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Joaquín Carbonell: "La alegría y la bondad son revolucionarias"

Música. El cantante de Alloza (Teruel) celebra el día 2, en el Teatro Principal de Zaragoza, 50 años en la canción

Joaquín Carbonell.
Joaquín Carbonell celebrará a lo grande, con cinco músicos, su primer medio de siglo en la canción de autor.
Guillermo Mestre.

¿Ha pensado alguna vez por qué se hizo cantautor?

Sí. Mi educación musical tuvo que ver con el rock y el pop. Estando de camarero en la costa mediterránea descubro a los Beatles y me encantan. Me entrego al pop-rock. Pero en Teruel, por la mano de Labordeta y, sobre todo, de Sanchis Sinisterra me acerco a la obra de Brassens, Brel, Raimon, Hilario Camacho, Serrat o Atahualpa Yupanqui, y descubro que esos autores cantan textos con un contenido literario mucho más rico que el que practican los del pop.

¿Qué le debe a Alloza y a su padre, republicano?

Alloza es lo mismo que para cualquiera que haya nacido en un pueblo: el principio de todo, el descubrimiento. Mi padre fue un estimulante para todo lo cultural: para cantar y para leer. Él era maestro y en mi casa me hablaba constantemente de personajes históricos y de escritores. El primer libro que me regaló fue ‘Corazón’, de Edmundo de Amicis.

¿Que aprendió de la vida y de la cultura el joven que se fue a Barcelona y luego a Sitges?

Esa salida de mi pueblo con 15 años para trabajar en Sitges de botones, fue determinante. Solo hay que imaginar a un adolescente de pueblo que es colocado en la población más europea de España, conviviendo con turistas suecas que entendían el sexo como algo natural, aprendiendo inglés… Eso te marca definitivamente. Fue un verdadero ‘shock’.

¿Qué le dio el colegio San Pablo y aquel ambiente, en inquietudes, en curiosidad, en sueños?

Me dio una mirada moderna hacia el mundo. Y eso determina lo importante que son los profesores, que pueden cambiar la vida de sus alumnos o simplemente dejarlos pasar, sin alterarlos demasiado. Teruel nos cambió a todos aquellos que hemos sido llamados ‘La generación Paulina’. Fuimos el éxito global de una pedagogía basada en la confianza mutua. No he vuelvo a ver nunca un fenómeno semejante. Pero cantar lo hacía desde siempre. Con 16 años era vocalista en la Orquesta Bahía de Alloza. Me encantaban aquellas canciones de Domenico Modugno, de José Guardiola, del Dúo Dinámico… Yo cantaba por pasión, por afición, sin pensar jamás que un día podría editar discos.

A modo de balance, ¿cuál es la huella real de Labordeta en su vida: cantaron juntos, estudió con él, le dedicó una biografía?

Es determinante. No es corriente en los años finales de los 60 encontrarte con un profesor que te valora más por cómo vas madurando, evolucionando, por cómo aplicas el sentido común, que por lo que estudias, que en el fondo es una cuestión de memoria… Siempre estuve a su vera y siempre lo tuve como maestro. Cuando cantábamos juntos, y al final se acercaba la gente a saludarnos, yo me hacía a un lado y lo dejaba a él atendiendo al personal. Me miraba a veces, como diciendo: «¡Anda, no te escaquees!». Eduardo Paz y yo nos reíamos y le decíamos: «¡Venga, Labordeta, que para eso eres tan famoso!». De alguna forma noto que ahora me toca ejercer ese papel. Descubro lo mucho que la gente puede querer a tipos como nosotros.

Joaquín Carbonell.
Joaquin Carbonell trabajando en el estudio con Richi Martínez.
Gabi Orte.

¿Qué tipo de cantautor ha querido ser, cuál ha sido su implicación con Teruel y sus paisajes y sus gentes?

No tengo claro qué tipo de cantautor quería ser, porque tengo muchas influencias. A ratos me encantan las rancheras porque en la sinfonola del Gato Negro de mi pueblo siempre estaba sonando Jorge Negrete. Me gusta mucho el flamenco, y por eso aparecen sones aflamencados en canciones como ‘La Paca del Cañizar’, y ya no digamos Brassens… Así que he tenido que confeccionarme un estilo con todas esas influencias, pero tratando de que exista un sonido personal.

Impresionaba su melancolía, su mirada hacia el paisaje…

Eso era muy al principio, sí. Todos comenzamos evocando el paisaje. Y en Teruel, ese paisaje desprende melancolía. Esa tierra que no se puede separar de esos hombres, agotados de luchar contra los dioses airados. ‘Con la ayuda de todos’, ‘Canción del olivo’, ‘Canción para un invierno’, no son alegres y vivaces, son derrotistas, tristes, resignadas…

Labordeta, anda por aquí, claro. ¿Y Dylan, Krahe y Brassens?

Todos están conmigo, es cierto. Escuché mucho a Dylan. Y, fíjese, en los años 1974-76 vivo en Barcelona y veo en directo a Frank Zappa, Miles Davis, Canned Head, Camarón, Traffic, en fin, todo lo puntero del mundo. Así que lo que sucede es que aún me crea más confusión, porque en esos momentos estoy componiendo mi primer disco.

Hablemos de sus líneas en las canciones: ¿habría un cantante lírico, otro más humorístico y otro mucho más social, atento a lo que pasa?

Así, es. Supongo que es algo que le debe suceder a todos los compositores. Serrat tiene eso. O Aute. O Brel. Forma parte de los diversos sentimientos que poseemos. Cantar siempre en el mismo ‘tono’ tiene que ser muy aburrido.

¿De qué discos se siente más feliz, más satisfecho: ‘Con la ayuda de todos’, ‘Cariño y tabaco’, ‘Clásica y moderna’…?

Creo sinceramente que mis mejores discos son el primero y el último. El primero, ‘Con la ayuda de todos’ (1976), es un milagro; es asombroso que con la nula experiencia que tenía lograse componer aquellas canciones que siguen perdurando en la memoria 45 años después. Y ‘El carbón y la rosa’ (2018) es un disco muy maduro, muy sereno, muy trabajado. Las canciones tienen poso, pueden servir dentro de varios años.

¿Para qué sirven las canciones?

Las canciones deben recoger los sonidos de la calle; las alegrías, las iras, las tristezas… Deben ser estimulantes. Son píldoras de tres minutos contra la mediocridad y la monotonía de nuestras vidas. Una gran canción tiene un poder mágico, logra inyectarnos una dosis de ilusión que nos impulsa a seguir caminando. Nadie sabe cómo se hace una canción brillante; si no las harían los bancos.

¿Cómo han convivido en usted el poeta, el músico, el intérprete?

He convivido de forma natural porque la música pertenece a mi forma de ser. De igual manera que uno descubre que tiene talento para pintar, o escribir, sabe que puede subirse a un escenario y mostrarse ante el público con una guitarra. Lo más difícil de todo esto es mantener una compostura más o menos honesta, pues en el fondo estás mostrando tu vida a través de tus canciones. Vivir cómo piensas y pensar cómo cantas.

¿Cuál sería el mejor recuerdo de su trayectoria de músico?

He cantado cuatro veces en la plaza del Pilar ante 200.000 personas y no sentí una emoción especial. Me impresiona más constatar que en un pueblo pequeño de Teruel o Huesca hacen un gran esfuerzo para que acuda con uno o dos músicos y les muestre mis canciones. Son enormemente agradecidos. Entiendo que eso es cultura viva.

Joaquín Carbonell.
Joaquín Carbonell con sus músicos: Enrique Casanova, José Luis Arrazola, Gran Bob y Coco Balasch. Falta la violinista Kalina Fernández.
Gabi Orte.

¿Cómo será el concierto del Principal de sus 50 años?

El concierto será muy emotivo. No estoy habituado a cantar en el Teatro Principal y a llenarlo. Y estaré inquieto, nervioso, yo que suelo ser tranquilo. Por fortuna tengo detrás a seis grandes músicos de Aragón que me van a respaldar.

¿Qué le hace llorar y reír, qué le enamora? ¿Su canción favorita?

Cualquier cosa me hace llorar, me he hecho muy blando. Me rompe Me rompe el alma el abuso contra los inocentes. Me hacen reír mis amigos de Los Tres Norteamericanos. Reír es fundamental, una gran medicina. La alegría y la bondad son revolucionarias. Me enamora la gente buena. ‘Me gustaría darte el mar’ aún sigue emocionándome cuando la canto.

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