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en colaboración con turismo de aragón

De ruta por un Pirineo que renace de sus cenizas

Un gran número de municipios oscenses, repartidos por las comarcas del Sobrarbe, La Jacetania y Alto Gállego se quedaron sin vida a mediados del siglo pasado, tanto por el éxodo rural como por el desarrollo de obras hidráulicas. Muchos de ellos han sido recuperados y están resucitando gracias al turismo.

Jánovas
La localidad de Jávonas es uno de los ejemplos de pueblo abandonado –y recuperado– en la provincia oscense.
Laura Uranga

De los muchos tesoros que alberga el Pirineo aragonés, hay algunos que, aun devorados por el tiempo, entrañan una magia y un encanto especial que los convierte en un punto de interés turístico, y no solo por ubicarse en un entorno natural privilegiado. Se trata de pequeñas localidades enclavadas entre los valles pirenaicos que, a mediados del siglo pasado, perdieron a sus vecinos y, con ellos, parte de su historia.

Jánovas, Búbal, Morillo de Tou, Ligüerre de Cinca o Villanovilla, entre otros tantos, se quedaron en silencio, bien por la falta de electricidad o accesos, que aceleró el éxodo rural y obligó a sus habitantes a emigrar a localidades vecinas con más servicios, o por la construcción de obras hidráulicas, que obligó también a los vecinos altoaragoneses a marcharse de sus hogares por riesgo a una inundación o construcción que nunca llegó a materializarse por falta de presupuesto o un mal cálculo en el diseño de la construcción.

A pesar del abandono, muchas de estas localidades –más de 30 en la provincia de Huesca– han vuelto a renacer en las últimas décadas, gracias a iniciativas de diferentes asociaciones y colectivos vecinales, que además de devolver poco a poco la vida a estos lugares, para alivio de quienes en su día las habitaron, han impulsado el turismo en los mismos, para que no vuelvan a ser víctimas del abandono.

Porque como escribió Julio Llamazares en su novela ‘La lluvia amarilla’, un monólogo del último habitante de Ainielle, uno de los pueblos abandonados que se reparten por todo el Pirineo aragonés, el abandono no necesariamente implica olvido: "A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruido ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago".

Devolver la vida a los pueblos

En 2013 falleció Angelines Villacampa, habitante de Susín, un pequeño municipio ubicado en el entorno del río Ara. Era la última vecina del pueblo, pero también la guía turística, restauradora y narradora de la historia de esta localidad del Alto Gállego, que se resistía a caer en el olvido.

Su marcha hizo más grande el silencio que ya reinaba en Susín, pero tres años más tarde, la Asociación Mallau retomó la tarea de Angelines y, gracias a un grupo de voluntarios, recupera, poco a poco, el legado arquitectónico de y costumbrista de este pueblo pirenaico, abandonado como tantos otros.

Hoy, este municipio forma parte de la ‘Senda Amarilla’ (PR-HU-3), un sendero turístico que parte de la localidad de Oliván y transcurre por varios pueblos despoblados de la comarca del Alto Gállego. La ruta continúa por los pueblos de Susín y Berbusa (término municipal de Biescas) y descubre a su vez rincones naturales mágicos como la poza del Barranco de Rimalo.

Finaliza en el pueblo de Ainielle, y aunque se puede prolongar hasta el municipio también abandonado de Otal, este núcleo merece una parada en el camino para contemplar cómo la naturaleza se adueña de las que en su día fueron las casas y hogares de los vecinos altoaragoneses.

Iniciativas de recuperación

La de Susín no es la única localidad que se encuentra en proceso de recuperación. Más de 30 localidades en toda la provincia oscense han revertido el éxodo rural que sufrieron, bien por la emigración económica o por la construcción de embalses y la consiguiente repoblación forestal, y vuelto a la vida en las últimas décadas. Ligüerre de Cinca y Morillo de Tou, por ejemplo, lo hicieron a través de los sindicatos UGT y CC. OO., que las convirtieron en centros vacacionales; la asociación Artiboraín rehabilitó Aineto, Ibort y Artosilla, gracias a una cesión de la DGA; y la acción privada, de particulares o empresas, ha permitido reabrir las casas de Villanovilla, Lanuza, Jánovas o Majones.

A pesar de estas iniciativas, se estima que todavía podrían ser repoblados hasta 150 municipios pirenaicos. Es el caso de Morcat, por ejemplo, en el término municipal de Boltaña, en la comarca de Sobrarbe, entre cuyas ruinas todavía se puede apreciar las que en su día fueron grandes casas pirenaicas, pero también la fuerza de la naturaleza que ha caído sobre ellas.

A los pies del embalse

El 6 de mayo de 1976, el recién construido embalse de Lanuza, en el corazón del Valle de Tena, cerró sus compuertas y comenzó a llenarse. Antes de que el agua comenzase a subir, el pueblo homónimo, situado a los pies del pantano, ya se había quedado sin vecinos, pues todos habían abandonado sus hogares ante la eminente inundación de sus calles y plazas. Más de 100 hectáreas de terreno quedaron anegadas, en su mayoría terrenos y pastos, pero la estimación del nivel de agua falló y el agua solo cubrió las casas más bajas del pueblo.

El pueblo de Lanuza, a los pies del embalse homónimo recuperado en las últimas décadas.
El pueblo de Lanuza, a los pies del embalse homónimo recuperado en las últimas décadas.
Laura Uranga

Lanuza salió a flote y, en la década de los 90, sus antiguos vecinos recuperaron sus propiedades y comenzaron a rehabilitar el municipio piedra a piedra, desde la iglesia hasta la escuela.

Hoy, Lanuza ofrece una bella postal pirenaica y es, sin duda, destino de referencia para los amantes del turismo rural y del Pirineo, pues se encuentra muy próximo a la localidad de Sallent de Gállego, y su proximidad al embalse le convierte en un lugar idóneo para la práctica de deportes acuáticos.

Búbal y Jánovas, municipios que corrieron la misma suerte que Lanuza, se encuentran ahora en pleno proceso de recuperación, gracias a diversas iniciativas que también aspiran a devolver la vida a estos lugares gracias al turismo rural.

Centros vacacionales

Puede que dos de los mejores ejemplos de recuperación sean los de Ligüerre de Cinca y Morillo de Tou, trabajos que realizaron los sindicatos de UGT y CC.OO. allá por la década de los 80.

Morillo de Tou, que quedó abandonado por la construcción del embalse de Mediano, es hoy es un lugar donde conviven apartamentos turísticos, hostales y zonas de acampada y un referente para la práctica dl turismo activo. Prueba de ello son las empresas dedicadas a este sector que se encuentran por la zona y aprovechan las aguas del pantano y el embalse para ofrecer planes que van desde paseos en ‘kayak’ a escalada o ‘puenting’. Además, se encuentra muy próximo a la localidad de Aínsa, uno de los pueblos más bonitos de España, lo que completa la experiencia turística si se visita esta zona.

Por su parte, en el entorno del embalse de El Grado se encuentra Ligüerre de Cinca, otro ‘resort’ en un paraje natural inigualable que se ha posicionado como un referente turístico, pero que también acoge multitud de eventos y es uno de los lugares más bonitos para casarse, como bien señalan los portales de boda más populares. Ligüerre cuenta además con su propia bodega, Bodegas y Viñedos Ligüerre de Cinca, un proyecto para dar a conocer y recuperar el vino criado en el Pirineo.

REALIZADO POR BLUEMEDIA STUDIO
Este contenido ha sido elaborado por BLUEMEDIA STUDIO, unidad Branded Content de Henneo.

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