Ocio y Cultura

OCIO Y CULTURA

La meca del turismo carcelario

En la antigua prisión militar de Karosta (Letonia) se puede pernoctar siendo tratado como un recluso de la época soviética. ‘La noche extrema’, lo llaman.

Unos turistas que se han atrevido a pasar la noche como reos son inspeccionados en la cárcel de Karosta por el oficial de turno.
Unos turistas que se han atrevido a pasar la noche como reos son inspeccionados en la cárcel de Karosta por el oficial de turno.
Karosta Prison

Al pisar la isla de Alcatraz, la sensación de haber estado ya en la penitenciaría más famosa del mundo se apodera del visitante; incluso le parece haber logrado escapar de sus muros, soportando las gélidas aguas de la bahía de San Francisco (California, Estados Unidos) y sorteando tiburones. Tan potente es la historia de esta cárcel y tan bien la reflejó Don Siegel en su película de 1979 ‘La fuga de Alcatraz’, protagonizada por Clint Eastwood, que recorrer sus pasillos es caminar como por un decorado de Hollywood. Esperando descubrir al entrar en cualquier celda a Burt Lancaster cuidando de sus pajarillos, como vimos en la tierna y brutal ‘El hombre de Alcatraz’ (John Frankenheimer, 1962). La Roca, así la llaman, recibe unos 5.000 visitantes diarios, más de millón y medio cada año, a 39,90 dólares el ‘tour’ diurno y 47,30 el nocturno (unos 35 y 42 euros, respectivamente). El turismo carcelario tiene su público, y mucho. Hagan cuentas.

Hay muchas prisiones para visitar a lo largo y ancho del planeta, pero entre las más curiosas está, sin duda, la de Karosta –un barrio de la ciudad de Liepaja, 70.000 habitantes, la tercera más grande de Letonia–, construida recién estrenado el siglo XX con la intención de ser hospital, aunque nunca lo fue. Y es tan llamativa, en primer lugar, porque se mantiene prácticamente igual que cuando encerraba entre sus paredes a soldados y oficiales, porque se trata de una cárcel militar de la época soviética que funcionó hasta 1994. Durante la ocupación alemana del territorio letón en la II Guerra Mundial fue utilizada por los nazis (Hitler enviaba allí a sus desertores para que los fusilaran). Y antes fue penal en la época zarista. Cientos de prisioneros de diferente signo han muerto entre sus muros. Muchos están enterrados en el bosque que los rodea.

Menú de humillaciones

Aparte de su interesante historia, ofrece un ingrediente especial: un ‘show’ en el que los visitantes pueden sentir lo que pudo ser ‘vivir’ allí. Incluso es posible pernoctar en sus celdas, algo que se ofrece también en otras cárceles reconvertidas en hoteles. Pero aquí no ha habido reconversión alguna, y el cliente deberá dormir en los catres metálicos donde antaño lo hacían los reos.

Existe otra posibilidad, la más ‘heavy’: ‘La noche extrema’, la llaman, donde será tratado como un preso siguiendo el protocolo que funcionaba en los años 80: le obligarán a hacer flexiones y correr por el patio entre insultos; le despertarán en medio de su sueño, que disfrutará tirado sobre un delgado colchón en el suelo o sobre el camastro de hierro, usted elige; le gritarán a dos centímetros de la cara; tendrá que limpiar el retrete con un cepillo de dientes; aguantará chillidos desgarradores en medio de la noche y se duchará con agua fría... Antes deberá haber dado por escrito su consentimiento para soportar los abusos verbales y el ejercicio físico. ¿El menú? El que corresponde a un reo: mendrugo de pan y té. Todo por 17 euros. ¿Divertido? Los calabozos aguardan listos para acoger a los más díscolos.

"Abrimos en 2003 con ‘Tras las rejas’, un ‘show’ interactivo de unas dos horas que brinda a los visitantes una genuina experiencia carcelaria. Pero el público demandó experimentar esto durante una noche completa", dice Monta Krafte, portavoz de la prisión de Karosta. Ha habido hasta el momento unas 6.500 personas "lo suficientemente valientes" para superar esta modalidad. Se llega a las nueve de la noche y hasta las nueve de la mañana permanecerá recluido. Doce horas en las que no se aburrirá: prometen ejercicios militares, controles médicos a cara de perro, interrogatorios, caminatas a paso de marcha... "En su mayoría, los ‘reos’ reaccionan normalmente, porque es algo que han elegido sabiendo las consecuencias. Solo en alguna ocasión han decidido abandonar". Una decena de personas hace posible este espectáculo. "No son actores, sino entusiastas de la historia y de este periodo en particular".

Hoteles o museos

La mayor parte de las cárceles reconvertidas en hoteles son hoy eso solamente, lugares donde pernoctar, nada de camastros ni ‘performances’. Y luego están las que honran la memoria de lo que allí pasó, ofreciendo visitas informativas, sin mayor aderezo. Es el caso de la de Alcatraz o la dublinesa Kilmainham Gaol, conocida gracias a la película de Jim Sheridan ‘En el nombre del padre’. Allí rodó la historia real de la injusta condena por acto terrorista a los ‘Cuatro de Guildford’, con Gerry Conlon a la cabeza. También la pavorosa S-21, donde los jemeres rojos eliminaron previa tortura a decenas de miles de camboyanos, y la sudafricana Número 4, en Johannesburgo, testigo del ‘apartheid’, al que hoy recuerda en un memorial;separados por colores, dormían tres blancos por celda, el mismo habitáculo en el que podían hacinarse hasta 60 negros.

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