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cuentos de domingo

Emilio Lacambra: el restaurador que siempre abre la puerta a las utopías

Resiste contra la pandemia, acoge a todas las tribus sociales en su restaurante y lee, chatea, cocina y no tiene prisa alguna en jubilarse

Emilio Lacambra, Colaborador ZTV/26.10.12/Gloria Morella [[[HA ARCHIVO]]]
Emilio Lacambra, el restaurador que abre su casa a la tertulia y a la amistad.
Gloria Morella/Heraldo.

Zaragoza tiene muchas imágenes cotidianas. Me gustaba ver al poeta Rosendo Tello salir a beber el sol en la plaza de Portillo para volverlo claridad de oro en sus versos; ahora sale menos. Me gustaba ver trabajar al finado Vicente Almazán, pura humanidad dulce, como si fuera un espectro discreto que dividía en sueños la realidad con su cámara de fotos. Y me encanta ver a Emilio Lacambra al mediodía asomando a la puerta de su restaurante. Es como si quisiera saludar a todo el mundo, ofrecerles café y tertulia para hablar un instante de lo divino y lo humano, sobre todo de lo humano hecho política, evocación y amistad. Casa Emilio es como un arsenal de la memoria: allí sucedió casi todo desde los 60 hacia acá y siguen ocurriendo cosas.

Menudearon las tertulias, parecían cocerse en una clandestinidad libre y pública las pequeñas revoluciones. Por allí ha pasado medio mundo de todos los sectores y disciplinas, y siempre han hallado en Emilio y su equipo –y en los llorados Pascual y Josemari, y en Nicoletta que sigue ahí y abre el horizonte del mundo con su sonrisa– un lugar de acogida, un santoral de rebeldías, la casa ajena que se hace nuestra con buenos alimentos. Emilio fue actor antes que restaurador, trabajó con Juan Antonio Hormigón y Mariano Cariñena, con Eduardo González y María José Moreno, y cada vez que recuerda los viejos tiempos se agiganta y los ojos se le vuelven acuosos de emoción y añoranzas. Su restaurante ha sido, y es, plantío de conjurados, espacio sosegado de libertad, un hogar donde nunca se olvida lo esencial. Comer bien y con fundamento. Cenar con tiempo y hasta más allá de la medianoche, mientras vuelan las canciones, los gritos, las risas y las servilletas de felicidad. Casa Emilio es un álbum de estancias –ahí está el comedor de Labordeta y Félix Romeo–, es una pinacoteca privada, es un escenario de música, de radio y de películas.

Y lo que más impresiona siempre es Emilio, con su bigote perlado y su cultivo de las utopías: ha estado en todas las batallas de la gastronomía y la ciudad. Emilio Lacambra, con o sin delantal, se asoma al exterior y parece decirnos: «Entren y coman. Entren y sueñen». Resiste contra la pandemia (como otros profesionales de este bello oficio), contra la política cada vez más fútil y encanallada, y lee, chatea, cocina y no tiene prisa alguna en jubilarse.

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