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En Alpartir, la letra no entra (ni entrará nunca) con sangre

Alpartir presume de colegio con el CEIP Ramón y Cajal, un centro en el que se emplean métodos pedagógicos alternativos, muy ligados a la naturaleza

Quizá no mucha gente sabe que en la mina la Bilbilitana de Alpartir, activa en la época romana y que se explotó por última vez en las dos primeras décadas del siglo XX, abundaba la tetraedrita, además de la cuprita, aragonita o pirita. Quienes sí lo saben al 90% son seis niños y cuatro niñas de entre 9 y 11 años, los mayores en el CEIP Ramón y Cajal de la localidad. Su profesor, Juan Antonio Rodríguez ‘Gigi’, lleva una década larga en Alpartir. Con él combinan varios aprendizajes en una sola salida matutina; han llegado a la mina (dos kilómetros desde el pueblo) con las bicis, pertrechados con cascos y chalecos, ‘comme il faut’; en un ratito suman al ejercicio, que les lleva a la base del cerro Mosán y vuelta, un poco de apreciación del patrimonio local.

La clave de las clases en la escuela es la integración de intereses. “Aquí salen en la charla vamos abordando temas de matemáticas, ciencia, historia, cartografía y, de paso, un poco de botánica con las plantas que encontramos”. Gigi pregunta en voz alta, con el grupo en corro. “¿Quién se acuerda cuándo se abandonaron las minas? ¿Antes de la guerra civil? Eso es. Venga, vamos al malacate y lo vemos, pero ojo, que es un pozo, aunque esté cegado. Además, el tomillo está en flor”. Así dicho o leído, puede apabullar el caudal de información, pero los chicos y chicas del Ramón y Cajal no están agobiados. Tampoco despistados; siguen las explicaciones del profesor, hacen preguntas y saben lo que es un malacate, por cierto.

En el colegio se va un poco más allá en muchas cosas. “También hacemos transmisión de la memoria oral; los chicos graban conversaciones con los mayores del pueblo para conservar y estudiar sus recuerdos de vida, de los oficios… al ser escuela UNESCO, tenemos el compromiso de investigar y difundir el patrimonio local, material y el inmaterial”.

En el colegio hay ahora 42 alumnos en tres aulas; infantil, de primero a tercero y de cuarto a sexto. “Una de las tareas que hacen los chavales es editar la entrada de wikipedia de Alpartir desde el cole. Con Roberto, el forestal, venimos ahora en mayo para ver los buitres, porque hay muchos nidos en la zona y tiene que haber ya pollitos. También analizamos la migración de las aves y hablamos del cambio climático, comentamos la floración del almendro con los que tenemos en el colegio, hicimos limpieza del río con SEO BirdLife y su proyecto Basuraleza… y tratamos de animarles. La despoblación es una realidad y una amenaza de futuro, pero creemos que estos niños y niñas deben saber los recursos que tienen en su pueblo si quieren planteares un proyecto de vida aquí en el futuro; si conoces bien lo que hay, tienes mucho ganado”.

El colegio engloba a 30 familias. “En los últimos tiempos hemos tenido solicitudes de otras muchas que han querido venir aquí por el colegio, pero nos pasa lo que a muchos; no hay casas de alquiler o compra. El Ayuntamiento ha creado una bolsa de vivienda para tratar de paliar el tema, pero nadie quiere alquilar ni vender, mientras tanto, las casas vacías se van deteriorando”, explica Gigi”.

Estudiantes y maestras

Lupe Caireta es gerundense, y estudia Magisterio y Pedagogía en la Universidad de Navarra. Andrea Gosálvez es de Almansa (Albacete) y cursa Magisterio Infantil en la Universidad de Valencia. Las dos son estudiantes de término y están en Alpartir por la nueva beca Generación Docentes de la Fundación Princesa de Girona, que ofrece prácticas en una escuela rural de Aragón, Extremadura o Galicia.

“Nos asignaron Alpartir –aclaran ambas– y no lo conocíamos de nada, aunque ahora te aseguro que lo hubiéramos elegido. El arranque es duro, trabajar por proyectos y sin libros es duro, pero cuando te metes en la rueda, resulta increíble; cuando nos vayamos caerá alguna lágrima, no queremos ni pensarlo. A las dos semanas ya te sientes una más, no eres alumna de prácticas, te hacen sentir parte del profesorado”.

El CEIP Ramón y Cajal ha enseñado a las dos a escuchar más a los niños. “Es fundamental –aclaran– porque Gigi y Carolina, los que más tiempo llevan en el equipo docente, lo hacen mucho y queremos que eso se quede en nuestra forma de trabajar. Estos niños tienen una mirada especial: pueden estar haciendo un juego en Educación Física y quedarse todos fascinados por el vuelo de una bandada de buitres. De hecho –reconoce Andrea– un día confundí un buitre con un águila, y uno de los más pequeños me corrigió diciéndome ‘profe, ¿no ve que tiene la cola cuadrada?”.

En sexto, los alumnos tienen que crear una cooperativa desde cero. “Lo hacen todo ellos –explica Lupe– desde la redacción de los estatutos a la elección de los cargos, como centro somos simples guías. Ellos marcan el ritmo, desde el diseño del logo a buscar los paquetes para meter el producto, en este caso almendras y jabones, calcular las unidades por bolsa, promocionar el producto y venderlo. Las ganancias se donan en parte a una causa benéfica; este año es ACNUR. La otra parte se destina a una excursión, una visita a Zaragoza... lo que se tercie”.

Otra cosa importante es que en el colegio se destina un espacio en el horario lectivo a la filosofía para niños. “Andrea la imparte en infantil –explica Lupe– y yo en primaria”, “Creemos –concluye Andrea– que es muy importante desarrollar así la autoestima, la empatía… se busca que los niños piensen, que pregunten por qué. El paso a la secundaria exige una transición, otros niños han recibido una metodología diferente, pero aquí se les van preparando para eso, se les proporcionan horas de repasos y apoyo, saben que les irá bien, aunque al principio les choquen los nuevos códigos”.

Una larga lista de distinciones

El CEIP Ramón y Cajal de Alpartir acumula multitud de reconocimientos y filiaciones; para empezar, pertenece a la red de escuelas amigas de la UNICEF, y es un centro embajador en la defensa de los derechos del niño. En añadidura, pertenece a la red de escuelas en pro de los Derechos Humanos, y luce la escarapela de escuela Changemaker, una red promovida por la fundación Ashoka del estadounidense Bill Drayton, Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 2011, y presente ya en más de 70 países. Este programa persigue construir una sociedad de ciudadanos que sean actores de cambios o ‘changemakers’, capaces y libres, para mejorar su entorno. El Ramón y Cajal también trabaja con la UNESCO, obtuvo la medalla de Educación en Aragón en 2017 y pertenece a la red de huertos escolares. Hay una frase motivadora en la entrada, que dice así: ‘tu vida está unida al medio ambiente, y lo sabes’.

Las Highlands

En Escocia se ha logrado una recuperación efectiva de población en las Highlands, la envidia de muchos territorios rurales en toda Europa. Gigi recuerda, no obstante, que “es verdad que han revertido el problema allá, pero es que llevan desde 1965 con un pacto nacional para fomentar el mundo rural. Aquí no tenemos de eso, ponerse de acuerdo para algo parece imposible, y desde los 60 se minusvalora el entorno rural”.

Sí, como la canción de Nino Bravo

Un beso y una flor’ es, junto a ‘América’, la canción más popular del cantante valenciano, una de las voces más admiradas del pop ibérico. El primer verso de su estribillo reza “Al partir, un beso y una flor”... y sí,, el pueblo zaragozano ha tirado de humor e ingenio para hacer de ese beso y esa flor su logo.

Artículo incluido en la serie ''Aragón es extraordinario'.

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