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el poeta y el amor

Una doble pasión imposible

Miguel Labordeta fue un desterrado en la tierra y un hombre sigiloso rodeado de enigmas.

María Pilar Fillat
María Pilar Fillat
Heraldo.es

Miguel Labordeta fue un desterrado en la tierra y un hombre sigiloso rodeado de enigmas. Se enamoró de la estudiante Pilar Castillón, con la que tuvo una relación dispareja, entre 1948 y 1958. Ella fue consultada en 1994, cuando se celebró el congreso inolvidable que organizaron Túa Blesa y Elena Pallarés, y le restó importancia. Dijo que no había pasado nada. Sin embargo, Pilar sí fue consciente en algún momento del interés (o cariño, o fabulación) que despertó en él, que la bautizaría como Berlingtonia y que redactaría una carta, en un sobre azul, que evidencia que Miguel Labordeta, con su desamparo a cuestas, con su timidez desarbolada, la quiso.

La amó, pasearon en tranvía, la transformó en una criatura esencial de su pensamiento y de su poética. Pilar Castillón, que comentó la atracción que había despertado en Miguel con unas amigas, asistió al estreno de ‘Oficina de horizonte’ y, tal como contó Jesús Rubio en el prólogo a ‘Epistolarios inéditos’, redactó una nota donde decía: «Como tragicomedia, estupenda. Como realidad, una pena. Pilarín».

Gracias a Santiago Gómez, dueño del restaurante Carpanta, albacea del pintor Ángel Aransay y enamorado de la obra labordetiana, se supo que Miguel había tenido otro amor: María Pilar Fillat, que también estudió en el colegio. HERALDO la visitó en su casa y confirmó que Miguel se prendó de ella en el curso 1948-1949; dijo que el poeta la invitaba al teatro y que a veces le dejaba la entrada en taquilla y que él, quizá con las luces apagadas ya, aparecía más tarde.

María Pilar Fillat contaba: «A mí jamás me dijo nada. Nunca. Sé que yo le gustaba, que hacía lo imposible por verme, me llamaba, pero tampoco se decidía. Era tímido e inseguro. Un día me dio un poema manuscrito que era un autorretrato satírico: se sentía feo, gordo, calvo. Un adefesio. Se veía fatal; si no fuera porque yo sabía que era verdad, me habría reído porque era muy chistoso. Logré un trabajo de profesora y una de las compañeras supo que Miguel me había escrito ese texto. Me lo pidió y se lo di. Me dijo: «Qué interesante me parece ese hombre. Me gusta mucho». Este doble desamor alumbra claves líricas y humanas del autor de ‘Sumido 25’.

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