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LETRAS ARAGONESAS. OCIO Y CULTURA

Julián Casanova: "Vale la pena seguir siendo un historiador del siglo XXI"

El escritor y catedrático recibió el premio de las Letras Aragonesas de manos del presidente Javier Lambán

 Julián Casanova (Valdealgorfa, Teruel, 1956) ha dejado su huella entre sus alumnos. Y un buen ejemplo fue el acto de acto de este lunes, en la segunda planta del IAACC Pablo Serrano: el historiador y autor de ‘Una violencia indómita’, entre otros títulos, recibía el premio de las Letras Aragonesas de 2020 al ritmo de ‘Stairway to Heaven’ de Led Zeppelin, que interpretaron Cristian Baquero y Jorge Bermejo.

Su alumno Víctor Lucea, director general de Cultura, recordaba bien que esa canción legendaria era una de sus preferidas y que a Casanova le gusta amasar sus clases con muchos elementos: películas, libros, pensamientos, músicas, arte, etc. Cerca del atril también estaba el don Quijote soñado por Pablo Serrano, un artista pensador y crítico, nacido en Teruel como el galardonado, que reivindicaría luego la memoria de sus padres y los valores de la España vacía.

Felipe Faci, consejero de Educación, Cultura y Deporte, retrató «al historiador riguroso», que también «es un excelente comunicador y ensayista, un estudioso de los movimientos y conflictos sociales del siglo XX», dijo, y enumeró los temas que le interesan como el anarquismo, la guerra civil española, los dramas europeos, la España de Franco, la violencia política de los años 30 o en incluso la Revolución Rusa. Y recordó que había logrado superar las fronteras españolas y observó que sus libros, una decena en solitario y otra decena en colaboración, eran «verdaderos fenómenos editoriales», y lo definió también como «un teórico de la Historia».

Lección, reflexión y retrato

Julián Casanova pronunció un discurso que fue una lección sobre la Historia, la función del historiador y a la vez un autorretrato. Recordó a sus maestros –Raymond Carr, Ronald Fraser, Gabriel Jackson y Paul Preston, y algunos más, como Thompson y Hobsbawm; sería el presidente Lambán quien diría que su verdadero maestro español, más que Juan José Carreras, era José Álvarez Junco– y dijo que pensaba que la Historia era para él «una fuente de inspiración, de creación y de debate. Vale la pena seguir siendo historiador en el siglo XXI». Confesó que se sentía un viajero que había partido en busca de lugares y personas, y que cuando había salido había intentado captar el flujo de conocimientos y de pensamiento. Su oficio «es un compendio de estímulos y de referencias que he recibido de la Historia y de los historiadores. La Historia es un herramienta de búsqueda y de comunicación que nos permite realizar un examen minucioso del pasado que va a decir mucho de cómo éramos y de cómo somos».

Para él la Historia enseñar a leer críticamente, a pensar y a reconocer el significado de los hechos desde diferentes perspectivas. «Enseña –añadió– a aprender la diversidad de creencias y a argumentar con rigor. Y aprender a escribir con claridad es una parte esencial de nuestro oficio».

Se extendió en el análisis de la estética narrativa, de la elegancia formal o de la precisión, exaltó el valor de la investigación y el compromiso, y la necesidad de la complejidad: «Los historiadores tenemos que contar el pasado de la forma más compleja y más real que sea posible. Merece la pena luchar por escribir la verdad».

«Los historiadores tenemos que contar el pasado de la forma más compleja y más real que sea posible. Merece la pena luchar por escribir la verdad»

En su discurso, claro y conciso, volvió al autorretrato: «Soy un historiador de formación híbrida, me identifico con la historia social y he buscado el rigor, la libertad y la independencia. La historia no es una calle de una sola dirección: es una variedad caleidoscópica de voces, de lecturas, y a las voces y a las lecturas hay que escucharlas». Hizo una defensa de su presencia en las redes sociales y llamó la atención sobre el olvido de trabajos pioneros como ‘El pasado oculto’. Recordó que María Domínguez, tan elogiada ahora, ya aparecía en 1992 en esa investigación modélica con Ángela Cenarro, Pilar Salomón, Pilar Salomón y Julita Cifuentes.

El presidente Javier Lambán recordó que hicieron la carrera juntos, con José Luis Corral y Concha Lomba, y dijo que uno de sus libros de cabecera del galardonado, del que elogió su instinto de contador de historias de este lunes, era precisamente ‘El pasado oculto’, un trabajo osado que explica la huella que Julián Casanova ha dejado sobre «la mejor generación de historiadores jóvenes aragoneses», tal como había dicho Felipe Faci al principio del acto, conducido por Julio Ramón, director del museo Pablo Serrano.

Feliz de estar en Zaragoza

Julián Casanova nunca pierde la gravedad: ni ríe con facilidad, al menos en público, ni parece emocionarse. Es un hombre metódico, aficionado a la natación, omnipresente en las redes, con las cosas muy claras, que avanza como un ciclista que no desfallece ni en la montaña ni en el llano. Siempre tiene una misión: es un historiador vocacional y eso conlleva una parte capital de divulgación. Da la sensación de que su actitud cívica no duerme, y siempre ve un conflicto donde poner su dardo verbal. Este lunes fue muy aplaudido, especialmente tras su límpido discurso, que fue una lección también para pescar en un tiempo turbio y dividido, donde se acumulan las contradicciones. En ningún momento sintió la necesidad de justificar su sentido narrativo, incluso dio la sensación de que le restaba importancia, pero, en cambio, sí pareció emocionarse, y dijo que «soy muy feliz al estar este trece de septiembre aquí en Zaragoza».

Lo acompañaron autoridades, como el Justicia de Aragón, Ángel Dolado, y el presidente de las Cortes, Javier Sada, pero también Luis Nozaleda, la cabeza visible de Enate, que es quien patrocina el acto y la dotación económica.

Además de su familia, sus hermanas Marisa y Paz, o su mujer Lourdes, para la que tuvo bonitas palabras, lo acompañaron compañeros de la Universidad, artistas como Pepe Cerdá, libreros como Paco Goyanes, el director del Centro del Libro de Aragón, José Luis Acín, y escritores, entre ellos los últimos premios de las Letras Aragonesas: José Luis Corral, Agustín Sánchez Vidal, Ana Alcolea y Juan Bolea. Y a ellos se les unió Irene Vallejo, que recibirá el jueves el premio Heraldo.

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