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Birretes y matrículas de honor al alcance de todos

Víctor, Alejandro, Ricardo y Pablo son alumnos con discapacidad de la Universidad de Zaragoza, donde estudian más de 400 alumnos con diferentes capacidades.

Los estudiantes Víctor Alaminos, Alejandro Jordán, Ricardo Badía y Pablo Latorre en el campus San Francisco de Zaragoza.
Los estudiantes Víctor Alaminos, Alejandro Jordán, Ricardo Badía y Pablo Latorre en el campus San Francisco de Zaragoza.
Oliver Duch

Víctor Alaminos, Pablo Latorre, Alejandro Jordán y Ricardo Badía saben que para la sociedad son diferentes. Quizás por el síndrome de Asperger que padecen los dos primeros, la silla de ruedas que necesita Alejandro para poder moverse o la discapacidad visual de Ricardo.

Sin embargo, estos cuatro jóvenes también son conocedores de que tienen la capacidad suficiente para estudiar una carrera universitaria y por ello ya hace algunos años desde que se lanzaron a por una en la Universidad de Zaragoza, donde hay matriculados más de 400 alumnos con discapacidad, según la Oficina Universitaria de Atención a la Diversidad (OUAD).

Tras las típicas dudas que siempre surgen a la hora de elegir una titulación, Pablo se graduó en Historia del Arte, Alejandro se decantó por el mundo de la comunicación en el grado de Periodismo y ahora esta en el último curso, Ricardo apostó por la carrera de Geografía y Ordenación del Territorio (y tanto le gustó que ahora es doctorando en el mismo ámbito) y Víctor por el grado en Geología, donde está en el segundo curso.

Con esfuerzo y dedicación, a veces tal que no tienen "ni un rato para descansar", como dice Víctor entre risas y algo de ofuscamiento, ahora los cuatro triunfan, o al menos lo intentan, en sus estudios. Sin embargo, ya se sabe que los comienzos no siempre son fáciles.

Una de las mayores dificultades a su llegada a la universidad fue "conocer a nuevos compañeros". "Llegas solo y empiezas a añorar el grupo de amigos que tenías en el instituto y tienes que abrirte de nuevo", cuenta Víctor.

Ricardo también es de la misma opinión, aunque reconoce que él no lo tuvo más difícil por su discapacidad sino que "todo el mundo estaba igual porque la mayoría llega a la universidad sin conocer a nadie". Además, Alejandro añade que aunque le ha ocurrido "muy pocas veces" ha sufrido discriminación positiva, lo que le resulta "agotador". "Si yo me merezco un siete de calificación no quiero que me pongan un ocho y hay veces que siento que lo hacen por pena. Realmente es complicado hacer entenderlo, pero hay veces que desisto". Por su parte, Víctor explica molesto que "hay algún profesor que tiene el tono de voz muy fuerte y muy arisco y que no transmite pasión por lo que enseña".

Para resolver y escuchar estos pequeños hechos puntuales (y algunas peripecias más) está la Oficina Universitaria de la Atención a la Diversidad de la Universidad de Zaragoza que pretende ser "una familia donde forjar un sentimiento de pertenencia", tal como explica la vicerrectora de Estudiantes y Empleo del campus aragonés, Ángela Alcalá.

Para ella, con la llegada a la universidad "se rompe el cordón umbilical que unía a los estudiantes con sus anteriores centros educativos, donde tenían las herramientas para adaptarse en función de sus diferentes capacidades". Precisamente, el principal objetivo de la OUAD es favorecer la igualdad de oportunidades y adaptación total en el ámbito universitario a las personas con discapacidad y con necesidades educativas especiales.

Alejandro necesita aulas a las que pueda acceder con su silla de ruedas, mientras que Ricardo requiere ir con su ordenador portátil a todas las clases para coger apuntes y que los profesores pongan un tipo de letra más grande en los exámenes para poder ver con su discapacidad visual o bien que le dicten las preguntas. Por su parte, Pablo y Víctor pueden tener problemas de concentración o nerviosismo en las aulas o necesitar tiempo extra para hacer los exámenes e incluso más papel como Pablo que tiene "la letra muy grande", como cuenta entre risas.

A pesar de todas estas pequeñas condiciones, los cuatro coinciden en que durante su etapa universitaria tanto compañeros como profesores les han hecho sentir como uno más, "lo que se agradece mucho porque es lo que evita sentirte desplazado", comenta Víctor. A Ricardo sus compañeros le pasan los apuntes siempre que lo necesita y él también lo hace por "pura estrategia". "Como pienso que quizás algún día pueda necesitar la ayuda de mis compañeros yo también se los paso, no vaya a ser que no me los faciliten más", bromea. Pablo y Alejandro reconocen que siempre han tenido un total apoyo, aunque junto a Ricardo valoran si los profesores están preparados o no para atender a personas con necesidades educativas específicas o diversidad funcional.

"Creo que están formados, pero menos acostumbrados porque hay veces que el primer día de clase ya te empiezan a preguntar cómo vas a hacer todo o si vas a ser capaz de superar tal o tal cosa y agobia un poco", reconoce Ricardo. A Víctor, como al resto, le resulta "ofensivo" que duden sobre su valía para determinados quehaceres y sentencia que sus límites se los pone siempre él.

¿Y el futuro?

A algunos de ellos todavía le quedan unos años más de estudio y otros como Pablo defendieron su Trabajo de Fin de Grado (que le salió "muy bien", como explica con orgullo) hace poco y ya tienen su título bajo el brazo. Ahora está haciendo prácticas en una biblioteca y preparándose el nivel B1 de ingles. El resto también disfrutan de otras cosas que les apasionan fuera de las aulas como la investigación a Ricardo, el baloncesto a Alejandro (que entrena a un equipo desde hace cuatro años) o el cine y la escritura a Víctor, que ha escrito un libro (que publicará pronto) llamado ‘La ventana a mi Asperger’.

Cuando piensan en el futuro lo tienen claro: disfrutar y encontrar un buen trabajo, pero ¿influye la discapacidad en ello?. "Creo que sí porque se crean muchos estereotipos falsos", dice Pablo. Para el resto, no es tan complicado y coinciden en que solo tienen que demostrar lo que valen.

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