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Un cuarto de siglo mejorando la vida de los más necesitados a golpe de centrifugado

Aunque el Centro de Acogida Familiar Agustina de Aragón nació en el barrio de San Pablo concebido como un proyecto temporal, se ha consolidado en la ciudad y sigue ayudando cada año a miles de usuarios.

Cuarto de lavadoras del Centro de Acogida Familiar Agustina de Aragón.
Cuarto de lavadoras del Centro de Acogida Familiar Agustina de Aragón.
L. R.

Cientos de personas pasan a diario por delante del número 37 de la calle San Blas, en pleno barrio de San Pablo. Para la mayoría de ellas es posible que tan solo se trate de un edificio más. No obstante, para muchas otras, los sótanos de este inmueble acogen un servicio que les permite seguir viviendo dignamente a pesar de las adversidades: el Centro de Acogida Familiar Agustina de Aragón, más conocido como ‘Duchas y Lavadoras’.

Este proyecto, que nació para suplir las carencias de los vecinos más necesitados del Casco Viejo, ha cumplido 25 años de vida. Durante este cuarto de siglo se han prestado un total de 191.214 servicios de duchas y 141.266 servicios de lavadoras. Y es que, pese a que se concibió como una iniciativa temporal, el centro se ha convertido en una instalación fundamental para el barrio y también para el conjunto de la ciudad. “Pensábamos que iba a tener fecha de caducidad. Que la intervención con trabajadores sociales y los talleres ocupacionales iban a dar solución al problema y llegaría un momento en el que esto no haría falta”, explica Teresa Iriarte, miembro de la asociación de vecinos Lanuza-Casco Viejo e impulsora del proyecto.

El colectivo vecinal del que forma parte y el centro de salud de San Pablo fueron, precisamente, quienes detectaron las necesidades de una parte importante de la población de El Gancho. “Las enfermeras, cuando iban a casa de algún enfermo, veían que existía una falta de higiene. Sus pisos no tenían agua, algunos tampoco luz…”, explica Raquel Aznar, presidenta del centro. También el personal del colegio de las Hijas de la Caridad del Carmen y San José se dio cuenta de que algunas alumnas iban a clase con las batas sucias. Fue entonces cuando se fraguó el proyecto actual, que fue sufragado económicamente gracias al párroco de la iglesia del Portillo, don Daniel Ortega, y a la generosidad de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que cedieron una vivienda situada en la calle Agustina de Aragón.

En ese espacio, en el que comenzaron con dos lavadoras –ahora cuentan con casi una decena- estuvieron hasta el 2007, año en el que el servicio se trasladó a los bajos de un edificio de la calle San Blas, propiedad de Zaragoza Vivienda. En él trabajan 25 voluntarios y dos empleados contratados.

El proyecto nunca ha sido municipal y cuesta cerca de 65.000 euros al año, aunque el Ayuntamiento de Zaragoza aporta una ayuda de más de 22.000 euros anuales. “El resto se financia gracias a lo poco que aportan los usuarios -30 céntimos por ducha y 1 euro por lavadora, en caso de poder pagarlo- y a la parroquia y las hermanas de la caridad. Sin ellos, sería imposible que saliera adelante”, afirma Iriarte.

Más de 14.000 usuarios cada año

Desde que abrió sus puertas, el centro de ‘Duchas y lavadoras’ ha atendido a miles de personas, aunque el volumen de usuarios ha ido variando en función de la coyuntura económica de cada época. Por ejemplo, en 2008, con el inicio de la crisis, la cifra de duchas –un total de 10.680- casi duplicó la del año anterior.

Con respecto al perfil de los usuarios, la mayoría son inmigrantes hombres, aunque no todos. En menor medida también acuden mujeres y menores. “Aquí vienen españoles e incluso jubilados que tienen pensiones mínimas”, señala María Jesús Urdaci, hija de la Caridad.

La estación del año también hace variar mucho la afluencia al centro. “Durante las fiestas del Pilar esto parece un hormiguero. Todos los que vienen a vender y a hacer música conocen el servicio desde hace muchos años y acuden a lavarse. En julio hay menos usuarios, porque los inmigrantes se desplazan a otras ciudades para trabajar en la campaña de la fruta”, explica Urdaci, que asegura que si algo tienen en común todos los usuarios es que recurren a este servicio “por verdadera necesidad”.

Mucho más que una ducha

Las impulsoras del proyecto aseguran que el Centro de Acogida Familiar Agustina de Aragón no es solo un lugar en el que poder asearse y lavar ropa, sino que es mucho más. Sus paredes sirven también a los usuarios para charlar con otros compatriotas, recibir asesoramiento o, simplemente, estar un rato acompañados. “Coinciden aquí y luego en el centro de día, en el albergue o en el comedor social. Muchos de ellos siguen cada día el mismo camino, por desgracia”, apunta Urdaci, que asegura que incluso van a verlos al hospital cuando enferman o les echan una mano con las recetas médicas. Una encomiable y comprometida labor que tanto Urdaci como Iriarte y Aznar llevan a cabo con el mayor cariño posible. “Solo hacemos lo que hay que hacer”, concluyen modestas.

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