Despliega el menú
Zaragoza

zaragoza

Dulces recuerdos de una azucarera: una bala, dos higueras y seis tachas

Modesto Liñán fue cocedor de la Azucarera de Aragón, en Zaragoza, durante más de tres décadas. A sus 90 años regresa a la factoría, en la actualidad Zaragoza Activa, para recordar vivencias de su etapa laboral.

Modesto Liñán junto a una tacha en la Azucarera de Aragón.
Modesto Liñán junto a una tacha en la Azucarera de Aragón.
Heraldo

Modesto Liñán no toma el café con sacarina, ni mucho menos. "Yo siempre con azúcar, que lo conozco bien", defiende entre risas. Su voz joven no delata que nació hace justo nueve décadas. Con 14 años se estableció como aprendiz en la Azucarera de Aragón, en el barrio del Arrabal, donde trabajó hasta 1966, cuando la empresa se trasladó a Jerez. Tras años de abandono y decadencia, en 2010 el mismo edificio se convirtió en Zaragoza Activa, un espacio para emprendedores. Los actuales moradores esperaban con entusiasmo la visita de un antiguo empleado de la factoría que contase cómo era su trabajo allí.

Más de medio siglo después, Modesto repite el camino que hizo durante 34 años día tras día. En la avenida de Cataluña surgen los primeros recuerdos. "En época de campaña -de noviembre a marzo-, una hilera de galeras cargadas con remolacha peregrinaba hasta la Azucarera de Aragón, la primera en abrir. Salían temprano de Movera, Montañana o Santa Isabel", relata. Su trayecto terminaba a la puerta, lo que en la actualidad es precisamente la calle de la Azucarera.

"En el andador de entrada –recuerda Modesto- había una estatua del fundador de la fábrica, que se llevaron cuando cerraron la de Zaragoza. También estaba la casa del director". Esta construcción es un chalet de cuatro plantas con fachada industrial del siglo XX que continúa en obras, aunque en su fachada se ha colocado un gran icono que Modesto reconoce desde la distancia: "Ese era el sello de la empresa".

"Era bonito ver cómo entraba la remolacha y salía convertida en azúcar"
Modesto Liñán fue cocedor de la Azucarera de Aragón, en Zaragoza, durante más de tres décadas. A sus 90 años regresa a la factoría, en la actualidad Zaragoza Activa, para recordar vivencias de su etapa laboral.

El edificio principal de la azucarera fue obra de Luis Aladrén, según referencia el Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés (SIPCA). Un artículo del historiador Paco Gracia publicado por Zaragoza Activa, actual inquilina del edificio, suma su diseño a los ingenieros Nicolás Gurruchaga y J. Sánchez y Viduarreta. Además, Gracia detalla que fue construida por la empresa alemana Braunsweigische Machinenban – Austalt.

"Ahora no se entra por el mismo sitio. Antes había que acceder por la 'listería', el lugar donde se fichaba y el 'listero' te apuntaba", rememora este nonagenario. Donde un visitante más puede ver un alféizar, Modesto recuerda que era el ventanuco donde dejaban a refrescar el agua con limón, indispensable dadas las altas temperaturas que se generaban en el interior de la nave. Con interés busca un agujero en la pared, en la fachada de la calle de las Chimeneas. Al fin lo encuentra unos pasos más allá, orientado por las ventanas. Un escorchón apañado, que pasa casi inadvertido aun mirando con empeño, era el conducto que comunicaba una máquina del exterior con el edificio.

Sobre la acristalada entrada de la actualidad, en el lado de las altas chimeneas, estaba el lugar de trabajo de Modesto: las tachas. "Primero estuve en la carpintería y más tarde pasé a la cocción. Estaba al cargo de seis tachas, que es la máquina donde se generaba el grano del azúcar", cuenta.

La transformación a la que ha sido sometido este edificio no le impide a Modesto caminar como si fuera 70 años antes. Reconoce las columnas de Averly que hay junto a la Biblioteca Cubit, un lugar que evoca a un gran terrón de azúcar. Belén Gracia, técnica de Zaragoza Activa, le pregunta con interés por la zona de la Colaboradora. Modesto lo observa con detenimiento y sentencia: "Esto era el horno de cal". En ese mismo espacio trabaja Rubén Espelta, de Sentido Gourmet. Rubén y Modesto se dan la mano. Sin saberlo, la de Modesto plantó un par de higueras dentro del perímetro de la fábrica y las de Rubén pelaban los higos de ese árbol. "Recuerdo que cuando era crío entraba con mis amigos por un agujero de la valla. Había construcciones en ruinas, un montículo de carbonilla e higueras. Donde trabajo ahora ya había estado", declara Espelta.

"Mire, esta bala apareció tras la rehabilitación -señala la técnica -. Siempre he pensado que sería de cuando estas dependencias fueron almacenes municipales de los objetos que embargaban". Modesto parece tener la respuesta: "Eso es un perdigón y es de las carabinas de los guardas. Cacheaban al salir para confirmar que no se sacaba azúcar. Sabíamos qué guarda estaba en función de los sacos que había tirados a lo largo del andador". Modesto Liñán también identifica el laboratorio, que contaba con tres químicos, o el despacho del director, que adivina gracias a un fragmento de greca a la altura del techo.

Modesto Liñán junto a Belén Gracia, de Zaragoza Activa, con la bala.
Modesto Liñán junto a Belén Gracia, de Zaragoza Activa, con la bala.
Heraldo

Esta fábrica estaba comunicada con la Raperi, una azucarera que se emplazaba al otro lado del puente que cruza el río Gállego. "Al principio sacaban el caldo de la remolacha allí y lo mandaban por tubería hasta donde trabajaba yo. Era un canal oculto que estaba a la orilla de la carretera", explica Liñán. "Si estaba rota, perdía líquido. Por lo que había un señor encargado de repararla que iba con una camioneta de un lado a otro. Al final no era funcional y compraron dos camiones de chapa para transportar el caldo. Más tarde lo pasamos a elaborar en este edificio", añade Modesto.

"Yo no tenía fiesta en Nochebuena, ni tampoco en Nochevieja" 

El proceso de fabricación del azúcar duraba en total 22 horas y era necesaria una cantidad importante de agua. "La cogíamos de una acequia del Arrabal. Pero al tiempo obligaron a la empresa a hacer pozos, así que cavaron cinco", apunta Modesto. Esa no fue la única reforma, a este extrabajador también le viene a la memoria la instalación eléctrica: "Hacia 1940 quitaron las ocho máquinas de vapor y pusieron dos turbinas que generaban la corriente". Ese fue el fin del carbón para la azucarera. Disponían de un andén propio y allí lo descargaban. "Además, las antiguas balsas de carbón eran utilizadas como huertos para el director o los guardas. Ahora son viviendas".

Acompañado de la nostalgia, Modesto pasea por ese entorno de la azucarera, entre bloques y jardines. "Era bonito ver cómo entraba la remolacha y salía convertida en azúcar", confiesa.

Una plantilla de 300 trabajadores con tres turnos

La plantilla fija de trabajadores de la Azucarera de Aragón era de alrededor de 300 empleados, tal y como se referencia en el artículo publicado por Zaragoza Activa y con firma del historiador Paco Gracia. Esos datos coinciden con las cifras que recuerda Modesto Liñán. Sin embargo, variaba según la fecha del año. "Durante la campaña de producción podía aumentar hasta los 500 o 600", señala Gracia. "Yo no tenía fiesta ni en Nochebuena, ni tampoco en Nochevieja", añade este nonagenario. El motivo de perderse estas celebraciones radicaba en que la campaña de la remolacha, cuando más trabajo tenían en esta azucarera del barrio del Arrabal, acontecía desde finales de noviembre hasta principios del mes de marzo, por lo que coincidía con las fechas navideñas. "El trabajo estaba dividido en tres turnos y de todos los empleados solo había dos mujeres: una era la secretaria del director y otra la remendona, que era la encargada de coser los sacos de azúcar que se rompían del uso", detalla Liñán. La jornada laboral de este vecino de La Jota era de doce horas: de 22.00 a 10.00.

"El trabajo estaba dividido en tres turnos y de todos los empleados solo había dos mujeres: una era la secretaria del director y otra la remendona, que era la encargada de coser los sacos de azúcar que se rompían del uso"

Las 22 horas de elaboración del azúcar

Modesto Liñán relata el proceso de elaboración del azúcar que se llevaba a cabo en la Azucarera de Aragón hasta 1966, cuando se trasladó a Jerez.

1. En primer lugar se recibía la remolacha de los diferentes campos, que los propios agricultores llevaban en sus carros.
2. La remolacha se introducía en unos silos con la parte inferior en forma cónica.
3. El siguiente paso era el lavado de los tallos de la remolacha.
4. Una noria llevaba la remolacha limpia hasta una báscula que tenía dos llaves, una en poder del director y otra en manos del jefe de cultivos. Cuando terminaba la campaña, normalmente en el mes de marzo, comprobaban las ternas producidas.
5. Después pasaba por el molino, de donde se molía salía la remolacha hecha hilos. Estos molinos eran de grandes dimensiones, según relata Modesto, levantaba tres pisos sobre el suelo.
6. A través de un canal de difusión, el jugo se dirigía al encalado con la ayuda de unas cadenas que permitían que no se apelmazase.
7. Dos sulfataciones (la primera y la segunda) era el siguiente paso del proceso.
8. Gracias a los filtros de prensa se retiraba el agua sobrante, aunque no toda.
9. Se limpiaba con la ayuda de una potente manguera y los restos que no se aprovechaban se secaban para que fueran alimento del ganado vacuno. La melaza tampoco se desaprovechaba, iba a otro depósito que se destinaba a la Unión Alcoholera Española.
10. La parte que se podía aprovechar pasaba a la evaporación, y de ahí a las tachas.
11. De las tachas salía el azúcar en grano, pero no blanco. "Hacíamos el vacío, para que la masa estuviera en el aire", cuenta Liñán. La máquina tenía dos grandes válvulas. Cuando estaba cargada, abrían el vapor y hasta que se espesaba. Modesto lo recuerda bien: "Con la ayuda de un cristal y la luz baja, a golpe de vista teníamos que saber la cantidad de grano que había".
12. Las turbinas, con unas palas de madera que hizo Modesto cuando entró a trabajar, lo convertían en blanco en el cuarto de azúcar. Gracias a las revoluciones a las que se sometía se quitaba la melaza.
13. De las turbinas pasaba a una especie de canal en zig-zag, con 'zarandas'. Esto permitía que se secara, que saliese la humedad.
14. El último paso era el empaquetado, en sacos de 50 kilos, para su posterior venta a empresas o a comercios. 

Carmen, hija de Modesto, escribió a la redacción de este diario tras leer el reportaje 'La azucarera que dio sabor industrial a Zaragoza’, publicado en HERALDO.ES en junio de 2018. Entonces un empleado de Zaragoza Activa deseó la visita de un trabajador de la antigua Azucarera Aragón. Modesto ha sido esa persona.

Etiquetas
Comentarios