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Sociedad

Tercer Milenio

La vida de las piedras

Mallos, gigantes en la frontera

El encuentro entre el Pirineo y el Valle del Ebro no entiende de términos medios. La cordillera se levanta repentina como un zarpazo en el paisaje. Jalonando esta frontera natural, permeable y benévola, encontramos uno de los relieves más asombrosos de nuestra geografía: los mallos. Si padeces del vértigo que producen las alturas o los viajes en el tiempo, deja de leer.

Los mallos de Riglos, conglomerados de vértigo.
Los mallos de Riglos, conglomerados de vértigo.
Ánchel Belmonte Ribas

La palabra aragonesa mallo designa a los grandes relieves prominentes y escarpados que salpican el paisaje altoaragonés. Pero donde esa palabra alcanza dimensiones épicas es en la Hoya de Huesca, a lo largo de la calzada imaginaria que arranca en Agüero y se prolonga –al menos- hasta Vadiello. Como fantásticos miliarios, marcan la línea en la que se encuentran las Sierras Exteriores pirenaicas con la llanada oscense.

El levantamiento del Pirineo comenzó hace unos 80 millones de años y terminó hace otros 20. Aunque la colisión entre Iberia y Europa se haya relajado aquí, todos los procesos que dan forma al relieve siguen trabajando a destajo, cambiando permanentemente la fisonomía del paisaje. En los estertores de la citada colisión, la erosión llegó a alcanzar niveles espectaculares. Enérgicos torrentes arrastraban millones de toneladas de gravas y arenas mordidas a las montañas, depositándolas sin miramientos en el borde de la Depresión del Ebro. Durante unos pocos millones de años, estos torrentes nutrieron de sedimentos a estas particulares escombreras. La grava se convirtió en el conglomerado que parchea la falda de las sierras mientras que los últimos esfuerzos tectónicos fracturaron la roca con orientaciones y espaciados precisos. Los ingredientes estaban listos para ser cocinados por el factor esencial: el tiempo.

Para que un mallo se forme es preciso disponer de un espesor generoso de conglomerados, que estos estén fuertemente cementados (si no, se desmoronarían) y que las fracturas que los agrietan no estén ni muy alejadas (no quedarían formas esbeltas) ni muy juntas (las agujas no se tendrían en pie). Una red fluvial activa, capaz de erosionar eficazmente el conjunto a lo largo del tiempo, acabará de completar la faena. Y aunque el gran vaciado de sedimentos ya está hecho, la obra permanece inacabada y en evolución. La gravedad y el hielo invernal siguen arañando ‘bolos’ a estos gigantes. Las plantas crecen por las grietas y sus raíces debilitan la roca. Las tormentas provocan cascadas en lugares inverosímiles para el que solo conoce los mallos en seco.

Defensores de la llanura 

Pese a tocarse con las montañas y dominar las llanuras desde alturas que a veces superan los 400 metros verticales, estos escarpados relieves no son Pirineo. Son parte del relleno sedimentario de la gran unidad geológica vecina: la Depresión del Ebro. Agüero, Murillo, Riglos o el mítico Salto de Roldán son los bastiones que defienden las llanuras, el límite que alcanzó una cordillera que ya no creció más hacia el sur.

Escalarlos está al alcance de unos pocos. Caminarlos y contemplarlos desde su entorno podemos hacerlo todos. Y cuando lo hagamos, que no nos baste con ver los mallos como un simple decorado del vuelo de los buitres. Son uno de los paisajes geológicos más fabulosos de Aragón y el recuerdo de unas montañas que crecían y de un valle del Ebro que en poco se parecía al actual. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos 

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