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En el sitio más difícil para reaccionar

El Real Zaragoza juega en Barcelona (16.00) ante el Espanyol, rival con perfil de Primera, sin margen para sumar más derrotas.

Real Zaragoza
Guitián, Eguaras, Marcos Marcén (preparador físico) y Javi Ros encabezan el grupo durante un entrenamiento.
Toni Galán

Tarde de alta exigencia para el pálido e hipotenso Real Zaragoza. La jornada lo lleva hoy al campo del Espanyol de Barcelona, rival extraño en Segunda División pero que, tras más de 25 años sin abandonar la élite, se cayó a Segunda en verano tras una catastrófica temporada, la pasada, en la que compitió incluso en Europa hasta el parón por la pandemia. Es el cuadro espanyolista, en este anómalo curso de fútbol de mentira, sin público, el gran favorito de la división de plata. Este «trasatlántico», como definió Lalo Arantegui –director deportivo desde 2017– a los catalanes y otros adversarios de tronío hace unas semanas, es hoy el anfitrión del Zaragoza más desmejorado desde los años 40 del siglo pasado. Un lugar poco propicio para encontrar la aguja en el pajar.

Ahí, en casa del Espanyol, los atribulados jugadores zaragocistas tienen la obligación de no perder. Dura tarea la que les pone por delante el destino, cimentado en sus múltiples yerros previos que han dejado al equipo en puntuación de colista a estas alturas de noviembre. Así de crudo.

Porque el Real Zaragoza llega al magno estadio de Cornellá-El Prat succionado por un tornado voraz. El que provoca su racha desde el cuarto partido de la temporada, aquel que perdió 1-2 en La Romareda ante el Málaga a mitad de octubre. Desde ese hito, son 10 jornadas seguidas sin catar un triunfo. Son solo 3 puntos sumados de 30 disputados. Y, tras la destitución del primer entrenador del proyecto del dúo de mando en el área deportiva, Arantegui-Barba, que fue Rubén Baraja, el efecto revulsivo que se pretendió obtener con Iván Martínez, promocionado desde la Ciudad Deportiva, no ha dado ningún resultado real, más allá de ligeras mejorías visuales de nulo provecho final: en sus tres partidos, los últimos, la trayectoria amontona otras tantas derrotas, tres. Cero puntos de nueve como balance. Contra la contundencia de los resultados no hay alegatos posibles en el mundo del fútbol profesional. El mal excede a la figura del entrenador, es obvio.

Es tan grave lo que sucede que sobran, hace días, las palabras y las exposiciones exhaustivas de razones para el miedo, el pavor y los vértigos. El zaragocismo, que hoy verá el partido con los nervios a flor de piel, simplemente responde a los estímulos que recibe de un equipo insuficiente, con deficiencias de fábrica y con un rendimiento paupérrimo respecto del nivel mínimo que demanda la Segunda División. Si todavía existe alguien que no es capaz de digerir bien estos diagnósticos es porque padece un problema gástrico superlativo. O quizá cognitivo.

Toca el Espanyol como podía ser cualquier otro de los 21 colegas de viaje. Ganar en la sobremesa de hoy es la única salida para el Real Zaragoza, por más difícil que a priori pueda parecer la encomienda. En lo sucesivo, tendrá que ser ahí o donde sea. Y cada día. Porque esto es ya cuestión de vida o muerte. Por ello, si el cuadro zaragocista sigue sin sumar un día más, su horizonte se tornará lúgrube, oscuro y tormentoso como el reinado de Witiza. Elemental.

Iván llega a esta cita, la cuarta de su serie, envuelto en el ruido generado por la reunión del consejo el jueves en la que se reactivó la gestión de contratar a Víctor Fernández como mánager general de cara a encontrar una solución distinta a partir del mercado de invierno en enero. Es el fruto de la anomalía de liga que está llevando a cabo el equipo, en unas coordenadas atípicas, raras, chirriantes.

Pierde por lesión a Igbekeme y Adrián González. Tiene tocados al único goleador, Narváez, a Vigaray y a Bermejo, entre otros. Pero es tan serio el problema que las alineaciones han pasado a segundo plano. Solo importa el resultado.

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