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Areces hizo la confirmación en Zaragoza merced al capricho de su Comité

La decisión del ente que gobierna a los árbitros españoles de designar al soberbio juez asturiano 22 días después de su mala tarde ante el Elche para volver a La Romareda tuvo el final sospechado: otro lío aún mayor.

Areces Franco discute voz en alto y con ademanes de autoridad unívoca y omnipotente con los jugadores del Real Zaragoza tras decidir no expulsar a Pita por su falta a Dwamena en el minuto 30. Pita y los futbolistas del Lugo resoplan de alivio al ver que la pena por una falta tan cristalina de tarjeta roja.
Areces Franco discute voz en alto y con ademanes de autoridad unívoca y omnipotente con los jugadores del Real Zaragoza tras decidir no expulsar a Pita por su falta a Dwamena en el minuto 30. Pita y los futbolistas del Lugo resoplan de alivio al ver que la pena por una falta tan cristalina de tarjeta roja.
José Miguel Marco

Víctor Areces Franco estaba este sábado bajo la lupa del zaragocismo... y de más gente en el fútbol español a causa de su anómala designación para el Real Zaragoza-Lugo, partido de la 7ª jornada de liga. No era normal, chirriaba, que fuese su segunda presencia en La Romareda en solo 22 días, cuando la liga acaba de arrancar y prácticamente, con el amplio elenco de jueces que hay en Segunda División, no hay espacio para una repetición tan súbita. 

Y lo de la lupa, como Areces, sus jefes del Comité Técnico y también el que asó la manteca sabían de antemano, venía por el mal día que tuvo el colegiado asturiano (Avilés, 33 años) en su primera presencia de este año en Zaragoza, ante el Elche. Un día de furia en su carácter, que se mostró iracundo, soberbio, pasado de revoluciones, de talante autoritario más allá de lo aconsejable para un árbitro de fútbol... solo con los jugadores del Real Zaragoza. Sonó raro, porque Areces ha estado cruzándose 5 años antes con el cuadro aragonés de vez en cuando (como debe ser, no tan seguido como ahora) y nunca había dado muestras tan evidentes de su pésimo carácter para desempeñar esto del arbitraje con mesura y buenas praxis. Pero ocurrió. Y hubo quejas. Y a él también le llamaron la atención. 

No estuvo bien que, para ordenar y reprender a los jugadores zaragocistas según sus criterios particulares, el día del Elche se pusiera cabeza con cabeza, frente con frente, con Kagawa (le sube la adrenalina pugnar con una estrella) o Atienza, por ejemplo. A grito pelado. Con las manos atrás, tensas, haciendo fuerza como si las fuera a soltar en cualquier instante cual peso welter en el 6º asalto. Pareció el típico desbocarrado hace ya 22 días. De esos de tonito subido. Un 'estirau'. Por eso sorprendió que volviera. Primero, por ser tan pronto, por no haber pasado ni un mes. Y después, porque su episodio en La Romareda del 30 de agosto fue para, en cualquier cabeza pensante con cierta lógica, sugerir que no se repitiera con Areces en Zaragoza durante un tiempo más largo. 

No lo hizo el Comité, que metió la zorra en el gallinero cuando podía haberlo evitado de mil maneras. Es un capricho muy caprichoso colocar a Areces Franco en un partido del Real Zaragoza en casa cuando aún no ha terminado septiembre y ya lleva dos bajo el mismo ciclo lunar. De los cuatro partidos que llevan los blanquillos disputados como locales, dos los ha dirigido el avilesino del ordeno y mando. Y este segundo, bajo los focos de la expectación provocados, irremediablemente, por su inapropiada conducta del primer día.

Areces pareció empezar más calmado en el envite del Zaragoza ante el Lugo, este sábado. El partido llegó a la media hora sin que el árbitro diera muestras de aquellos síntomas de 22 días antes con el Elche como convidado. Falsa percepción. Pura casualidad. En el minuto 30 tuvo su primera oportunidad de hacerse notar y bien que lo hizo. No expulsó a Pita en un derribo claro a Dwamena cuando el ariete zaragocista iba camino del gol, mano a mano ante el portero Varo. Era roja por ser ocasión manifiesta de gol. Y era roja porque Pita golpeó hasta 3 veces los tobillos y piernas del ghanés en plena carrera hasta que logró derribarlo: o sea, no fue nunca a por el balón (no podía, físicamente no llegaba jamás) y sí a por el hombre. Deliberadamente. Pues bien, para Areces, eso fue amarilla. Grave error que hizo daño, al final crucial, al Real Zaragoza. Su colega del VAR, esta vez, a diferencia del penalti del día del Elche (flagrante), calló la boca y no dijo ni mu.

Ahí empezó a soltar su modus operandi. Abrió la tapa del bote de su carácter, ese que tenía a resguardo después de los antecedentes de tres semanas antes. Gritos a los jugadores. Órdenes imperativas para imponer su parecer, con decibelios a tope en su voz. Gestos manuales y en el rostro para mostrar su omnímodo poder sobre el césped...

De ahí al final, fue un no parar. Por lo que sea (alguna razón tiene que haber, no puede ser que esa algo aleatorio), a Areces le arrecia la vena el Real Zaragoza. Le sube la fiebre arbitral. Y hace por sentirse el gran protagonista del cartel de La Romareda. 

No añadió más allá de 7 segundos en la primera parte, nada, cuando el portero Varo se le estuvo riendo desde antes del minuto 20 en cada saque de puerta o de falta en zona propia. Le llegó a llamar la atención desde la distancia a falta de 4 minutos para el intermedio... pero luego no dio nada de aumento. Una arbitraria manera de interpretar la lógica. Es decir, una decisión sospechosa de su modo de entender el arbitraje

En la segunda mitad, al final, aún fue peor. El tiempo adicional fue de 4 minutos, cuando se habían llevado a cabo las 6 sustituciones (eso son ya 3 minutos por norma); y se había tenido que atender a Vigaray en su lesión que derivó en sustitución tras irse en camilla (fueron otros 3 minutos de reloj); y, también, el portero Varo siguió todo el rato echando a la basura medio minuto en cada saque parado, acciones que fueron al menos una docena; y, como aderezo importante a todo esto, los jugadores rojiblancos, los del Lugo, se desvanecieron con una disciplina y rutina digna de estudio médico en los últimos 20 minutos en al menos 10 casos: supuestos problemas en los gemelos, supuesta falta de respiración después de balonazos en cualquier sitio del cuerpo, supuesto mareo por vete tú a saber qué...

A Areces, este tipo de conductas antideportivas de los lucenses, le debieron parecer correctísimas. Por eso no las incluyó en el descuento. Es más, pudieron hacer de rebaja en vez de aumento, visto el cartelón con el 4. Que no tuviera en cuenta nada de eso retrata a Areces. A todo color. 

En el intermedio, el delegado del Real Zaragoza, Alberto Belsué, salió enseguida a apaciguar a los jugadores blanquillos para que no se pasaran en las protestas orales a Areces camino del refrigerio en el descanso. El árbitro asturiano, en vez de agradecer al delegado su postura, lo dejo feo. Le vino a decir, con gestualidad dirigida también a la grada, que lo dejara, que en Areces hay un machote que no necesita de ninguna ayuda extra para combatir con los bocas de los futbolistas del Real Zaragoza. Mandó a escaparrar a Belsué. Fue una escena descriptiva vista a ojo de tribuna, de las que definen a una persona: un "aquí mandan mis bemoles y mis calderones" y tú, a quien no conozco de nada (es capaz Areces de no saber quién es Belsué, cosas de muchos hijos de Naranjito, los nacidos del 82 hacia aquí), me sobras olímpicamente.

En definitiva, que no hay por donde coger el caso de Areces Franco en este inicio de temporada. Es el nuevo López Amaya del zaragocismo. Aquel Iturralde González de la era Rojo y pos Rojo en los noventa. Garantía de tocada de narices su presencia

Y, sobre todo, no hay por donde agarrar que el Comité lo haga repetir con tanta prontitud. Habrá que estar alerta. No vaya a ser cosa que haya dejado reservada la habitación del hotel para dentro de 20 días otra vez. Si sigue el bucle de la jefatura de los árbitros, a Areces lo veremos en La Romareda el 6 de octubre ante el Cádiz. Tocarle, le toca. Como diría el maestro José María García, ¡qué penaaaa...!

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