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Sociedad

Cómo ser un niño tutelado y tener una infancia feliz: "Quiero devolver el amor que he recibido"

Ana, Javier y Encarna viven de forma independiente, trabajan y estudian, sueñan con un futuro estable y tienen claro que quieren devolver a la sociedad todo lo que han recibido de ella.

Un niño pinta con las manos.
Un niño pinta con las manos.
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Nadie elige el lugar en el que nace ni la familia en la que crece ni a qué llama 'hogar'. La vida de Ana, Javier y Encarna es, posiblemente, muy diferente a la de la mayoría de los veinteañeros españoles. Ellos no crecieron con sus padres, sino en un centro de menores. Sin embargo, pese a tener que hacer frente al "estigma" de los niños tutelados y batallar con problemas importantes siendo demasiado pequeños, todos coinciden en una entrevista en que han tenido una infancia feliz.

Los tres han vivido en uno de los centros que la ONG Aldeas Infantiles tiene en Las Palmas, Cuenca y Zaragoza y los tres consideran que su vida no habría sido la misma sin el "cariño, amor y apoyo" que sus educadores les dieron todos esos años. Ahora viven de forma independiente, trabajan y estudian, sueñan con un futuro estable y tienen claro que quieren devolver a la sociedad todo lo que han recibido de ella.

"Soy feliz". Así de convencida se muestra Ana Hernández, que llegó a la Aldea de Las Palmas a los tres años de edad junto a sus cuatro hermanos mayores, "lo mejor" de su vida. Según cuenta, para ella "lo normal" era vivir en una casa con personas que no eran su familia biológica, pero a las que quería como si lo fueran.

Sus padres, que por "circunstancias de la vida" no podían atender sus hijos adecuadamente, les visitaban de forma regular, algo que para Ana y sus hermanos no resultó "nada traumático". "Llegamos a tener dos familias: la biológica y la de Aldeas", asegura esta joven, que cuenta que se alegraba de ir a ver a sus padres, pero también de volver con sus 'hermanos' tutelados.

Su vida era "absolutamente normal": Iba al colegio público más cercano, acudía a las actividades extraescolares, participaba en los cumpleaños de sus compañeros y estos iban a los suyos en la 'aldea'. A los doce años se marchó a vivir con sus padres, bajo la supervisión de la ONG, que después la ayudó a independizarse y a continuar con sus estudios, una vez cumplida la mayoría de edad.

Estudió primero un grado superior de Comercio y Marketing con la idea de que le ayudara a conseguir un trabajo pronto, pero su verdadera vocación eran los "temas sociales" y se matriculó en Integración Social, lo que le permitió pasar al grado de Trabajo Social que actualmente estudia.

Su "sueño" es trabajar en Aldeas Infantiles o en cualquier otra organización o institución relacionada con la infancia. "Quiero devolver a la sociedad todo que me dieron a mi", sostiene esta joven para quien el "estigma" de ser una menor tutelada no ha podido con el "amor" recibido de sus educadores y familia, el mismo que ahora reparte a sus sobrinos.

"He tenido mucha suerte", confiesa Ana, que asegura que cuenta con "ventaja" para enfrentarse a las dificultades de la vida y cree que tiene más herramientas que la mayoría de sus amigos porque, inevitablemente, tuvo que "madurar antes de tiempo". 

Salir a los 18 años del sistema de protección

Javier Saiz llegó con diez años junto a su hermano al centro de Cuenca. Estuvo allí hasta los 16 años y pasó a la 'residencia de jóvenes', también gestionada por Aldeas Infantiles, donde permaneció hasta cumplir la mayoría de edad. Tenía contacto permanente con sus padres durante toda esta etapa, pero él prefirió permanecer en la 'aldea' porque "allí tenía todo lo que necesitaba".

Asegura que la etapa de los 16 a los 18 años fue fundamental para prepararse para la "vida adulta" y la emancipación: más independencia y autonomía, saber gestionar el dinero y los gastos, el 'papeleo'... y a convivir con personas "muy diferentes". "Cuando cumples 18, dejas de formar parte del sistema de protección y hay que estar preparado porque el cambio es muy grande. Es muy pronto. La mayoría de los jóvenes en España viven con sus padres mucho más tiempo", argumenta.

A su juicio, este paso debería ser más gradual y atender a las circunstancias de cada persona, al grado de madurez, a su situación familiar y personal, a sus necesidades: "Hay que valorar cada caso", defiende Javier, que cree que este cambio es "demasiado brusco" y que debería producirse entre los 21 y los 24 años. "Creo que con el tiempo esto se acabará consiguiendo", añade.

Él tuvo la oportunidad de continuar más allá de los 18 en un piso con otros jóvenes, atendidos por orientadores de la ONG hasta que se fue a estudiar Derecho a Granada. Pretende acabar ya "el mes que viene" la carrera y empezar a preparar una oposición mientras trabaja. "Estoy muy contento de todo lo que he conseguido", dice con orgullo este joven, que tiene claro que va a seguir luchando por el retraso de la salida del sistema público de protección.

Me veo muy preparada para la vida

Encarna Huertas llegó también a los tres años a la 'aldea' de Zaragoza con sus hermanos mayores Jose y Tamara, de los que "nunca" se ha separado. "Desde el primer momento me sentí muy querida y cuidada y creo que mi vida era como la de cualquier otro niño que vivía con su familia", afirma esta joven de 22 años que estudia Magisterio.

Después de la 'aldea' y de la residencia de jóvenes, Encarna pasó a un piso para mayores de 18 años. Cuenta que al principio tenía "muchísimo miedo" de cumplir la mayoría de edad, pero el seguimiento de los educadores de Aldeas Infantiles evitó que se le cayera "el mundo encima".

"Te dan más responsabilidades, una paga mensual, te enseñan a gestionar y administrar los gastos", explica Encarna, que también afirma que todos los problemas y preocupaciones le han hecho "madurar y aprender" y que se ve "más preparada para la vida" que la mayoría de la gente de su edad.

Al igual que Ana y Javier, Encarna mantuvo el contacto periódico con sus padres y cree que el hecho de crecer junto a sus hermanos mayores le ha dado mucha seguridad. "Mis hermanos son lo mejor que tengo en mi vida", afirma esta joven que espera con "gran ilusión" el nacimiento de su primera sobrina. "Estoy feliz", concluye. 

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