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A la caza de aerosoles en Zaragoza: así es el nivel de CO2 del tranvía, un bar o una clase de Primaria

Un sensor de CO2 señala los puntos críticos en los que pueden concentrarse más partículas potencialmente contagiosas de la covid. Evitar las aglomeraciones y los espacios mal ventilados son las principales claves.

El medidor de CO2 arrojó niveles por encima de las 1.000 ppm en el tranvía.
El medidor de CO2 arrojó niveles por encima de las 1.000 ppm en el tranvía.
Oliver Duch

La importancia de la vía aérea como medio de contagio del coronavirus parece, a estas alturas de pandemia, más que demostrada. Muchos estudios –y, ahora también, las principales autoridades sanitarias–, apuntan a que la transmisión de la covid-19 se produce en buena parte por los aerosoles, es decir, por la inhalación de unas minúsculas partículas que salen de la respiración de una persona contagiada. Por eso, las recomendaciones ahora no se centran tanto en no tocar las superficies que están al alcance de cualquiera (que también), sino en ventilar adecuadamente los espacios interiores y, aún mejor, en llevar todas las actividades posibles al exterior.

Los aerosoles se comportan "como una burbuja de jabón, que se queda en suspensión y no cae al suelo", señala Carlos López Serrano, miembro de la comisión de Seguridad y Salud del Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón y La Rioja. El coronavirus se puede contagiar también con las gotículas que expulsamos al hablar, que se comportarían "como cuando lanzas una canica". Pero estas gotas tienen un alcance de "un metro, o hasta de seis si se tose fuerte", mientras que los aerosoles "se quedan suspendidos en el aire, flotando en la habitación y esperando que alguien los inhale", apunta este ingeniero, que además participa en un grupo de trabajo del Consejo General de Ingenieros dedicado a estudiar la ventilación en estos tiempos de pandemia.

Así pues, es importante saber qué lugares presentan una alta concentración de aerosoles, para evitarlos o, al menos, para permanecer en ellos el menor tiempo posible. Como medir estas partículas es complicado, poco a poco se extienden por Aragón los sensores de CO2, que permiten calibrar en qué espacios hay grandes cantidades de aire exhalado y, por tanto, son susceptibles de tener también aerosoles potencialmente contagiosos. Un recorrido de dos días por Zaragoza, medidor en mano, permite intuir el comportamiento de estas micropartículas.

Medición de CO2 en la Gran Vía de Zaragoza.
Medición de CO2 en la Gran Vía de Zaragoza.
Oliver Duch

En los espacios abiertos, el nivel de CO2 suele ser de unas 400 partes por millón (ppm). Cuando este indicador empieza a subir –y no hay nada que distorsione la muestra–, quiere decir que en el ambiente cada vez hay más aire que ha sido respirado por otra persona, y que nosotros vamos a inhalar con riesgo de contagio. Los expertos establecen que en espacios cerrados el nivel admisible se sitúa en hasta 700-900 ppm. "A 800 partes por millón, el 1% del aire que respiramos ha sido exhalado por otra persona", dice López Serrano. Cuanto más alta es la cifra, mayor es el peligro.

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En una vivienda

A menos de un mes de la Navidad, las comidas y cenas familiares suponen una importante preocupación. El aparato mide una cena de cinco personas, que estaría por tanto dentro del máximo de seis que se prevé permitir en las reuniones navideñas. En una cocina grande, pero con las ventanas cerradas, el medidor de CO2 se va hasta las 1.412 partes por millón. Es decir, que casi el 3% del aire respirado ha pasado por los pulmones de otra persona. En este caso, todas pertenecen a la misma unidad familiar, pero en una cena de Navidad podrían ser de distintos grupos de convivencia. "Si hubiera más gente, subiría fácilmente a 2.000 y pico partes por millón", advierte Carlos López. Posiblemente sin mascarilla, hablando alto o cantando, el peligro es evidente.

Ventilar tiene un efecto fulminante. Tras diez minutos con una ventana abierta en esta cena de cinco personas, la concentración de CO2 se desploma hasta las 587 ppm, un nivel óptimo. Al día siguiente, se hace la misma medición con una ligera corriente, simplemente con una ventana abatida en la cocina y otra en la otra punta de la casa. En este caso, el sensor ronda las 600 ppm durante toda la cena. ¿Quiere decir esto que una buena ventilación nos libra de la covid? Según López Serrano, el riesgo se reduce, pero ni mucho menos se elimina. "Hay que mantener el uso de mascarilla, la distancia de seguridad y la higiene", advierte.

En el tranvía

El transporte público se vigila con lupa por las dificultades para mantener la distancia de seguridad en su interior. Muchos ojos se han dirigido al tranvía, el transporte urbano de mayor capacidad de Zaragoza. Entrar en un Urbos 3 con el sensor permite comprobar la importancia de los aforos. Al subir en la parada de La Romareda, con una ocupación media-baja, el medidor no llega a las 700 ppm, el nivel a partir del cual empieza a ser preocupante. Sin embargo, va escalando conforme se va subiendo más gente en el Centro. Pasadas las Murallas Romanas, con un nivel de ocupación alto, se alcanzan las 1.022 ppm, por encima de lo recomendado. 

Avanzando por el Actur, los parámetros caen de nuevo conforme se van bajando usuarios y se renueva el aire con la apertura y cierre de puertas. Al llegar al final ya está en 512 ppm. De vuelta al centro, la progresiva entrada de viajeros provoca que el nivel de CO2 (y por tanto de aerosoles) se vuelva a duplicar.

En los centros educativos

Los colegios son otro de los lugares donde se ha puesto el foco, por la convivencia bajo un mismo techo, y durante un tiempo prolongado, de un número elevado de personas. Los datos dicen que los contagios entre alumnos son mínimos, sobre todo en Infantil y Primaria. Sin embargo, las mediciones en dos aulas distintas permite comprobar la importancia de una buena ventilación. 

En la primera, durante toda la clase se tienen al menos dos ventanas abiertas, una en cada extremo. Aunque se alcanzan picos de 1.000 ppm, la media da unos niveles de en torno a 850, algo elevados pero asumibles. En la segunda, las ventanas también están abiertas, pero sin posibilidad de hacer corriente. Allí el nivel se eleva hasta los 1.300, con picos incluso por encima de los 1.600. "La ventilación cruzada es fundamental. Con que haya una corriente suave, que ni te enteras de que existe, es suficiente para eliminar el CO2 y, por tanto, los aerosoles", dice López.

Otra medición en un aula de la Universidad de Zaragoza arroja parámetros más asumibles. Con las ventanas totalmente abiertas (la buena tarde –pese a ser noviembre– ayuda), el máximo durante cinco horas de clase fue de 743 ppm, en una clase no demasiado alta y con 22 alumnos.

En comercios y oficinas

La ventilación, de nuevo, aquí es clave. También influyen el tamaño del local y el aforo. Dos pruebas en dos pequeñas cafeterías que sirven consumiciones para llevar dan mediciones de 450 y 483 ppm. Como son locales pequeños y dentro solo están los trabajadores con uno o dos clientes –el resto esperan fuera–, con tener bien abierta la puerta es suficiente.

Medición en la crepería-cafetería Dulces Recuerdos, en el Actur.
Medición en la crepería-cafetería Dulces Recuerdos, en el Actur.
Oliver Duch

En una tienda de telefonía móvil, más grande y con más gente, la ventilación mecánica ayuda a dejar el nivel de CO2 en 508 partes por millón. En un céntrico supermercado, aún más grande, se llegó a 677. Sin embargo, en una peluquería se superaron las 1.200. Allí la puerta se cierra a ratos "para evitar resfriados con el pelo mojado", cuenta su dueña. La forma del local, muy alargado y con solo la ventilación de la entrada en un extremo, hace que el aire del fondo no se renueve.

Carlos López cree que estos parámetros deben tenerse en cuenta a la hora de permitir o no la actividad. "La apertura o cierre de comercios debería estar condicionada a la seguridad que cada uno ofrece al público y a los empleados. Si tienen las condiciones adecuadas, deben estar abiertos, y eso se puede saber con los medidores de CO2", afirma.

En la redacción de HERALDO, en un tramo del día en el que estaban ocupados algo menos de la mitad de los puestos, el nivel osciló entre los 488 y los 567, gracias a la apertura periódica de las ventanas y a la posibilidad de hacer corrientes. "Este invierno hay que acostumbrarse a estar bien abrigados en los interiores, y no pasa nada", apunta Carlos López.

En un centro médico

La última medición se hace en una sala de espera pequeña, sin ventilación exterior y con 20 personas. Parece que el nivel será alto, pero la fuerte ventilación mecánica a la que obliga la normativa de estos recintos lo mantiene en 625 ppm. "Hay que buscar soluciones específicas para cada espacio, esa es la clave", apunta López Serrano.

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