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¿Es posible aprender a ser feliz?

La inteligencia emocional juega un papel importante en el autoconocimiento y autogestión de las emociones.

¿Es posible aprender a ser feliz?
¿Es posible aprender a ser feliz?

Hay algo que, por muy diferentes que seamos, todo el mundo persigue: la felicidad. Y dice la ciencia, que limpiar la casa nos hace más felices. Y que existe una cantidad de dinero que sí que da la felicidad. Incluso existe una herramienta creada por especialistas, el Índice Pemberton, que asegura que la felicidad se puede medir con un test.

La felicidad ha sido objeto de numerosos estudios, como el que actualmente aborda la Universidad de Zaragoza para analizar los beneficios sobre la salud mental y el bienestar del peregrino que realiza el Camino de Santiago.

Sin embargo, nadie ha dado todavía con la clave para ser feliz para siempre, a pesar de que, a través de las redes sociales, muchos diseñen una vida imposible basada en un estado de alegría permanente.

Este estado de bienestar en constante búsqueda parece depender de encontrar el equilibrio entre todos los factores a los que aportamos prioridad en nuestras vidas. Factores que, generalmente, pueden resumirse en bloques básicos y comunes, como la familia, el trabajo, la pareja, el ocio, la salud, la amistad…

Dentro de estos bloques existen aspectos que no pueden elegirse, pero sí generar insatisfacción o frustración: la genética, las oportunidades laborales, el estado de salud… Sin embargo, ante ciertas circunstancias, como la forma de afrontar una discusión con un amigo o la capacidad de un individuo para soportar situaciones de estrés, la gestión personal de las emociones, en otras palabras, la inteligencia emocional, sí puede trabajarse y puede marcar la diferencia entre un comportamiento tóxico que implique un autosabotaje o alcanzar el tan ansiado equilibrio.

Por lo tanto, no es extraño que surja la siguiente pregunta: ¿es la inteligencia emocional una herramienta para alcanzar la felicidad?

Sobre ello divaga precisamente un estudio de la Facultad de Psicología del Campus de Teatinos de Málaga, titulado ‘La inteligencia Emocional y el estudio de la felicidad’, elaborado por Pablo Fernández- Berrocal y Natalio Extremera y en el cuál se apoyan en datos recogidos por otros estudios sobre el comportamiento de adolescentes y jóvenes adultos.

Para poder responder a esta pregunta los especialistas en psicología abordan primero otra: “¿es posible aprender a ser feliz?”. La respuesta está basada en la Psicología Positiva, que aporta a los genes un 50% de la varianza, a las circunstancias sociodemográficas un 10 % y a la actividad intencional, es decir, “a las acciones concretas en las que nos implicamos de forma voluntaria”, el 40%. En definitiva, tal y como indica el estudio: existe “un espacio extenso para el cambio y la mejora de la felicidad”.

¿Dónde está el truco?

No existe una solución milagrosa, pero fijarse en el origen del problema es un buen comienzo. En muchas ocasiones, no saber cómo definir lo que sentimos  genera una barrera inicial que impide vencer la frustración y puede derivar en un descontrol de las emociones que a su vez puede llegar a generar problemas más graves, como sufrir un episodio de ira o caer en una depresión. Trabajar la inteligencia emocional puede ser una primera vía para controlar los impulsos emocionales y canalizar nuestros sentimientos y reacciones.

¿Cómo empezar?

Fernández-Berrocal y Extremera aluden en su estudio al Modelo de Inteligencia Emocional de Mayer y Salovey de 1997, según el cual se distinguen cuatro fases, por orden de sucesión: la percepción emocional o “el grado en el que los individuos pueden identificar sus propias emociones”; la asimilación, es decir, “cómo las emociones afectan al sistema cognitivo y cómo nuestros estados afectivos ayudan a la toma de decisiones”; la comprensión, que “implica la habilidad para desglosar el amplio y complejo repertorio de señales emocionales, etiquetar emociones y reconocer en qué categorías se agrupan los sentimientos”; y la regulación, “la capacidad de estar abierto a los sentimientos, tanto positivos como negativos, y reflexionar sobre los mismos”.

Para trabajar la inteligencia emocional es necesario tomarse un tiempo de para reflexionar y conocerse a uno mismo e, incluso, contactar con un especialista. También existen diversas técnicas como el ‘mindfulness’, que pueden ayudar en este proceso, ya que se basan en la meditación y ayuda a mejorar la concentración y a controlar el estrés y la ansiedad, entre otros beneficios para el cuerpo y la mente.

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