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Sociedad

Tercer Milenio

El desmitificador

¿Tienes un cerebro reptiliano?

Hace unos cuantos desmitificadores repasamos varios mitos alrededor de nuestro cerebro, pero muchos se quedaron en el tintero. Hoy vengo a desmontar uno de ellos.

¿Está una parte de nuestro cerebro conectada con nuestro pasado ‘reptiliano’?
¿Está una parte de nuestro cerebro conectada con nuestro pasado ‘reptiliano’?
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La leyenda cerebral que sacamos hoy del tintero es esa que dice que nuestro cerebro no es un cóctel de neuronas y células gliales, sino que, además, está organizado en ‘capas’ que hemos ido adquiriendo conforme pasábamos de nivel en el proceso evolutivo. Y ojito, porque el mito ha calado hondo en algunas webs de psicología, e incluso se ha utilizado como argumento en sesudos debates jurídicos.

El mito

La historieta en cuestión es sencilla. Nuestro cerebro, como las cebollas y los ogros, tiene distintas capas. La primera es una capa primitiva, que controla nuestros comportamientos más instintivos y primitivos. Esta capa, que vendría de nuestro pasado ‘reptiliano’, está cubierta de una capa más avanzada, que habríamos heredado de nuestros antepasados más próximos: los mamíferos. Y, por último, tenemos el glaseado, la capa más guay, responsable de nuestro avanzadísimo pensamiento humano, que nos permite hablar, razonar, abstraer conceptos, apreciar la música de Mozart y comprender los extractos del banco. Y como todo esto se le ocurrió a un neurocientífico estadounidense de relativo prestigio (Paul MacLean, se llamaba) pues oye, la gente le ha dado credibilidad. Pero, hoy en día, ningún neurocientífico serio se cree que nuestros instintos estén regulados por un cerebro de lagartija.

Verdadero o falso

En realidad, son precisamente los neurocientíficos quienes están más intrigados por la estructura y el funcionamiento de nuestro cerebro, y por eso dedican su vida a estudiar nuestra materia gris. Algunos, que se dedican a comparar nuestro cerebro con el de otros animales (estudian lo que se conoce como ‘neuroanatomía comparada’), han intentado buscar el sentido a las ideas de MacLean, pero no lo han encontrado por ningún sitio. Y eso que han encontrado estructuras de nuestro cerebro, como los ganglios basales, que también están presentes en los reptiles. Estas estructuras, situadas en la base de nuestro cerebro, controlan nuestra postura y el movimiento voluntario. Pero claro, hay un pequeño problema: resulta que no vienen de los lagartos. De hecho, se encuentran en todos los grupos de vertebrados, incluso en especies mucho más primitivas. Y, además, son completamente distintos. Aunque poseen funciones análogas, los ganglios basales están mucho más desarrollados en los mamíferos. Si la teoría de MacLean fuera cierta, serían exactamente iguales, y tendríamos otras funciones ‘superiores’ gracias a las siguientes capas. Los neurocientíficos (los de verdad) también han visto que las aves también tienen funciones que, según MacLean, solo corresponden a especies avanzadísimas con un neocórtex glaseado. Los pájaros tienen memoria, aprenden cosas e incluso toman decisiones. Como explica en su blog el neurocientífico José Ramón Alonso (@jralonso3), catedrático de la Universidad de Salamanca, "hemos visto aves utilizando herramientas para sacar insectos de un hueco, añadiendo agua a una probeta para que flote una semilla y comérsela o recordando las caras de las personas que los persiguieron". Esto son comportamientos propios de ‘la capa racional’, típicamente humana. En fin, que lo de las capas es muy chulo, pero no se sostiene por ningún lado.

De propina

Por desgracia, la evolución no es un proceso escalonado. No somos un sistema operativo, que se actualiza a la siguiente versión con un parche. La selección natural es un proceso mucho más complicado (y mucho más bonito) que tiene lugar, poco a poco, acumulando una serie de cambios y mutaciones aleatorias que, a la larga, terminan resultando ventajosas para la especie. Pensemos, por ejemplo, en nuestros pulmones. No se parecen en nada al aparato respiratorio de un pez. Tampoco aparecieron, por arte de magia. Pensadlo un segundo: hace millones de años, un antepasado nuestro (pez, anfibio o lo que fuera) decide salir a dar un paseo fuera del agua. No puede respirar bien así que… borra la última versión del programa Branquias 3.2 y se descarga el flamante y novedoso Pulmón 4.0, ahora con tráquea, laringe y alvéolos a prueba de catarros... No. El proceso de adaptación a la vida fuera del agua lleva muchísimo tiempo. Y nuestros pulmones, de hecho, no evolucionaron a partir de las branquias. Su estructura parece indicar que, originalmente, no eran más que unas bolsas de aire que utilizan los peces para controlar su flotabilidad. Con el cerebro ocurre algo parecido, cada especie ha ido evolucionando según sus necesidades, ‘adaptando’ su sesera para especializarse en distintas funciones, tal y como cuenta el neurocientífico y divulgador maño Pablo Barrecheguren (@pjbarrecheguren) en su serie de Youtube ‘Neurocosas’. No somos humanos por tener más capas de neuronas, ni siquiera por tener un cerebro más grandote (el cerebro de un elefante pesa cuatro veces más que el nuestro). El secreto no está en la masa sino en las conexiones y la plasticidad. La capacidad de nuestro cerebro para adaptarse a los cambios, modificar hábitos, hacer hueco para nuevos recuerdos y seguir aprendiendo cosas nuevas.

Para saber más

Os voy a contra un secreto. He estado desempolvando mi lista de mitos sobre nuestro ‘órgano blandito’ porque llevo unos días fascinado con la ciencia que enamoró a Santiago Ramón y Cajal. ¿Por qué? Pues por culpa de Ignacio Crespo (@SdeStendhal), médico y divulgador científico, que acaba de sacar un libro sobre neurociencia que es alucinante. Se llama ‘Una selva de sinapsis’ (Ediciones Paidós) y narra el largo viaje que hemos recorrido desde la primera historia de amor entre dos neuronas hasta la complejísima estructura que nos permite hablar, sentir, emocionarnos y hacernos preguntas existenciales como si nos hemos dejado el gas encendido. Ciencia rigurosa con un toque de humor que te hace sonreír cada página y media, para que incluso tu cerebro más simple y reptiliano pueda aprender sin apenas darse cuenta. Si no os fiais de mí (que, a estas alturas, sería comprensible) os dejo por aquí el primer capítulo en PDF totalmente gratis. ¡No os lo perdáis!

Fernando Gomollón Bel (@gomobel) Químico y divulgador científico

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