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El maletero de Sabah, la esperanza sobre ruedas en Ceuta

Una vecina y su mejor amiga salen a repartir alimentos que ellas mismas cocinan entre los jóvenes que deambulan por la ciudad.

Sabah reparte ayer comida por las calles de Ceuta junto a su amiga Nayat y el joven Abdlghani.
Sabah reparte ayer comida por las calles de Ceuta junto a su amiga Nayat y el joven Abdlghani.
F. Torres

Un bocadillo sale volando desde un Toyota Rav 4 que se detiene en el carril derecho. Es medianoche en la carretera del paso fronterizo de El Tarajal. Una mujer vestida con un hiyab negro se baja del coche, abre apresuradamente el maletero y continúa lanzando alimentos. Es Sabah, musulmana y ceutí, empresaria y esposa de un policía jubilado. La acompaña Nayat, su vecina y una de sus mejores amigas, y también Abdlghani, un chaval menudo que hace un año llegó nadando a Ceuta y que, tras el cierre de fronteras por la pandemia, se quedó con ellas para sobrevivir y ayudar en lo que pudiera. Entre los tres vacían el maletero en un abrir y cerrar de ojos. "Traemos comida para unas 80 personas", resume Sabah. ¿Sois de una ONG? No. ¿Trabajáis para alguna asociación vecinal? Tampoco. ¿Os financia alguien? No, sale de nuestro bolsillo.

En realidad todo comenzó tres horas antes, cuando Sabah llegó a casa sin poder sacarse de la cabeza lo que había visto en las calles de Ceuta. "Niña, vente y vamos a encender el hornillo", le dijo a su amiga Nayat. En un par de horas, cocinaron 25 kilos de macarrones y prepararon 60 bocadillos. Gastaron unos 100 euros. También tenían cartones de leche donados por familias musulmanas durante el Ramadán y aprovecharon para dárselos a quienes más lo necesitan. "Venimos repartiendo desde Los Rosales", cuenta Sabah.

En ese barrio de Ceuta está la antigua prisión, en la que se han refugiado decenas de migrantes (una más de las paradojas de esta crisis, meterse voluntariamente en una cárcel), y también la casa de los padres de Sabah, que se ha convertido en un improvisado albergue. La vivienda tiene dos plantas -cien metros cuadrados cada una- con un pequeño patio delantero que han habilitado para atenderlos. "Tengo a más de veinte jóvenes allí alojados. Si te enseño mi teléfono, flipas. La gente sigue localizándome, que por favor les dé cobijo. Yo ya no puedo meter a nadie más en mi casa. Hay gente durmiendo hasta en la puerta".

Mohamed (23) le da las gracias por el bocata y llama con un gesto al resto de sus amigos. Todos llegaron el lunes a Ceuta y, lentamente, se van acercando de nuevo a Marruecos después de haber comprobado en sus carnes que el sueño no era como se lo habían contado. "Hemos decidido volver", traduce Nayat, que actúa de improvisada intérprete. "Aquí no hacemos nada. Seguramente crucemos mañana", expresa el joven en dariya, dialecto del árabe que se habla en los alrededores de Ceuta.

Se movilizaron por un grupo de Facebook. "Nos dijeron que no había vigilancia, que todos estaban logrando entrar y que conseguiríamos llegar a la Península". Ahí, en esa promesa, reside la estafa que ha provocado la crisis migratoria que se vive estos días en Ceuta. El boca a boca, amplificado por las redes sociales, hizo el resto y extendió la fantasía de alcanzar el continente europeo por todas las poblaciones del norte de África. "Han venido jóvenes hasta de Marrakech (a más de 600 kilómetros)", explica Sabah.

Y a partir de ahí, una desbandada sin precedentes. "Hay chicos de todas las edades. Incluso niños. Ha entrado un crío de seis años que estaba jugando en la playa en Marruecos y que, al ver la marea humana, la siguió y cruzó la frontera nadando. Ahora está en el centro de menores", cuenta Nayat.

Consentimiento de los padres

¿Y su madre? ¿Lo sabe? "Su madre estará llamándolo y buscándolo aún", responde Nayat. ¿Y vuestros padres? ¿Sabían que ibais a cruzar? Mohamed dice que sí, que incluso lo animaron a hacerlo para que buscara un futuro mejor. "En Marruecos todo está mal. Hay mucha tensión y está todo el mundo muy nervioso desde que empezó el coronavirus. Me da pánico volver", expresa el joven. Mohssi, de 22 años, escucha atentamente a su amigo y asiente con la cabeza. "Yo estoy en primero de Derecho, pero estudiar una carrera no te garantiza un puesto de trabajo. Allí hace falta tener un padrino y ser de buena familia para entrar en el mercado laboral".

Por eso, cuando escucharon que no había vigilancia en la frontera de El Tarajal, Mohamed y Mohssi se animaron a cruzar con un teléfono móvil envuelto en bolsas de plástico como único equipaje. Ambos aseguran ser buenos nadadores. "Lo que nos encontramos en Ceuta no era lo que nos habíamos imaginado", dice el primero. "Esa decepción la sienten todos", añade Sabah, que considera "indignante" la actitud "tanto por un lado como otro", en alusión a ambos países: "Esto es comercializar con humanos".

Antes de despedirse, Mohamed lanza una pregunta que nadie espera acompañada de una sonrisa. No se interesa por el despliegue militar, por la vigilancia o por la diplomacia. "¿Qué ha dicho Pedro Sánchez de nosotros?", suelta.

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