”.




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