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aragón es extraordinario

En el Ailant de Torrijo del Campo se elige: ‘spasiva’, ‘arigato’ o gracias

Los rusos Andrei y Tamara regentan en la población turolense este restaurante, que trabaja la cocina japonesa de un modo exquisito; el negocio resistió en la pandemia gracias a la comida para llevar

Es complicado no caer en la tentación de imaginar un guión fílmico de intriga al hablar con Andrei. Un ruso en Torrijo del Campo, provincia de Teruel, que lleva un restaurante de comida oriental junto a su pareja Tamara (también rusa, y responsable de las maravillas que allí se sirven) y al que es fácil ver con una guitarra en la mano cuando la actividad en Ailant (así se llama el restaurante) baja un poco, o del todo. Dentro de ese marco cabe casi cualquier argumento; se trata además de un tipo amable, claramente espiritual, que disfruta con el senderismo y tiene un marcado gusto por el arte. ¿De dónde vendrá? ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Llegaron los dos juntos? ¿Por qué comida japonesa? ¿Se parece a la de otros sitios devotos de esta cocina, tan extendida en todo el mundo y no precisamente frecuente en la zona?

Andrei Zorin va respondiendo a todas esas cuestiones (la forma y fondo de las respuestas va variando) con una sonrisa traviesa en los ojos; el rictus es imperturbable, muy formal, aunque de cuando en cuando se anima a relajar la charla con alguna broma. “Vengo de la orilla del mar Caspio, y te voy a decir despacio el nombre de la ciudad en la que nací:Makhachkala. Es la capital de la república rusa de Daguestán, muy cerca de Azerbaiyán, Georgia y Armenia”.

Esa zona del Caspio se hizo famosa en los ochenta por las dachas de lujo de los miembros del partido, y hoy en día es un emplazamiento de veraneo muy cotizado. “Yo estoy acostumbrado a trabajar desde siempre; antes de venir a España fui psicólogo, profesor, constructor y dibujante. También compongo canciones, y tuve un grupo hace muchísimo tiempo en mi ciudad: se llamaba Litera Erre, yo cantaba. No busques en internet, no encontrarás nada -ríe- pero éramos buenos; yo cantaba en inglés, y eso no hacía mucha gracia en la URSS”.

Andrei describe con una metáfora su llegada a España. “Salí al porche, sopló el viento muy fuerte y aquí aparecí. Cuando bajaba del avión en Madrid, lo primero que me vino a la cabeza fue la atmósfera de tranquilidad que se respiraba;me pareció el paraíso. No hablo de la calidad del aire, sé que en Madrid hay polución y viviendo en Torrijo aún te das más cuenta, pero en lo referente a la sensación, pensé que llegaba al paraíso. Mi paraíso estuvo allá mucho tiempo, especialmente en Getafe -ríe- y tuve un negocio, Construcciones y Reformas Zorin, que quebró con la crisis de 2008. Trabajé como intérprete en despachos de abogados, en casos de administradores concursales y en esta tarea conocí a Jesús Aranda, que se dedica a ello. Me pidió que viniera aquí a trabajar, y que le arreglase un local que había sido bar; estaba en mal estado e hice un trabajo de recuperación. Hay apartamentos turísticos en el piso de arriba y Jesús me pidió que me quedase dos meses a manejarlos, porque el que lo hacía se jubilaba, así que me quedé”.

Teruel y su existencia

A Andrei le costó acostumbrarse a la vida en Torrijo durante esa estancia inicial. “Te confieso que me aburría mucho, acostumbrado al ajetreo de Madrid. Pasaron los dos meses y Jesús me sugirió que reabriera el bar y me quedase a llevarlo. le dije que estaba de acuerdo con parte de la idea, pero que no creía en la viabilidad del negocio como bar, dado que en el pueblo no hay mucha gente y ya existe otro bar. Así que le planteé que probáramos con un restaurante diferente a la oferta de la zona, y que trajera a una amiga, Tamara, una excelente cocinera de mi ciudad. Jesús dijo sí al planteamiento”.

Andrei tuvo que reinventarse. “No era mi plan, desde luego; los primeros días resultaron un horror, y llegué a plantearme qué demonios estaba haciendo con mi vida. No lo digo por Torrijo, sino por el tipo de trabajo; me dicen que tengo un carácter bueno para tratar con la gente, y la verdad es que Madrid ya me ofrecían muchas veces trabajo en hostelería, pero pensé que no sería capaz. Nunca digas nunca, dicen en Rusia, y aquí también, ¿verdad? Tamara y yo hemos tenido que acostumbrarnos a otro ritmo de vida, pero hasta ahora no nos quejamos, la verdad. Abrimos medio año antes de la pandemia, en el otoño de 2019. Enseguida hubo buena respuesta, y pudimos con el reto.Además, con la pandemia tampoco paramos; de hecho, fuimos de los primeros en la zona en ofrecer pedidos para recoger y llevar, y vivimos un poco de eso todo este tiempo”.

Ailant, situado en el centro de Torrijo del Campo, abre de jueves a domingo para comidas y cenas. “También podemos abrir algún otro día para eventos privados a partir de seis personas, pero con preaviso en el 675 46 21 63. Si no, aprovechamos esos días para recados, compras y descansar”. En Ailant menudean las recetas japonesas adaptadas al gusto europeo. Sushi, sashimi, rollos de todo tipo, sopas, platos calientes... siempre con un toque original; los ceviches han entrado este año y han tenido muy buena aceptación, también hacemos ese acercamiento a la comida nikkei y la tradición peruana, tan ligada a la japonesa. Tenemos galletas de la suerte, para que te vayas con una sonrisa extra del restaurante”.

Andrei y Tamara no se plantean todavía aumentar la familia.“Ya veremos, primero hay que asentarse más, y no nos gusta anticipar mucho el futuro, porque es incierto, ¡todavía no ha llegado! Además, Tamara es más joven que yo y quizá quiera estar en algún otro lugar dentro de un tiempo. Ya veremos, el destino manda. De momento, estamos en Torrijo y queremos dar el mejor servicio posible, dejar una huella en el pueblo y en toda la zona con nuestra comida y el trato que damos a quienes nos visitan”.

Restaurando la ermita del Diablo

La ermita de Nuestra Señora de los Dolores está en el paraje de Villacadima, a las afueras de Torrijo, cerca de Monreal, a quien también pertenece parcialmente. En Torrijo nadie llama a la ermita por ese nombre, sino por otro más contundente: la ermita del Diablo, que estaba muy machacada. Andrei la está restaurando. “No, no se adora al diablo –ríe– pero en el altar había una imagen de San Miguel matando al diablo, y se quedaron con la segunda parte de esa escena. Ha sido vandalizada muchas veces; la gente mayor del pueblo me cuenta que cuando eran niños se acercaban a la ermita y tiraban piedras para asustar al diablo antes de salir corriendo. El edificio pertenece a Jesús Aranda, y él me sugirió que probara a restaurarla; he metido algunos detalles artísticos, y aún faltan más. Vamos a hacer un recinto grande alrededor, de marzo en adelante, y queda trabajo dentro; la arquitecta me ha felicitado. Esto quedará para el pueblo”.

Artículo incluido en la serie 'Aragón es Extraordinario'.

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