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Kateryna, ucraniana en Zaragoza: "Mis amigos allí solo quieren que les dejen vivir en paz"

Kateryna Smyshlyayeva, de 34 años; llegó a Zaragoza hace 18 años con sus padres. Hoy vive en el barrio de Las Delicias con su marido, Alberto Osuna y los hijos de ambos, Erik, Iván y Leo.

Kateryna Smyshlyayeva con su familia en Zaragoza
Kateryna Smyshlyayeva con su familia en Zaragoza
Camino Ivars

Están siendo días muy duros en el hogar de Kateryna Smyshlyayeva y su familia. La ucraniana de 34 años reside en Zaragoza desde hace 18 años junto a su marido, Alberto Osuna (42) y los hijos de ambos: Iván (10), Erik (6) y Leo (10 meses). "Amigas mías están viviendo los bombardeos con niños de la edad de los míos. Es horroroso", admite.

Desde el 24 de febrero a las 5 de la mañana, momento en el que dio comienzo la invasión de Rusia a Ucrania, Kathia no ha logrado pegar ojo ni comer bocado. "¿Cómo quieres que lo haga? Me siento paralizada con la situación. Es una impotencia horrible", explica mientras me enseña un vídeo de Kherson su ciudad natal, ubicada al sur del país, en el que el padre de su cuñada ha habilitado un sótano en la iglesia para los bebés que han sido evacuados de un orfanato cercano. "¿Qué culpa tienen los niños?", insiste. Fue de las primeras ciudades en caer.

Ojerosa, Kateryna no puede dejar de pensar en su familia. "Mi tía Svetlana, mi prima Daria y mi abuela Raisa, viven en Kherson, aunque tengo más familia en Tarasha, muy cerca de Kiev, donde se están concentrando los ataques de Putin en estos momentos", relata. Y piensa en su abuela que, a sus 85 años, fue una niña de la Segunda Guerra Mundial. "El primer día me contaba cómo había vuelto a escuchar las sirenas de la guerra. Fue con unos vecinos a los antiguos refugios antiaéreos, pero estaban cerrados", explica.

"Nadie quiere dormirse por la noche, les da pánico un ataque por sorpresa. A estas alturas lo único que me dicen mis amigos es que quieren vivir"

Hoy, la mayoría de sus seres queridos se han trasladado a casas de vecinos que cuentan con sótano. "Nadie quiere dormirse por la noche, les da pánico un ataque por sorpresa. A estas alturas lo único que me dicen mis amigos es que quieren vivir", añade, destrozada.

La mayor parte del tiempo lo pasa colgada del teléfono, recibiendo vídeos y fotografías que todavía le cuesta creer. "Lo primero que cayeron fueron aeropuertos, puentes y lugares militares. Cada vez que tomaban una ciudad, ponían una bandera rusa", explica Kateryna, mientras uno de sus hijos, el mayor, la abraza. Tiene solo 10 años, pero ya intuye que algo pasa. Cuenta cómo sus amigos, igual que el resto de ciudadanos de Ucrania, se lanzó a sacar dinero y reponer combustible: "Me contaron que limitaron el suministro de gasolina a 20 euros porque no llegaba para todo el mundo".

Varios niños han sido trasladados desde un orfanato hasta el templo para huir de los ataques rusos.
""Lo peor es que nadie sabe cuánto va a durar ni qué va a pasar. Es esa incertidumbre de nuevo… otra vez. Nadie está preparado para algo así"

La gente no quería dejar los coches en la calle pues, como recoge su legislación, durante el estado de guerra cualquier militar puede cogerlos sin permiso. "Quién se puede estar planteando vivir algo así de la noche a la mañana, esto es una locura", añade. Casi tanto, como salir del país a pie, en dirección a Rumania, como hizo la noche del 24 de febrero una de sus mejores amigas, Irina, tras cruzar Ucrania en un viaje que duró más de nueve horas. "Primero fue en coche con sus tres hijos. El marido se quedó en la ciudad recogiendo algunas cosas, pero le pilló el estallido de la guerra, así que ella decidió seguir con el plan de ambos", continúa.

Una situación difícil de creer

Katya siguió todo el trayecto de su amiga desde el otro lado del teléfono. "Todavía no me puedo creer que se bajase del coche con los tres niños, uno de ellos en carro, y se cruzara la frontera a pie. Al llegar allí les acogió una familia rumana. No sabes cómo lloré cuando recibí aquella llamada", admite Kateryna.

Aunque la tensión se palpaba en el ambiente, sobre todo durante las últimas semanas, la mujer reconoce que jamás se habría imaginado que Vladimir Putin fuera a dar el paso. Con el corazón en un puño, y la mirada puesta en el lugar que la vio nacer, Katya asegura que su país necesita ayuda real. "Lo peor es que nadie sabe cuánto va a durar ni qué va a pasar. Es esa incertidumbre de nuevo… otra vez. Nadie está preparado para algo así", concluye.

Más información sobre el guerra Rusia-Ucrania.

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