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verano. leyendas y personajes

El monstruo marino del Canal Imperial de Aragón

Aproximación a un misterioso animal que podría deslizarse en la corriente del gran sueño de Ramón Pignatelli

Una visión del Canal Imperial de Aragón.
Una visión del Canal Imperial de Aragón.
A. Castro

Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre lo contaban a la menor ocasión: en el Canal Imperial de Aragón, entre Garrapinillos y Pinseque se desliza un monstruo acuático. Decían que debía ser muy longevo, tal vez más que centenario, y que había pasado de la balsa de Larralde al Canal, no se sabe bien si siguiendo el circuito de las acequias y burlando las tajaderas o si lo hizo campo a través en un tiempo de feroces lluvias.

Para todos tenía matices distintos y quizá complementarios. Para mi bisabuelo se parecía mucho a la raya marina, y era gigante, de hasta dos o tres metros de largo y ancho, y más bien informe. Sobre la cabeza, tenía dos o tres crestas un tanto verdosas. Para mi abuelo, no era tan grande; tenía ojos saltones, extremidades nítidas, las delanteras parecían como manos de boxeador y las traseras eran minúsculas, como de una auténtica sargantana. También fue mi abuelo quien contó que se alimentaba de todo: de patos, pájaros, higos de la ribera y pequeños peces, especialmente anguilas, truchas y barbos.

Mi padre no creía en su existencia. De hecho, se trasladó a Pina de Ebro para hablar con Javier Blasco, un experto en los misterios de la flora y fauna de la ribera del Ebro. Lo atendió con amabilidad, pero le dijo que no le constaba esa leyenda. Mi padre no se conformó con ello. Consultó con otros especialistas en prodigios y bestiarios. La lista es incompleta pero habló con Severino Pallaruelo, Eduardo Viñuales, Chema Lera, Ángel Gari, Alberto Serrano, José Miguel Navarro, y alguno más, hasta con María Tausiet, experta en brujería. El que pareció convencerlo del todo fue el poeta y ornitólogo Francisco Ferrer Lerín, que no solo le explicó cómo era el pez, si se parecía a la raya o al rodaballo, si era pernicioso o benigno, sino que le hizo su genealogía completa: era un monstruo invasor, sin duda, que se había curtido en lagos y lagunas, primero; luego en ríos como el Matarraña, donde disfrutaba mucho viendo bañarse, en pelota picada, a algunas mujeres a la luz de la luna, y finalmente decidió instalarse en el Canal Imperial por puro amor a las luces tan matizadas del atardecer y por su pasión por el ruido de los aviones.

Mi padre no lo dudó entonces. Y llegó a comprar hasta seis móviles distintos para captar al animal. Fue el primero que lo vio, de veras, con sus acompasados movimientos. Y fue él, mi propio padre, Rufino Ramírez, quien lo vio inmóvil cerca de la orilla de juncos. Le dije: «Padre. Esto es un montón de hierbas podridas». «Hijo mío, por favor, míralo bien: no había visto cosa igual. La osamenta, tan bien delineada, la piel que aún revela las venas, y ese aspecto monstruoso que hace pensar en un rorcual más que en un rodaballo o en una raya. ¡Míralo, bien!». Volví a mirarlo...

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