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Aragón

coronavirus

José y Gloria: 50 años juntos con final en la habitación 440

José María Pérez y Gloria Ferrer, de 85 y 81 años, fallecieron con coronavirus el 6 de noviembre en el hospital Miguel Servet con solo unos minutos de diferencia. "Decidieron irse juntos", dicen sus hijos.

La pareja, con su nieta Mireia, en una imagen familiar de hace 16 años.
La pareja, con su nieta Mireia, en una imagen familiar de hace 16 años.
Heraldo

“Se fueron juntos porque ellos quisieron”. Miguel Ángel, José Alfonso y David no encuentran otra explicación a la muerte de sus padres, José María Pérez Salvador y Gloria Ferrer Blasco. El pasado 6 de noviembre fallecieron con coronavirus en la habitación 440 del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza con solo unos minutos de diferencia. Él, a los 85 años; ella, a los 81. Tras 50 años de vida en común, con tres hijos y cuatro nietos, “decidieron irse casi al mismo tiempo”, insisten sus hijos.

El matrimonio se contagió de la covid-19 a finales de octubre. Pese a los achaques propios de la edad, heredados de un par de sustos que les dio la salud en los últimos años, vivían de manera autónoma en el barrio de San José, donde se instalaron tras casarse el día de San Jorge de 1970. Él era originario de Retascón, un pequeño pueblo de Campo de Daroca, y ella de El Burgo de Ebro, donde conocían a su familia como 'los planteros'. Se conocieron en Zaragoza, fundaron un hogar y ya no se separaron.

“En Retascón, donde pasaban el verano, les llamaban ‘los novios’ porque iban siempre juntos cogidos del brazo”, cuenta su hijo David. “Preguntabas por ellos a amigos o familiares para ver qué tal les veían y te decían: ‘Enchochadicos’”, añade Miguel Ángel. Unos problemas de José en una pierna precipitaron la vuelta a Zaragoza este pasado mes agosto. Aunque perdió movilidad, seguía “muy activo”, “como un chaval de 18 años en un cuerpo de 85”, recuerdan sus hijos.

El 21 de octubre fue con uno de sus hijos, como todos los años, a las oficinas de Avanza en Independencia, para vender lotería de Navidad del pueblo a los excompañeros de Tuzsa, que le tenían “muchísimo cariño”. Al día siguiente, José se levantó con tos y carraspera, por lo que le hicieron un test rápido. Positivo. A Gloria le hicieron una PCR y el resultado llegó dos días después. Positivo también. “Nos quedamos de piedra, porque nosotros no estábamos contagiados y ellos salían lo justo y con precauciones. Dónde, cómo o cuándo lo cogieron… no lo sabemos”, dice Miguel Ángel.

Su madre empeoró rápido y tuvieron que ingresarla en el hospital Miguel Servet con una neumonía. Fueron días muy duros, ya que su padre se quedó solo en casa, con movilidad reducida, con un incipiente deterioro y algo de desorientación. “Nosotros no podíamos entrar en casa porque era positivo, pero vimos que la situación era insostenible, así que decidimos protegernos bien y entrar algún rato para ayudarle, poner todo en orden, animarle un poco, llevarle el HERALDO...”, explican sus hijos.

Menos de dos días después se empezó a encontrar peor y el médico le mandó a Urgencias del Servet, donde quedó ingresado. A Gloria y José les preguntaron si querían estar en la misma habitación y ‘los novios’, claro, dijeron que sí. Tras unos primeros días en los que estuvieron “como en casa”, Gloria empezó a empeorar. El hospital permitió a la familia hacer una visita diaria, y sus hijos se hicieron a la idea de que perdían a su madre. Dos días antes de fallecer, ya “no fijaba la mirada ni contestaba a las preguntas”, recuerda José Alfonso.

Sin embargo, el estado de su marido parecía relativamente bueno. “La enfermera me dijo que estaba superpendiente de mi madre”, recuerda David. Como el estado de su mujer le generaba ciertos nervios, el personal sanitario optó por colocar una cortinilla entre ambos.

Un día después, David recibió en el móvil una llamada de “un número largo”. “Cuando lo vi, pensé que me llamaban por mi madre, pero me dijeron que habían fallecido los dos. Me quedé en shock. La médico me dijo que lo de mi padre no se lo explicaban, que estaba más cerca de recibir el alta que de morirse y que no había una razón para que falleciera. Que era inexplicable”, cuenta el hijo pequeño.

“Dicen que se puede morir de pena, ¿no?”, añade José Alfonso. Según les contaron, primero falleció su padre. Las enfermeras llamaron a la médico y, cuando esta llegó, falleció Gloria. Fue cuestión de minutos. “Conozco a mi padre, y era un hombre que le daba muchas vueltas a la cabeza. Pensó que si ella se iba, él también. Esa mañana se desconectó, se dejó ir”, sentencia Miguel Ángel.

Gloria y José, en su boda, el día de San Jorge de 1970.
Gloria y José, en su boda, el día de San Jorge de 1970.
Heraldo

Atrás dejaron a sus tres hijos y a sus cuatro nietos: Mireia (16 años), Adrián (12), Marco (11) y Leo (6), por quienes tenían debilidad. Y a infinidad de amigos “que hubieran llenado varias veces el Pilar” si se hubiera podido organizar un funeral en condiciones. A todos les quedan los recuerdos de un hogar en el que nunca faltó nada pero tampoco sobró, de los almuerzos que José no perdonaba, del huerto y los frutales de El Burgo de Ebro y las almendras de Retascón… Estos días, las condolencias que les han llegado han sido innumerables. “Nuestro padre decía que había que tener amigos en todos lados, y ellos los tenían de verdad”, sentencian sus hijos.

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