Ocio y Cultura
Suscríbete por 1€

literatura. hoy domingo

Ferrer Lerín: "Durante 33 años dejé de escribir por mi dedicación a la naturaleza"

Nacido en Barcelona hace 80 años, es una de las grandes y más personales voces de las letras aragonesas. Afincado en Jaca desde 1968, repasa su vida

Ferrer Lerín: "Durante 33 años dejé de escribir por mi dedicación a la naturaleza".
Ferrer Lerín: "Durante 33 años dejé de escribir por mi dedicación a la naturaleza".
Antón Castro

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, ensayista, filólogo y ornitólogo. Reside en Jaca desde 1968, más de medio siglo. Próximamente publicará su ‘Poesía Reunida’ en Tusquets. El pasado mes de enero cumplía 80 años.

En alusión al libro de Santiago Ramón y Cajal, ¿cómo se ve la vida a los 80 años?

‘Los 80 años’ no es un estado de placer ni siquiera una atalaya para contemplar la vida, para mí es, solamente, el final dificultoso y agrio de nuestro paso por la tierra. Carece incluso de la consideración de etapa, no tiene un después.

Como él, usted también quiso ser médico. ¿Qué le llevó a dejarlo?

Nunca quise ser médico. Simplemente mi padre lo era y me gustaban las ciencias naturales, por lo que se dio por hecho que esa era la carrera que debía cursar; al concluir tercero la abandoné aunque hubo un breve intento de reenganche. Recuerdo que en la Facultad, en clase, escribía poemas en inglés, en un macarrónico inglés, y luego, cuando inicié Filosofía y Letras, dibujaba cortes anatómicos, siempre intentando epatar a mis condiscípulos, todo en la línea pedante característica de un adolescente barcelonés.

¿Qué le llamó la atención de los animales, especialmente de las aves carroñeras?

Mi aproximación a la naturaleza tuvo lugar a través de las ilustraciones de los gruesos tratados alemanes sobre herpetología de la biblioteca de mi abuelo paterno, también médico, y de los largos veraneos en una población hoy cercana a la ciudad de Barcelona, entonces vista como muy alejada, y llamada, también entonces, Sardañola. Los anfibios y los reptiles como criaturas manejables constituían mi centro de atención; un carpintero construyó un terrario, lo instalaron en el jardín y allí pasaba horas contemplando a esa entrañable pequeña fauna. Mi despertar a la ornitología llegó mucho más tarde, ya en la década de los sesenta, cuando supe que todavía sobrevolaban nuestras cabezas unas estructuras de más de dos metros y medio de envergadura a la búsqueda de cadáveres. El descubrimiento me convirtió en abanderado de la protección de buitres leonados, buitres negros, alimoches y quebrantahuesos, amenazados por la mecanización del campo, que los dejaba sin fuentes alimenticias al desaparecer las bestias de tiro y verse con malos ojos el vertido de otras reses en los muladares.

A menudo, con su mujer Concha Jiménez y amigos, suele hacer una ‘carroñada’. ¿En qué consiste y cuál sería su encanto?

“Carroñada” es un término que acuñé en esos años de inicio del conservacionismo. En síntesis hace referencia al aporte de restos cárnicos para el alimento, y la subsiguiente observación, de la fauna necrófaga salvaje. Se elige un lugar solitario y despejado del monte y allí se echan los restos, a la espera de la llegada de las aves. La carroñada dispone de dos elementos que la hacen incomparable, el primero la aparición en medio del cielo vacío, antes del vertido de los despojos, de numerosos puntos que se agrandan a gran velocidad hasta convertirse en enormes criaturas hambrientas que descienden remedando el aterrizaje de pesados aviones y, el segundo elemento, el proceso de desaparición de la carne muerta, la absorción por la naturaleza, mediante la labor de sujetos especializados, de cantidades, que pueden ser ingentes, de vísceras, músculos, grasa, e incluso partes menos blandas, de las reses muertas y, en general, de cualquier resto procedente de carnicerías y mataderos.

Lleva más de medio siglo en Jaca. ¿Qué le ha dado la ciudad y su entorno?

Cuando llegué a Jaca en 1968 para trabajar como becario en el Centro Pirenaico de Biología Experimental, con el encargo de confeccionar la primera lista patrón de aves pirenaicas, me encontré con un paraíso, una ciudad hecha a mi medida, desprovista de las incomodidades, físicas e ideológicas, que ya apuntaban en mi ciudad natal, Barcelona, y con un entorno que, para un naturalista, resultaba incomparable.

Insisto un poco más: ¿cómo definiría los bosques, las aves, los animales, qué tipo de emociones y aventuras le han dado?

La Naturaleza produce, en cualquier individuo sensible, un caudal importante de emociones. Aunque quizá ese caudal sea superior si el individuo tiene raíces urbanas, si tiene el campo, su flora, su fauna, en el horizonte de sus objetivos nostálgicos, en la necesidad de recuperar un pasado que desde la ciudad se imagina virginal y venturoso. Mi caso, sin embargo, no es el del diletante, ejerzo, desde la infancia, el papel no impostado de científico, de clasificador, de observador, de estudioso de los detalles que quizá para otros pasen desapercibidos y que me aleja de la visión adánica del paseante que aunque culto, no puede dejar de sentirse arrobado por el grado de belleza elemental que percibe a su alrededor. Soy más un filatélico que un flaneur.

¿Qué ha dejado de darle, en qué medida cree que ha cambiado para usted la naturaleza?

Durante 33 años dejé de escribir literatura y, en ese accidente, buena parte de la responsabilidad pudo atribuirse a mi dedicación al estudio de la naturaleza, al diseño de estrategias para su protección. En este instante reconozco cierto debilitamiento en la recepción de los impulsos que proporciona el ecosistema pirenaico, quizá la mengua alarmante de la avifauna por el cambio de estrategia productiva, por el paso de la ganadería y la agricultura al turismo de masas, tenga algo que ver.

En una repisa o alféizar de tu balcón, recibe a los pájaros y les da de comer. ¿Qué piensa o qué siente mientras los ve, qué relación han establecido?

Las aves son seres interesados, igual que los humanos. Acuden a mi terraza a comer, no a mitigar mi soledad; otra cosa es que su acercamiento beneficie a ambas partes, es una relación mercantil.

Francisco Ferrer Lerín en una de sus estancias en Jaraba.
Francisco Ferrer Lerín en una de sus estancias en Jaraba.
Vicente Almazán.

Cuando mira hacia atrás, hacia Barcelona, sus viajes, sus años de formación, ¿cómo ve esa época de jugador de póquer, a veces rival incluso del escritor Félix de Azúa?

El póquer estuvo íntimamente ligado a la imagen del estudiante universitario. En aquel tiempo no se entendía la Universidad sin un componente de crápula, y junto a un agotador rosario de peripecias sexuales se simultaneaba la asistencia a clase con las partidas de póquer, por ejemplo en el bar Josefa, cerrado al público por las mañanas pero en el que, por la extraña amistad de alguno de nosotros con el camarero, al que le faltaban ambas orejas, se nos permitía organizar timbas casi a diario. Quizá en ese antro tuve ocasión de jugar con algunos genios en ciernes de la literatura, que no del manejo de los naipes, como Félix de Azúa y Leopoldo María Panero.

"El póquer estuvo íntimamente ligado a la imagen del estudiante universitario. En aquel tiempo no se entendía la Universidad sin un componente de crápula, y junto a un agotador rosario de peripecias sexuales se simultaneaba la asistencia a clase con las partidas de póquer"

Como escritor, ¿se ha un sentido un solitario en Jaca, un incomprendido, un ‘outsider’?

Hasta la publicación de la novela Níquel, en 2005, nadie sospechó en Jaca que fuera, y sobre todo que hubiera sido, escritor. La verdad es que nunca lo revelé, prefiriendo que se me asimilara a la carroña, incluso que se me nombrara con el mote de El Buitre. El editor, zaragozano, quiso que Níquel se presentara en Jaca, y el multitudinario acto en el Salón de Ciento supuso el inicio de mi catalogación como escritor, etiqueta que llevo bien y que he de decir que me produce satisfacciones, en especial cuando el periódico local, El Pirineo Aragonés, comenta generosamente mi obra.

¿Qué significa para usted escribir en un blog como ‘Boomerang’?

Mantengo, desde 2008, un blog personal, y utilizo cuatro modelos de facebook para la información general, las Acciones, las reseñas y el Arte Casual. En 2015 fui invitado a publicar periódicamente en El Boomeran(g), un blog creado por El País, que luego pasó a manos de la Fundación Santillana y ahora a la Fundación Formentor. Es un blog colectivo, en el que varios autores escriben sobre materias más o menos ligadas a la literatura. Sin duda alguna constituye un honor estar ahí.

¿Qué es exactamente Paco Ferrer Lerín: un poeta, un narrador, un creador de vocablos o un fabulador puro e irreductible, más allá de los géneros?

Me gusta definirme como escritor, englobando en el término los apartados de poeta y narrador, y, secundariamente, definirme también como filólogo. Las palabras suponen, pues, el material de construcción, primigenio e indiscutible, con el que cuento y al que venero dedicándole buena parte de mi tiempo profesional y social.

¿En qué medida es un extravagante requerido y venerado por los editores y algunos doctorandos?

Siento dar esa impresión. La extravagancia es una actitud buscada, forzada por individuos que quieren destacar, separarse de los demás actuando de modo chocante. Quizá, y abusando del erróneo concepto de que todos somos iguales, alguien pueda creer que mis rasgos y comportamientos se apartan, de modo intencionado, de los rasgos y comportamiento de los demás, pero la diferencia entre humanos siempre existe, con mayor o menor claridad, con matices más evidentes entre algunos.

A menudo cita a Borges como su maestro. ¿A los 80 años se siguen teniendo maestros o referentes?

Los maestros tienen su propio anaquel aunque a veces el polvo hace mella al no ser consultados, y por ende soplados, con la frecuencia con la que se consulta a autores menores pero inmersos en la contemporaneidad. De todas formas, con el paso de los años, el reconocimiento de la maestría de Borges y otros grandes, queda incorporada de tal modo a los pliegues de nuestro cerebro que no necesitamos abrir sus libros, ni siquiera necesitamos pensar sus enseñanzas, ya forman parte de nosotros mismos.

¿Tiene algo de especial el verano para usted?

El verano es la peor de las estaciones. La fealdad humana, corporal y moral, se pone en valor acompañada por pachangueras musiquillas y deplorables gastronomías regionales. Quizá se esté a tiempo de reaccionar y se comprenda que el dinero empleado en realizar viajes, esa actividad nefasta en la que se paga por pasarlo mal, podría emplearse en climatizar los domicilios, en prepararse para lo que se nos viene encima, esa mortífera temperatura en torno a los 50 grados a la sombra que los meteorólogos rigurosos nos anuncian que se alcanzará a corto plazo.

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión