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en primera persona

Íñigo de la Quadra-Salcedo: "El techo de necesidades es más bajo de lo que pensamos"

Nacido en Madrid en 1970 es licenciado en Derecho. Este año ha relanzado la Ruta Quetzal que impulsó su padre.

Íñigo de la Quadra-Salcedo, organizador de la ruta Quetzal.
Íñigo de la Quadra-Salcedo, organizador de la ruta Quetzal.
R. Q.

Mañana termina la Ruta Quetzal 2022, que ha supuesto la vuelta tras un parón de seis años de esta iniciativa de formación y aventura para jóvenes, limitada ahora a Galicia y Portugal. ¿Qué queda de la que impulsó su padre, Miguel de la Quadra-Salcedo, para estrechar lazos con Sudamérica?

La ruta comenzó porque a mi padre en 1979 se le ocurrió comenzar un programa que tuviera que ver mucho con la juventud. En su época de reportero cubriendo conflictos tenía un amor especial por América y era una manera de consolidar cimientos con Latinoamérica. A partir de 1988 se hizo ininterrumpidamente hasta 2016. Estoy con la sensación de continuar algo y sé que a mi padre le hubiera gustado mucho esta ruta.

¿Como era Miguel de la Quadra-Salcedo como padre?

He crecido con mi padre que era una persona popular, pero yo no era consciente. Yo veía que hacía los viajes, iba a la ruta… Me acostumbré porque tenía un padre que a veces nos cogía del colegio y nos íbamos de viaje, pero no te ibas cuatro días sino dos semanas y a subir un pico en República Dominicana, por ejemplo. Recuerdo estar seis días subiendo el pico Duarte a caballo con mi madre y mis dos hermanos. Te parecía que era un poco lo normal, pero no lo era.

¿Era duro dejar de verle meses por sus viajes?

No siempre estaba en casa por su trabajo, pero te acostumbras. Gracias a eso te pica el gusanillo.

¿Usted ha heredado también el espíritu aventurero?

Yo le acompañaba desde 1989 en la ruta. Cuando falleció en 2016, el patrocinador nos dijo que no iba a seguir y me planteé la continuidad. Era un momento en el que las cosas estaban cambiando, ya no había empresas que patrocinaran un programa que costaba 1,5 millones de euros, se puso todo un poco más cuesta arriba. Aún así, como vivo en Galicia, contacté con Xunta y Mar de Santiago.

¿No le tentó ser periodista y reportero como su padre?

No. En su momento me hubiera gustado estudiar Historia del Arte, pero hice Derecho y antes de acabar ya me puse a trabajar con mi padre. Luego empecé a llevar la comunicación de la ruta.

¿Y cómo terminó trasladándose a Pontevedra?

Vivo desde 2012 porque me casé con una gallega que me trajo hasta aquí (sonríe). Vivo en Carril, famosa por sus almejas. Cuando vine desde Madrid, mi padre solo me preguntó si veía el mar desde mi casa y le dije que sí. Veo la ría de Arosa y el río Ulla, por el que he pasado muchas veces por delante cuando navegaba haciendo la ruta. 

"Es una experiencia que hace que a muchos chicos les haya cambiado la vida. Hay quien iba a ser arquitecto y después de hacer la ruta ha decidido ser botánico"

¿La experiencia deja huella en los 'ruteros'?

Sí. Es una experiencia que hace que a muchos chicos les haya cambiado la vida. Hay quien iba a ser arquitecto y después de hacer la ruta ha decidido ser botánico.

No sé si sus padres estarían contentos con el cambio. 

Sí. Los padres están encantados porque al descubrir esas vocaciones estudian no lo que les han dicho que hagan sino lo que quieren y cuando uno hace lo que quiere, lo hace bien.

¿Sigue manteniendo el objetivo de la ruta aunque sea una versión reducida?

El hecho de que recorramos el norte de Galicia y Portugal responde al fundamento de la ruta, ya que aprovechamos el año Xacobeo, el quinto centenario de la primera vuelta al mundo, la expedición de Magallanes y Elcano y hablamos de la Traslatio, el viaje del apóstol Santiago ya decapitado desde Judea. Había suficientes excusas históricas.

"Vivimos en mundo muy globalizado en el que botones y pantallas se encargan de hacernos la vida más fácil, pero estamos más ausentes"

Y los jóvenes que participan, ¿mantienen el espíritu aventurero en un mundo tan tecnológico y lleno de pantallas?

Tenemos 156 expedicionarios de toda España que están compartiendo su cultura, que es en lo que se ha centrado la ruta. Nosotros ya prohibimos los móviles en la ruta Quetzal cuando empezaron a utilizarse. Es fundamental que los expedicionarios descubran la vida lejos de esos soportes y dispositivos que lo único que hacen es mantenerte en contacto con personas que no siempre son necesitas. Vas a descubrir que puedes desenvolverte, estar con gente que no conoces. Los padres me pidieron poder hablar con ellos y tienen un momento de móvil cinco minutos al día. Algunos tienen claro que es intoxicación estar con pantallas.

¿Cómo consigue que se separen de su móvil jóvenes de 15 y 16 años?

La ruta es una escuela para que entiendan que el techo de necesidades que tenemos es mucho más bajo de lo que pensamos. Girar un grifo y que salga agua es una suerte y que sea caliente, mucho mayor. Les acostumbramos a dormir en el suelo sobre sus sacos todos los días de la expedición, dentro de tiendas de campaña o pabellones. A eso no han estado acostumbrados hasta ahora y es el mensaje más importante. Durante el tiempo que conviven se crean lazos y tienes un amigo en cualquier parte del mundo.

¿Qué valores quieren transmitir con este programa?

Lo que se llama educación en valores y emprendimiento es lo que hemos promovido siempre en la ruta. Al principio visitábamos comunidades indígenas que no sabían qué era una televisión o un ascensor. En ese abismo de diferencias, la única salida que tiene el que conoce el ascensor es ponerse en el caso del otro y ahí comenzamos a enseñarles valores. En la mano de ellos está que los asimilen. Vivimos en mundo muy globalizado en el que botones y pantallas se encargan de hacernos la vida más fácil, pero estamos más ausentes. Nos preocupamos más de mandar un video que de que nuestro pueblo tenga infraestructuras o calidad ambiental. En este mundo se vive muy deprisa y no hay tiempo para pensar en lo que es importante como la cooperación, la ayuda, que las diferencias entre unos y otros no son ningunas. Predisposición a si hay un compañero que no se siente bien, ayudarle.

 

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