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Aragón

Mujeres

Mª José Fernández, granjera: viaje al centro del mundo rural

Nada de tiempos muertos paseando al calor del sol. María José Fernández desmonta algunos de los tópicos sobre la vida en un pueblo. Hay mucho trabajo en el campo y hace falta preparación y una buena organización para desempeñarlo. A cambio, se vive bien y en libertad

María José Fernández vive en un pueblo de la provincia de Teruel de apenas cien habitantes, pero su día a día pulveriza la agenda de cualquier urbanita. Cuesta seguir el ritmo de esta mujer inquieta que no cambia la libertad que le da el mundo rural por los carteles luminosos de una gran ciudad y que ha hecho de Camañas –donde reside– y de Visiedo –donde creció y permanece su familia ascendiente– su tierra prometida. Tuvo opción, pero eligió regresar tras aprender peluquería en la populosa y deslumbrante Barcelona.

No tiene un oficio sino varios, la única fórmula –explica– de sobrevivir en una comarca donde la agricultura y la ganadería siguen siendo los pilares de una economía lastrada por la despoblación. Ella es quien cuida de una granja con 1.800 cerdos y –junto con su hermano, Jorge– de un rebaño de 1.000 ovejas. Por si fuera poco, ha convertido el patio de su vivienda en una peluquería en la que trabaja a demanda los siete días de la semana sin horario de apertura y cierre, y aún le queda tiempo para desplazarse a Perales del Alfambra y a Visiedo los jueves y los viernes, donde peina a sus vecinos. Además, dedica parte de su tiempo al cultivo de trufas.

Como su esposo, Celestino Herrero, trabaja desde bien temprano por la mañana y hasta media tarde en otra explotación ganadera de la localidad. También ella se ocupa de despertar cada día a los niños, Carmen, de once años, y Jorge, de siete, prepararles el desayuno antes de ir al colegio –hay diez alumnos– y, ya a mediodía, darles la comida. No los acompaña hasta la escuela porque ésta se encuentra a 30 metros de casa y no tienen que cruzar ninguna carretera, pero a las dos de la tarde les espera, puntual, en la puerta de casa en el corto intermedio que tiene su intensa jornada laboral.

Disponer de tiempo para ella misma es un concepto que ocupa en su mente un lugar muy secundario. "Me gusta trabajar y por eso no me pesa, no me llaman las fiestas ni el bar y me agobio en las ciudades, prefiero la tranquilidad del pueblo", se justifica. Ve la televisión siempre de reojo, mientras plancha ropa por la noche, cuando sus hijos ya duermen. Sus vacaciones de verano con la familia se reducen a "tres o cuatro días" en la playa, cuando su hermano puede sustituirle en la granja. Para asustadizos, explica que, a cambio, en el pueblo disfruta de una flexibilidad que le permite ir de compras a Teruel si así lo desea con solo reorganizarse un poco. Es lo que tiene ser jefa de una misma.

No oculta la dureza de su trabajo. Según explica, mientras que el cuidado de los cerdos es relativamente fácil al estar automatizado el sistema de alimentación y contar con la ayuda de su marido para retirar los residuos de las piaras, con los corderos no ocurre lo mismo. Estos últimos requieren de mucho más tiempo a la hora de proporcionarles la comida, separar las ovejas preñadas de las que no lo están, marcar con el mismo número en el lomo a madres e hijos y sacarlos al monte a pastar.

Pero María José es una fuente de energía inagotable. Tras dejar listos a los cerdos en Camañas a las 8.30 y haber enviado a los niños al colegio a las 9.00, enfila con su Peugeot gris por la carretera que va a Visiedo devorando en un momento los cinco kilómetros que separan ambas localidades, y sin coger ni uno solo de los cientos de baches que salpican esta vía de comunicación carente de señalización horizontal y de cualquier plan de conservación.

Ya en el pueblo de sus padres, carga con sacos de pienso de 30 kilos que vacía en los cebaderos de un corral con 60 ovejas y luego va a otra nave para ver cómo se encuentran las reses que acaban de parir y sus corderos, además de montar jaulas para clasificar a los animales.

De 11.30 a 12.00 es la hora del almuerzo en casa de su madre, Melchora Talabante, una mujer tan activa como su hija y que cuenta, no sin orgullo, que se sacó el carné de conducir cuando contaba 56 años de edad. "En el medio rural, el coche particular es vital, sin él estás perdida", dice esta mujer, que lamenta que solo hay un autobús de línea regular al día para ir a Teruel.

En la mesa en la que tiene lugar esta reunión familiar, a la que se suma el hermano de María José y la esposa e hija de ambos, se sirven embutidos artesanos, huevos fritos, jamón, lomo en conserva y dulces típicos de la zona. "Se quema todo en poco rato", tranquiliza la ganadera, quien minutos después ya está en el monte distribuyendo con cubos 700 kilos de pienso en una veintena de comederos al aire libre para alimentar a 900 ovejas. Las reses, que han salido disparadas de dos corrales en cuanto se han abierto las puertas, corren entre grandes carrascas en busca del alimento en un auténtico espectáculo de naturaleza viva. Las abundantes lluvias del pasado otoño hicieron crecer un manto de hierba en la tierra que aún se mantiene.

María José se queja de que el precio de la carne de cordero «está como hace 20 años» y nadie tiene en cuenta el "trabajo enorme que hay detrás". Asegura que, si no hay más apoyo al campo, no habrá jóvenes ganaderos, pues para iniciarse de cero en este complicado trabajo hace falta invertir un mínimo de 150.000 euros para la construcción de naves, compra de vehículos y de cabezas de ganado. "Y los pueblos se están yendo a pique", advierte.

De regreso a Camañas para comer con sus hijos, explica con tristeza que en las calles de los pueblos "se ve poca gente" y que quienes vienen de fuera con la ilusión de empezar una nueva vida «no logran acostumbrarse y se van pronto». Por suerte, en esta localidad, la puesta en marcha de una granja porcina con 12 empleos está asentando población, en gran parte femenina. Aún así, los jóvenes no parecen ubicar su futuro en el pueblo. "Mi hija ya nos pide que compremos una casa en Teruel para cuando ella tenga que estudiar allí a partir de los 14 años", subraya María José. Carmen quiere ser profesora y su hermano, aunque todavía es pequeño para tener una vocación clara, ya sueña con su propio taller de reparación de vehículos.

Por la tarde, mientras se pone otra vez el mono de trabajo para entrar de nuevo a la granja antes de dar por terminada su jornada, lamenta que apenas hay relevo generacional en la agricultura y la ganadería. "Los jóvenes quieren tener su horario, su sueldo y sus vacaciones y por eso se van de aquí", dice. María José, que no soporta vivir y trabajar contra reloj, no entiende cómo, "con la faena que hay en los pueblos, la gente se marcha".

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