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RESCATE

De cuando Goya aún no era Goya

La fundación Goya en Aragón reedita, en fácsimil, el estudio goyesco del conde de la Viñaza

Guillermo Fatás Actualizada 22/06/2011 a las 22:03
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Uno de los cuadros más sutiles de Goya: "El sueño", que se halla en Dublín.

Amadeo I hizo conde de la Viñaza a Cipriano Muñoz y Ostaled y Alfonso XIII concedió la grandeza de España a su hijo homónimo, el segundo conde, Cipriano Muñoz y Manzano. Si consulta el lector la Wikipedia quedará sin saber que el primero era un militar nacido en Épila y que el segundo fue autor de una obra sobre Goya, luego menospreciada. Es verdad que con defectos, pero sigue siendo fructífero leerla: enseña mucho sobre Goya, deshace fantasías creadas con descaro por respetados estudiosos extranjeros, traza un largo catálogo de la obra del aragonés con descripción de las piezas y, en fin, interpreta su personalidad. Lo cual era un hito en los estudios goyescos en 1887.

El conde, hombre rico y de buen gusto, era alumno y admirador rendido de Menéndez Pelayo. Escribió sobre los Argensola y sobre Prudencio. y, antes de ejercer como diplomático en Bruselas, Lisboa, San Petersburgo, el Vaticano y Roma, publicó ‘Goya. Su tiempo, su vida, sus obras’, que todo estudioso del gran sordo conoce. Ahora se reedita para que otra vez llegue al público, con el valioso adobo de un estudio crítico redactado por Jesús Rubio, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza y experto en el siglo XIX.

Tiene, pues, el lector un doble y apetecible menú: cambiar de época y de mirada, dando un salto hacia atrás de siglo y cuarto, para «ver» a Goya de otra forma; y entrar en las claves de la mentalidad de Viñaza, que, sobre ser como se ha dicho refinado hombre de mundo, tuvo gana para doctorarse en Filosofía y Letras, para hacer política y lograr, en fin, asientos en las madrileñas Reales Academias Española y de la Historia.

No podía hacerse mucho más con lo que Muñoz tuvo a su alcance ni desde su mentalidad. Aprendió de don Marcelino que el dominio de la bibliografía era obligación de método y que España, nación ignorante, requería la restitución de sus grandezas y hazañas.

En ese espíritu de época –una de cuyas concreciones fue el regeneracionismo-, grato al régimen borbónico, Muñoz puede pasar por el rescatador nacional de Goya: si Velázquez era el titán de la pintura del Siglo de Oro, el aragonés fue el astro de la modernidad española. Goya, aun con tiznes de una Francia siempre heterodoxa, quedó bien envuelto por Viñaza «en un discurso académico decoroso», como anota Rubio, que ha escudriñado con afilado bisturí los propósitos, las aficiones y la biblioteca del autor.

Muchas veces se han repudiado obras como esta por su afectación retórica y su intención patriótica: eso es quedarse en el envoltorio. Durante el siglo XIX, Goya no era plenamente Goya. Desde que concluyó sus ‘Desastres’ hasta que se editaron transcurrió medio siglo. Ni siquiera ‘La maja vestida’ se llamaba así (la maja echada: para Viñaza, una «bonita pelandusca», con versión desnuda para quien tenía «el pecaminoso objeto de contemplar a sus solas la rosa sin hojarasca»).

El libro está lleno de datos rematados en un catálogo, hoy anticuado, pero entonces mejor que ninguno. Datos extraídos de la investigación ajena, pues estuvo atento a Ceán, a Cruzada Villaamil, a Mélida, a Carderera y a los autores extranjeros (Piot, Yriarte, Lefort), tomó lo mejor de cada uno y corrigió yerros descarados (como los del fabulador romántico Matheron); y de la propia, porque buscó en los archivos de Zaragoza y Madrid y, además, vio obra goyesca probablemente como nadie antes, «sinnúmero de cuadros, (…) todos sus grabados y litografías», y la estudió con inteligencia y aclarando que su tarea era un trabajo provisional.

Las limitaciones fueron muchas: errores, omisiones, ideologización (moral pacata, clasismo, nacionalismo). Pero los méritos tuvieron no poca proporción. Jesús Rubio, en su largo estudio, lo sitúa con precisión (pp. 122-124) en el panorama español de su tiempo y desvela la ‘fábrica’ de un libro que autoriza una nueva y mejor degustación. Así, sin haber cambiado, el de Viñaza es un libro mejorado por el tiempo.

Arte e historia

Goya. Su tiempo, su vida, sus obras
Conde de la Viñaza. Madrid, 1887, 473 pp.: y Jesús Rubio, Cipriano Muñoz y Manzano, Conde de la Viñaza. Biógrafo y crítico de Goya, 132 pp., Fundación Goya en Aragón – Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2011.





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