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Ocio y Cultura

Imágenes de la capital del cierzo / 14. 'artes & letras'

Zaragoza despidió a Joaquín Costa, su hijo más amado, el 12 de febrero de 1911

El león de Graus fue arropado por 30.000 ciudadanos camino de Torrero y en el puente de América prendieron centenares de antorchas

La muerte de Joaquín Costa.
Paso del cortejo fúnebre con los restos de Joaquín Costa por la calle Alfonso I..
Fondos fotográficos DPZ. Colección Luis Gandú Mercadal.

Domingo, 12 de febrero de 1911.

Apenas cuatro días antes, a las tres y media de la mañana moría don Joaquín Costa y Martínez, el león de Graus; el martilleador de las conciencias aragonesas y más aún, españolas. El regenerador y admirado jurisconsulto que tanto dio por su pueblo. Lo hizo rodeado de sus seres queridos.

El cadáver de Costa depositado en el salón rojo del antiguo Ayuntamiento de Zaragoza fue visitado por la apesadumbrada ciudadanía.

Guardaron fila de manera ordenada y silenciosa todos aquellos que quisieron rendirle el último adiós. El reguero de afligidos podía verse desde el final de la calle don Jaime I. Las colas llegaban, por la hoy desaparecida calle del Pilar, hasta la puerta del Pasaje de la Industria y el Comercio. Hasta allí acudieron a la calle Fernando el Católico, en las antiguas Casas del puente, adosadas a la Lonja; lugar donde se encontraba el consistorio hasta su traslado a la plaza de Santo Domingo apenas un par de años más tarde.

Aplacados los ánimos en los que parecía que se llevaban a Costa al Panteón de los hombres ilustres de Madrid desde la estación del Norte zaragozana, todos querían presentar sus respetos y una última oración, ahora sí, en la casa de todos los zaragozanos. Atrás quedaba la enfervorizada multitud que desenganchó el convoy con los restos mortales del defensor del Regeneracionismo, provocando que el Gobernador Civil de la ciudad declamara su discurso más convincente: 

— ¡Aragoneses! El Gobierno de Su Majestad, deseoso de honrar los grandes méritos y los servicios prestados a la Patria por don Joaquín Costa, ha decidido que los restos mortales de vuestro insigne paisano reposen en el Panteón de Hombres Ilustres.

A lo que una voz estentórea contestó:

-¡En ese Panteón duermen más granujas que personas decentes! El despojo mortal de Costa reposará en Zaragoza, donde construiremos un monumento exclusivamente para él. Tal es nuestra voluntad.

No hubo más que añadir. Sacaron el féretro del furgón, trasladándolo a la posada de la Estación, preparando las exequias fúnebres para custodiar el cadáver y a hombros de trabajadores se trasladó por el Puente de Piedra al gran Salón de la Lonja, donde quedó expuesto el cadáver tres días.

Sábado, 11 de febrero de 1911.

La muerte de Joaquín Costa.
Capilla ardiente en el salón rojo del Ayuntamiento de Zaragoza, sito en la calle Fernando el Católico, hoy de Don Jaime I.
Fondos fotográficos DPZ. Colección Luis Gandú Mercadal.

El sábado, 11 de febrero, poco después de las cuatro y media de la tarde se abría sesión de duelo en el Ayuntamiento, el encargado, el primer teniente de alcalde, señor Marraco. Ningún concejal ausente. El señor Chicot propone entregar una edición económica de las obras del finado (trozos más escogidos) en las escuelas públicas para su difusión permanente, así como la colocación del retrato de Costa en la sala de sesiones. Ambas propuestas salen por unanimidad.

Tan pronto como el Ayuntamiento sancionó la proposición del señor Marraco, comenzaron los trabajos de decoración del Salón Rojo o de Recepciones para acoger los restos mortales de don Joaquín Costa.

Dichos trabajos comenzaron a las cinco y media de la tarde, y tres horas después quedaba acondicionado como capilla ardiente.

La casa de Emilio Alfonso que fue la encargada por el Ayuntamiento para el servicio funerario, cumplió su cometido colocando casi en el centro del salón la cama imperial, cubriendo además, paredes y suelos con gasas y telas de luto. Grandes arreglos florales y plantas remataban la decoración.

La dirección partió de los señores Marraco, Muñoz, Isabal y Macipe, tomando parte en los mismos el señor González y el diligente operario de la funeraria Tomás Guarga con el personal bajo sus órdenes.

A la cabecera de la cama imperial se colocaron seis grandes blandones y un crucifijo.

Dudo que Joaquín Costa estuviera de acuerdo con este último punto, mas ya no podía opinar al respecto. La capilla presentaba un aspecto imponente y severo, tal y como era el finado.

La muerte de Joaquín Costa.
El fotógrafo zaragozano Luis Gandú Mercadal retrataba el traslado de los restos mortales de Joaquín Costa al cementerio de Torrero.
Fondos fotográficos DPZ.

12 de febrero de 1911.

En primer plano aparece la confitería del Buen Gusto, propiedad de Eusebio Molins Larruy en el edificio esquinero con el Coso, en el nº 2 de Alfonso I, y justo enfrente en el nº 1 de la calle Alfonso I, la que fuera casa-palacio de los marqueses de Tosos, vendida en 1833 pasando a manos de Manuel Dronda, tras su reforma en 1902 se instalaría en sus bajos el añorado café Moderno con su conocidísima marquesina. También podemos ver el medianil usado para publicidad de los Grandes Almacenes de los hermanos Gil en los números 7, 9, 11 y 13 de la misma calle. Dicho medianil desaparecería al alinearse los números 3 y 5 tras la compra de los Grandes Almacenes el Águila de dichas casas, eliminando así cualquier vestigio con la antigua calle del Trenque en 1919 con la inauguración de dichos almacenes, tras su traslado desde la plaza de la Constitución, hoy de España; esquina con el paseo de la Independencia, en los bajos de lo que hoy se conoce como el edificio de la Catalana.

En la cabeza del cortejo y fuera de plano, los cinco mil trabajadores entonces asociados a la Federación Obrera Zaragozana; en medio de la multitud, los representantes institucionales llegados desde todos los puntos de España sin ningún tipo de relevancia; detrás, el pueblo sobrecogido con incontables delegaciones.

Heraldo de Aragón lo contaba así en su edición del 13 de febrero de 1911:

“Cuando la carroza fúnebre entró por el Puente de América prendiéronse centenares de antorchas, que eran llevadas por bomberos y obreros del municipio, y por otras muchas personas que las arrebataban de manos de aquellos. Presentaba el camino del cementerio fantástico aspecto (...) Detuvose la fúnebre carroza ante la puerta del cementerio y, ante ella, la presidencia del duelo, las comisiones y la multitud presenció el descendimiento del féretro, que fue llevado hasta el interior en hombros de varios vecinos de Graus. Ya en el interior sustituyeron a estos los sepultureros, los cuales habían solicitado al Ayuntamiento les concediera el honor de que fueran ellos los portadores del féretro desde la puerta del Campo Santo hasta la sepultura. Fue en extremo emocionante el momento de ser bajados hasta el fondo de la sepultura los restos del ilustre aragonés que tanta gloria dio a España. En los semblantes de cuantos presenciábamos tan conmovedora ceremonia se reflejaba penosísima impresión. El silencio era profundo, a pesar de los millares de personas que invadían aquel sagrado lugar”.

Aquel día la lluvia apareció con fuerza aunque intermitente, y hasta los sepultureros tuvieron que dejar sus paraguas aparcados en las tumbas vecinas, un gesto algo frívolo aunque necesario.

El agua tuvo que acompañar a Costa hasta el último momento. El agua y la razón de un pueblo que sigue clamando justicia.

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