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Ocio y Cultura

pintura. 'artes & letras'

Pablo Picasso en la Sala del Crimen

En la Exposición Nacional de 1901 el cuadro ‘Dama Azul’, de Pablo Picasso fue postergado por el jurado

El cuadro 'Dama azul' de Pablo Picasso.
Retrato de Picasso con su amor Dora Maar, fotógrafa y pintora.
Archivo HA.

En la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX se celebraban principalmente en Madrid las llamadas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, certámenes con preferencia de pintura y escultura, que tenían carácter de concurso. Se iniciaron en 1856, a imagen y semejanza de los Salones de París, que venían funcionando desde 1726. La última data de 1968. Estos certámenes se reanudaron en 1941, concluida la guerra civil del 36, extendiéndolos la Cultura franquista hasta 1968, fecha en la que el Arte español comenzó a discurrir por otros derroteros.

En su época fueron la más importante muestra oficial de arte español a cargo de artistas vivos. También tenían por objeto promocionar a estos últimos, que veían en tales exhibiciones la posibilidad de vender sus obras a particulares y al Estado.

Tenían periodicidad bianual y eran auténticos acontecimientos culturales, esperados con ávida impaciencia por una sociedad cada vez más entendida y ansiosa de admirar a las figuras más destacadas del panorama artístico nacional. Eran ellos nombres ilustres que iban desde Madrazo, Casado de Alisal, Rosales, Muñoz Degrain y Moreno Carbonero, hasta los más recientes de Soro-lla, Ramón Casas, Rusiñol, Chicharro y Benjamín Palencia (obsérvese la ausencia de mujeres), ganadores todos los citados de la Primera Medalla del concurso respectivo, que en unión de la Segunda y Tercera Medalla y Mención de Honor, constituían los premios de los correspondientes certámenes.

'Dama Azul' de Pablo Picasso.
Detalle de 'Dama azul' de 1901.
Archivo del Centro Reina Sofía.

La ‘Nacional’, como denominaba coloquialmente el gran público a cada una de estas exposiciones, se celebraba, de acuerdo con lo dispuesto oficialmente, en los «locales que al efecto señale el Gobierno». Solían ser grandes edificios en cuyas plantas nobles se exhibían las obras consideradas más importantes, con las firmas de más prestigio. En los últimos pisos se habilitaba una dependencia a la que iban a parar las obras presentadas que, a juicio del Jurado, mostraban falta de calidad, trataban temas inmorales, se tomaban excesivas libertades innovadoras, u otras razones por las que no merecían exponerse junto a las ya seleccionadas. Este recinto recibía el ominoso nombre de ‘La Sala de Crimen’.

Las decisiones del jurado de las Exposiciones Nacionales provocaban con frecuencia enconadas discusiones con el público y artistas, sobre todo en los envíos que se hacían a la Sala del Crimen. Así, en el concurso de 1906, José Gutiérrez Solana recibió una Mención de Honor, que el pintor rechazó por haber sido enviada con anterioridad una obra suya a la Sala del Crimen. Otro autor eminente que vio varios cuadros suyos en el oprobioso recinto fue Julio Romero de Torres, uno en 1906, ‘Vividoras del amor’, y otro en 1910, ‘El retablo del amor’. Pero el escándalo mayúsculo lo provocó el cuadro de este mismo autor ‘La consagración de la copla’, que, después de haber sido relegado a la Sala del Crimen en 1912, provocó una reacción ciudadana consistente en abrir una suscripción popular con cuyo importe se adquirió una medalla de oro, que fue regalada al pintor.

En esta última discordia participó incluso el Gobierno, que, como desagravio, concedió a Romero de Torres la Encomienda de la Orden de Alfonso XII.

Pero el caso más sorprendente fue el envío a la Sala del Crimen en la Exposición Nacional de 1901 del cuadro ‘Dama Azul’, de Pablo Picasso. Decepcionado por este revés, el pintor decidió volver a París («Este país no está todavía preparado para recibir el arte nuevo»), cosa que hizo de inmediato, sin siquiera ir a recoger el cuadro en que había puesto sus esperanzas (circunstancia que se deduce del gran formato que eligió para su obra: 133,5 x 101 cm). De la pintura se hizo cargo la Administración, para al cabo de varias décadas ser descubierta y recuperada por Enrique Lafuente Ferrari, pasando a partir de 1954 a formar parte de los fondos del Museo de Arte Contemporáneo. Hoy se encuentra en el Centro de Reina Sofía, donde, después del ‘Guernica’, es la obra maestra más impactante de la colección de picassos que exhibe el Centro.

El suicidio de Casagemas

El cuadro en cuestión merece breve comentario. Es testimonio magistral de la recién inaugurada etapa azul (símbolo de tristeza), provocada en el pintor malagueño por el suicidio por amor en París aquel año de su íntimo amigo Casagemas. Es probable que se trate de una ‘cocotte’ disfrazada de gran señora, con un aparatoso vestido de amplia falda con floripondios plateados y tocada con un gran sombrero de la Belle Époque, complemento esencial de la moda elegante de aquel entonces. Puede que el modelo lo viera Picasso en los Carnavales de Madrid o París. .

Cerramos esta reseña recordando, a propósito de la ‘Dama Azul’, la lucha sorda que durante toda su vida libró Picasso con su padre, D. José Ruiz, por motivos pictóricos. El padre fue conocedor desde un principio del talento excepcional de su hijo para la pintura y él, pintor mediocre, se hizo las mayores ilusiones, en el sentido de que veía a su Pablo ganador de todas las medallas en las Exposiciones Nacionales que consagraban a los grandes artistas. Compréndase su decepción al comprobar el espíritu innovador y rebelde que alentaba en su hijo, tan distante de los principios ‘clásicos’ de la época, como demostró en su ‘Dama Azul’.

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