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Esa maravilla llamada balón

En el segundo día de entrenamientos individualizados los futbolistas del Real Zaragoza han retomado con profusión las sensaciones del golpeo de la pelota sobre la hierba, aunque sea en solitario.

Luis Suárez y, al fondo, Blanco, con el balón durante el entrenamiento de este sábado en la Ciudad Deportiva.
Luis Suárez y, al fondo, Blanco, con el balón durante el entrenamiento de este sábado en la Ciudad Deportiva.
Tino Gil/Real Zaragoza

Paso a paso, poco a poco, midiendo cada segundo, cada esfuerzo, cada inspiración y expiración. Así está regresando el Real Zaragoza a la actividad en la Ciudad Deportiva desde la mañana del viernes. El segundo entrenamiento individualizado de la plantilla tuvo lugar en la matinal de este sábado, que empezó lluviosa y acabó con un sol brillante. 

En las imágenes que publica el club, dentro de la estricta normativa que aisla a las plantillas a puerta cerrada más que nunca, el elemento que sobresale y llama la atención es el más deseado por todos los jugadores en los casi dos meses que han estado recluidos en sus domicilios: el balón. 

Primero, el alivio de los profesionales fue calzarse por fin la botas de tacos y recuperar las sensaciones que produce moverse, correr y tocar el suelo compuesto de césped. A continuación, el siguiente paladar perdido que tanto ansiaban era el del ruido de la bota al golpear la pelota. Ese calibre de fuerza que el cerebro utiliza para dar un pase, para ejecutar un chut a puerta, para despejar un momento de peligro. Esa destreza que se necesita para detener la asistencia de un colega, un balón que cae del cielo, quizá un toque con la cabeza de vez en cuando, si es preciso. 

En el segundo día de entrenamientos individualizados los futbolistas del Real Zaragoza han retomado con profusión las sensaciones del golpeo de la pelota sobre la hierba, aunque sea en solitario.

Por el momento no hay posibilidad de hacer simulacros de fútbol real. Ni siquiera ejercicios en grupos reducidos con la pelota como eje protagonista y las porterías como fin. Eso tardará al menos 15 o 20 días en surgir, según se escribe en el protocolo y sus fases evolutivas. Pero los utilleros ya han sacado los balones de los sacos gigantes, donde entran más de una veintena. Y ya van y vienen esos esféricos de lado a lado del campo, aunque solo sea conducidos o lanzados por un jugador a solas, sin nadie con quien compartirlo. 

No en vano, a día de hoy, esos balones hay que esterilizarlos y limpiarlos a conciencia cuando se acaba el entrenamiento de cada uno de los componentes de la plantilla. La piedra filosofal del fútbol, la pelota redonda, es materia de riesgo en pleno problema sanitario. Pero es indispensable para retomar lentamente las rutinas del viejo balompié. Por eso, los jugadores, cuando más felices se sienten es cuando el balón está presente. Y eso, en la Ciudad Deportiva, este sábado 9 de mayo, ya se ha dejado ver.

Sin Eguaras, desde el primer día del retorno aquejado de un síntoma de sobrecarga en un gemelo que será evaluado en las próximas horas para verificar si hay lesión muscular o no, los jugadores han ido llegando y marchándose en serie, por turnos, a las instalaciones de la carretera de Valencia, tal y como va a ser habitual en las próximas semanas según obliga el protocolo de La Liga a vueltas del confinamiento por la pandemia de covic-19. 

De momento, salvo estas pequeñas incidencias físicas que se puedan ir conociendo y detalles simbólicos que aumentan su importancia en tiempos extraordinarios como estos de mitad de 2020, la actualidad del Real Zaragoza no presenta grandes trazos a seguir. El mayor símbolo del fútbol es su polo de atracción indeleble: el balón. Bendito y callado balón. 

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