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La pasión de Morante devuelve la Maestranza, y el toreo, a sus esencias

El diestro sevillano cortó las dos orejas del cuarto toro de la tarde con una clamorosa rotundidad.

El diestro Morante de la Puebla da un pase con la muleta al segundo de los de su lote
El diestro Morante de la Puebla da un pase con la muleta al segundo de los de su lote
Raúl Caro/EFE

El diestro sevillano Morante de la Puebla, que cortó las dos orejas del cuarto toro de la tarde con una clamorosa rotundidad, logró este viernes con una faena de apasionada entrega devolver sus esencias a la plaza de la Maestranza de Sevilla y, de paso, también al propio torero, más allá de modas y ventajas.

La actuación del cigarrero con ese toro de Juan Pedro Domecq resultó todo un acontecimiento de principio a fin, y como tal se vivió por un público volcado, desbordado, que rugió al unísono en cada olé y en cada ovación de respuesta a las fuertes emociones provocadas por este auténtico y comprometido artista de la tauromaquia.

Pasó que en cuanto salió al ruedo "Jarcio", un colorado bajo y acapachado de cuerna, Morante sacó a flote su inmensa cultura taurina para recibirlo con tres cambios de rodillas con el capote, al estilo de los Gallos, José y Rafael, en un detalle que ya rompió la monotonía, aunque se quedó apenas en una anécdota comparado con la media docena de verónicas con que continuó el saludo.

Hondo, hundidas las zapatillas en la arena y con el pecho totalmente ofrecido a la embestida, Morante se dejó ir tras los vuelos de la capa en cada verónica, igual que el toro de Juan Pedro, al que remató esa intensa presentación con una gran media en los medios, casi un recuerdo de los grandes capoteros de la Edad de Plata.

Continuó luego desempolvando suertes olvidadas en la fantasía de un galleo por tijerillas con el que mantuvo la alegría de una Sevilla que volvía a reencontrarse con su espíritu taurino de siempre, tan olvidado en los últimos tiempos. Y cuando parecía que ahí se acababa todo, a tenor de como el colorado se afligía y perdía fuerzas, Morante echó aún el resto para intentar darle celo y continuidad.

Unos ayudados por alto rodilla en tierra, también de sabor añejo, le sirvieron como apertura de una faena de muleta que tardó en cobrar vuelo, pues, más apasionado que técnico, más visceral que cerebral, el de la Puebla no llegaba a pulsear lo suficiente esas encogidas embestidas en un tira y afloja de tensión torera pero desigual limpieza.

Hasta que, por fin, de mitad en adelante, se echó la muleta a la zurda y, ganando terreno hasta la misma cuna de los pitones, Morante se dio por completo, olvidado del cuerpo, para, natural a natural, sacar embestidas de donde parecía no haberlas, e imponer su voluntad a la del animal empujándolo con el alma.

Los pases surgían casi con dolor, arrastrados, con una hondura de sonidos negros, como los del flamenco que surge de las entrañas, tan profundo que el propio torero mandó callar a la banda cuando arrancó inoportuna el pasodoble. Porque la música estaba en la arena, en esa apasionada entrega del toreo más trascendente.

Y la plaza se volvió loca. Y también Morante, que ya dado del todo, roto de toreo, perdió en un momento el engaño, pisado por un toro burlado que aprovechó para colgarle de su pitón derecho, inmolado el torero en su propia obra.

No hubo cornada, por suerte, pero si la reacción arrebatada de Morante que, con la plaza entera en pie, aún volvió a la cara para rubricar su obra de arte con un perfecto y recto volapié, como una antología de la espada gitana de Cagancho.

Lo de antes y lo de después, una vez mostrado el toreo más auténtico tan al desnudo, apenas tuvo historia: ni las aseadas y compuestas formas de Juan Ortega, que dio pases pulcros y templados pero no el paso necesario con el buen quinto, ni el alardeado, pero poco resolutivo, valor rígido de Roca Rey, perdido entre la anunciación morantista, esa ardiente revelación de las verdades eternas del toreo.

Ficha del festejo

Seis toros de Juan Pedro Domecq (el primero como sobrero, tras ser devuelto por flojo el titular), de afinadas hechuras, aunque alguno muy terciado, bajos de agujas y desigualmente armados. En su conjunto, corrida noble y manejable pero muy medida de raza y fuerzas, de la que solo los dos últimos tuvieron más bríos y duración, el quinto con cierta entrega y clase.

Morante de la Puebla, de fucsia con bordados en oro y azabache: dos pinchazos, media atravesada y descabello (silencio); gran estocada (dos orejas).

Juan Ortega, de corinto y azabache: pinchazo y estocada trasera desprendida (ovación); estocada delantera (ovación).

Roca Rey, de azul noche y oro: estocada caída (ovación); pinchazo y estocada delantera atravesada (silencio).

Entre las cuadrillas, destacaron Manolo Burgos picando al segundo y Jorge Fuentes lidiando al quinto. Juan José Domínguez saludó tras banderillear al tercero.

Duodécima corrida de abono de la feria de San Miguel, de Sevilla, con el "no hay billetes" en las taquillas, sobre el 60% por ciento del aforo permitido (unos 6.000 espectadores).

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