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Un año del fútbol de la pandemia para el Real Zaragoza

Hace 365 días exactos, el equipo blanquillo jugó su último partido con público antes del parón por la covid-19. Tras la fractura, con la liga a puerta vacía y sin pasión, ya nada ha sido igual y los números impactan.

El último partido de verdad, con las gradas repletas de aficionados. Luis Suárez celebra el gol marcado en Málaga el 8 de marzo del año pasado, que supuso el triunfo del Real Zaragoza por 0-1. Al fondo, la tribuna de La Rosaleda llena de público.
El último partido de verdad, con las gradas repletas de aficionados. Luis Suárez celebra el gol marcado en Málaga el 8 de marzo del año pasado, que supuso el triunfo del Real Zaragoza por 0-1. Al fondo, la tribuna de La Rosaleda llena de público.
Guerrero

En este 8 de marzo, hace exactamente un año que el Real Zaragoza jugaba y ganaba 0-1 en Málaga el partido de liga de la jornada 31 del torneo del curso pasado. Era domingo y el duelo se disputó a las 4 de la tarde en La Rosaleda, que estuvo muy cerca del lleno, con alrededor de 28.000 espectadores en sus tribunas, de ellos más de 300 zaragocistas desplazados allí en un fin de semana de ilusión y sueños. El equipo aragonés salió del estadio malagueño confirmando su estado de gracia, lanzado hacia el ascenso a Primera División, invicto en la segunda vuelta. Era segundo en la tabla clasificatoria, solo con un punto menos que el líder, el Cádiz y, atención, con 5 puntos sobre el tercero, que era el Huesca, y 6 con el cuarto, el Almería.

Nadie imaginaba en aquella tarde casi primaveral en la Costa del Sol que ese iba a ser el último partido ‘normal’ del Real Zaragoza hasta nueva orden. Las noticias sobre la posible pandemia, el conocimiento de la expansión mundial, desde China, de un coronavirus mortal, eran en España muy atenuadas hasta ese día. De hecho, aquel domingo no solo acudieron miles de espectadores a muchos campos de fútbol (como el malagueño), sino que también se llevaron a cabo decenas de manifestaciones del 8-M, de reivindicaciones feministas y de los colectivos LGTB, en muchas ciudades del país, entre otras actividades con acumulación masiva de público o asistentes.

Ya no habría más fútbol en tres meses. Ni lo ha habido, en realidad, nunca más en toda su esencia. La actualidad informativa se alborotó en España a partir de primera hora del lunes 9 de marzo. El regreso de la expedición zaragocista de Málaga (se pernoctó allí), en el tren AVE de las 8.45 de la mañana de ese lunes, fue ya un hervidero de rumores. Y 72 horas después, Javier Tebas anunciaba que las dos próximas jornadas se jugarían a puerta cerrada (el Zaragoza debía recibir al Alcorcón y viajar a Lugo), a modo de precaución y a la espera de noticias.

Los dirigentes zaragocistas, con el entrenador Víctor Fernández al frente de aquella rueda de prensa junto al presidente Christian Lapetra, salieron al paso diciendo que no estaban de acuerdo con afrontar esos vitales partidos sin el apoyo de una afición, la zaragocista, que hacía semanas que abarrotaba La Romareda en pos del regreso a Primera División. Quedaban solo 11 jornadas. Todo estaba bien encarado. El ambiente era magnífico. Las sensaciones, las precisas para lograr el éxito por fin. El Oviedo apoyó la postura zaragocista. Algunos más también... pero no hizo falta forzar la máquina. El Gobierno declaró el estado de alarma al inicio del fin de semana siguiente, ordenó el confinamiento total de la población y, como las demás actividades del día a día de los españoles, el fútbol quedó congelado sine díe.

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Un destrozo sin precedentes

Mitad de marzo, todo abril, todo mayo, mitad de junio... no hubo fútbol y sí mucha incertidumbre. La liga se reanudó sustentando la patronal la obligación de acabarse por razones de negocio, de una industria que es el 1,35 por ciento del Producto Interior Bruto del país. Se hizo sin público, casi sin periodistas (más allá de las televisiones con derechos), con partidos programados cada día en horarios de ‘prime time’, de máxima audiencia, a modo de bálsamo para una población desorientada, recluida, que requería entretenimiento y desahogos mentales.

A clubes como el Real Zaragoza, lo ocurrido les generó un destrozo sin precedentes. Los quebrantos de costumbres fueron para todos igual: tres meses de entrenamientos de los futbolistas en sus casas, algunos en el salón o las terrazas, en los pasillos, en los rellanos; una fase de readaptación minúscula, con entrenamientos individuales; casos de covid (en el vestuario zaragocista el afectado fue Puado). Pero el retorno a los campos vacíos, la fractura de la anormalidad respecto de la normalidad, afectó de lleno a equipos cuyo medio ambiente alrededor es básico en su día a día, con 30.000 espectadores detrás en campo propio, con centenares de ellos viajando también con sus jugadores... Eso desapareció.

Hace hoy un año, sin saberlo, estábamos diciendo adiós a un fútbol cuya vigencia y formato, que venía de muy atrás en el tiempo, ha mutado por completo y nadie sabe cuando volverá a asemejarse, en sus hábitos y vivencias, en el futuro, si es que eso es posible.

Cifras cristalinas que asustan

El Real Zaragoza, en este año natural, ha disputado prácticamente una liga, uniendo los partidos con los que se acabó el anterior torneo –2019-20– y los que ya se han dirimido del actual, el 20-21. Son 41 duelos los acumulados: 11 del final de la liga pasada, los dos de la promoción perdida ante el Elche y los 28 del campeonato que aún está en marcha.

De esos 41 partidos, el equipo zaragocista solo ha ganado 10, con 9 empates y 22 derrotas en el balance global. Una cosecha que es sinónimo de catástrofe futbolística en sí misma. Y es que, traducidos a puntos, esos datos dan un resultado de 39 (contando, para facilitar este análisis, los partidos del ‘play off’ ante el Elche con valor de competición liguera).

Es decir, en esa virtual ‘liga’ jugada en este año a puerta cerrada, en el envoltorio del fútbol de mentira, de plató, de sonido ambiental de lata y de muñecos cibernéticos para llenar las butacas en las transmisiones televisivas, a falta de un partido para concluir esa ficticia competición que no es tal, el Real Zaragoza porta números de descenso fulminante a Segunda B.

En esos 41 partidos con eco y silencio monástico en los graderíos, el equipo zaragocista solo ha celebrado 33 goles. Y, por el contrario, ha recibido 50.

Son cuatro los entrenadores que han vivido este suplicio que, para el Zaragoza, está suponiendo el abandono del fútbol de verdad, el de la pasión en las gradas, en los prolegómenos, el de los viajes de las peñas, y la instauración de este balompié inánime en el entorno de los partidos. Víctor Fernández, Rubén Baraja, Iván Martínez y Juan Ignacio Martínez ‘Jim’ componen el reparto de esta anualidad de dura digestión en el banquillo.

Con ellos, 55 jugadores han vestido los colores blanquillos. Los 32 de esta temporada aún en marcha y 14 más que se marcharon en el ínterin del cambio de curso, en verano: Clemente, Guti, Luis Suárez, Soro, Kagawa, Puado, Delmás, Blanco, Burgui, Linares, El Yamiq, Torres, Pereira y Baselga.

Por suerte, esto es solo un ejercicio analítico, orientativo y descriptivo de una situación puntual, que une en el tiempo dos hitos que no conforman un campeonato oficial. No es algo real. Lo que sí fue un hecho fue el descarrilamiento terrible en el apéndice de la liga precedente, pues el Real Zaragoza acabó no ascendiendo a Primera División. Y lo de eludir el descenso aún está en su mano, pues faltan 14 jornadas de la actual liga, espacio suficiente para evitar lo peor. Habrá de ser en estas circunstancias tan atípicas como perniciosas para el Zaragoza.

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