Opinión
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Braulio de Zaragoza 2023

Braulio de Zaragoza 2023
Braulio de Zaragoza 2023
Lola García

El viernes celebró la Universidad de Zaragoza su fiesta, de la que ha sido eliminado su patrono tradicional, por motivos dizque democráticos (¿?). El argumento es válido... solo para quien lo esgrime.

Se conoce –es un modo de hablar, hay quien no tiene ni idea– la personalidad del obispo hispanogodo Braulio de Zaragoza gracias a un estudioso catalán del Siglo de las Luces, que ejercía como canónigo archivero en la poderosa catedral de León. Carlos Espinós del Pi, que así se llamaba, redactó una obra escueta y erudita llamada ‘Serie cronológica’ en la que descubría la existencia de tres docenas largas de piezas pertenecientes al correo de Braulio. Hasta entonces -mediado el siglo XVIII-, pasaba Braulio por ser un santo obispo, escritor de obras piadosas como otros más. A partir del trabajo de aquel instruido y paciente cura archivero, quedó descubierta la vida privada de un personaje que resultó ser de sumo interés.

Floreció en la primera mitad del siglo VII como gran personaje de la España goda. Amigo del cartaginense Isidoro, obispo de Sevilla y el erudito más notable de su tiempo, el cesaraugustano apareció súbitamente como consejero de los reyes, interlocutor del papado, portavoz de sus colegas de todo el reino, bibliófilo singular, erudito en patrística, escriturística y literatura latina (Horacio, Juvenal, Virgilio, Fedro, Ovidio, Esopo, Terencio) y, de forma sobresaliente, maestro de discípulos que, en aquellos días difíciles, viajaban a Roma en busca de textos perdidos (Tajón) o alcanzaban la cima del poder eclesiástico (tan relevante entonces) en la propia Toledo (Eugenio). Esta última actividad explica bien que la Universidad de Zaragoza lo designase como patrono.

Un patrocinio religioso, como era usual, pero atinado en su objeto principal: subrayar que en la Zaragoza goda ya existía una escuela, de perfil monástico o clerical, en la que trabajaba un ‘scriptorium’ dedicado a obtener copias de obras sabias que no siempre se quedaban in situ, sino que se obsequiaban o se intercambiaban con las que ofrecían lejanos destinatarios, en un comercio generoso e intelectual que abarcaba la entera amplitud de aquella primera monarquía hispana con centro en Toledo.

La biblioteca reunida en torno a la actividad de Braulio constaba de unos cientos de volúmenes, cantidad considerable por entonces, y la tarea de acrecer sus fondos no se interrumpió nunca mientras vivió, ni después. Tenía conciencia de cuán importante era multiplicar los pocos textos disponibles para difundirlos al máximo. Una de sus preocupaciones era disponer de pergamino apto para soportar escritura. El pergamino era caro: significaba matar ganado e implicaba un tratamiento complicado y largo de limpieza, rasurado y pulido, que no todo el mundo era capaz de hacer. Su esmero dio fama siglos antes a Pérgamo, que dio nombre a esta clase de soporte de la escritura, cuya mayor finura se logra en la vitela.

En una carta, Braulio dice (puesto en lenguaje de hoy) a su querido hermano Frunimiano, que vive en la lejana Galicia y es asimismo amante de lo escrito: "No tengo pergamino ni aun para lo mío y por eso no te envío ninguno, pues ando corto. A cambio, te mando dinero para que te lo compres".

¿Dónde hallar una obra que anhela leer, pero que no hay manera de encontrar? ¿Acaso en la biblioteca del rey? ¿En la del papa? ¿Le darán permiso para buscarla? ¿Y para copiarla, si es que al fin aparece? La afición de Braulio por el saber que encierran los libros fue una pasión: sentía por ellos un fuerte anhelo y, por ende, también gran ansiedad.

Era además hombre sagaz e ingenioso. Calmaba a un corresponsal con este jugoso juego de palabras: ‘Ecce si ante tibi fuit motus, modo sit modus’, que Ruth Miguel traduce apropiadamente como "Ea, si antes tuviste trasiego, ten ahora sosiego" (’motus’, ‘modo’, ‘modus’). Su talento era gozoso, fruitivo.

Por segundo año, la Universidad de Zaragoza celebra su fiesta académica anual tras abolir el recuerdo oficial a Braulio, creador de un notable foco cultural hispánico

Expulsión democrática

Cuando el gobierno universitario lo expulsó ‘democráticamente’ de su calendario oficial lo hizo de modo que no quedase rastro suyo en la celebración anual instituida en su memoria. Las razones aducidas fueron confesionales. Pero nada más fácil que ‘resignificar’ la fiesta, como se hace ahora: hubiera bastado con mudarle su mitra por sus libros y celebrar el día de la Universidad como homenaje a Braulio de Zaragoza en tanto que primer maestro de discípulos conocido en el lugar. Claramente, no se trataba de eso ni de valorar a Braulio como pionero. Eso no es cosa al alcance de quienes abominaron de él con pretextos tan baratos. Podrían haber aducido –aunque anacrónicamente– su fobia por los judíos, si la hubiesen conocido. Entre tanto, subsiste una larga letanía de santos del catolicismo que siguen teniendo fiesta de precepto académico en las facultades y escuelas de la universidad pública aragonesa. Qué camelistas.

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