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Soluciones del pasado para evitar que el plástico invada los océanos

La lucha para terminar con la llegada de este material al agua pasa por cambiar de hábitos y que la compra a granel se generalice cada vez más.

Un hombre observa una montaña de plásticos a orillas del mar Arábigo en Bombay (La India).
Un hombre observa una montaña de plásticos a orillas del mar Arábigo en Bombay (La India).
EFE

Un paquete de fresas en un supermercado envuelto en plástico. A su vez, cada fruto rojo 'protegido' por otro pedazo de plástico. «¡Es algo sorprendente e ilógico, pero está pasando y hay que acabar con ello!», exclama Julio Barea, experto en contaminación con estos elementos de Greenpeace. Pero hay más. Una banana con su bandeja blanca y su envoltorio transparente; un calabacín, entero, con su piel, también protegido, no se sabe muy bien de qué.

Son solo algunas de las imágenes que inundan los diferentes perfiles de las redes sociales donde se denuncian los excesos del uso de estos materiales en los supermercados de todo el mundo. No hay diferencias en Australia, Europa o América. En todos los continentes hay una queja (la utilización del material en cantidades ingentes) y su respuesta social. Porque han sido los propios ciudadanos los que han llevado a cabo las protestas. «Antes de la aparición de Greta (Thunberg), muchas personas han llevado campañas al margen de organizaciones como la nuestra», reconoce Barena, quien asegura que el problema de este material se ha ido metiendo «debajo de la alfombra» hasta que se ha convertido «en una montaña que no se puede ocultar».

Costas infestadas de botellas y bolsas o la balsa de basura de 1,6 millones de kilómetros cuadrados navegando por el océano Pacífico son las imágenes más visibles. Pero solo forman la punta del iceberg. «El 15% de los plásticos están en superficie. Otro 15% está en la columna agua, es decir, entre un metro y 10.000 metros de profundidad. El 70% restante ya está en el fondo enterrado», explica el responsable de Greenpeace. Es tal el cambio que incluso se está barajando cambiar el nombre a la época geológica actual y llamarla antropoceno, como expuso Paul Crutzen (Premio Nobel de Química en 2000) debido a que el hombre ha influido de forma notable en la formación del planeta. «Es imposible limpiar el mar porque no se corta el flujo», recalca Barea.

Y ese flujo pasa por cambiar los hábitos en tierra, tanto de las empresas como de los particulares. «El retorno de los envases es una idea que hemos planteado durante años. Y ya lo teníamos en España: te devolvían 25 pesetas por la botella de leche», añade el portavoz de la ONG medioambiental. «Eliminación del 'packering' y el compromiso con los alimentos de proximidad» son dos de las claves que enumera Ricard Espelt, miembro del grupo de investigación Dimmons de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), para poder terminar con el plástico. Espelt señala el trabajo que durante años ha realizado el movimiento agroecológico para «crear una nueva forma de consumo», más responsable, que se ha ido incorporando a más y más barrios que cuentan con más tiendas que se dedican a vender lo que el consumidor pide.

Legislación prudente

«Es una tendencia que va a ir a más», señalan Patricia Reina y Fernando Gómez, coautores del blog 'Vivir sin plástico' convertido también en libro (publicado por Zenith). Tiendas de cosmética o de limpieza a granel empiezan a convencer al ciudadano, aunque de forma todavía minoritaria pero en alza. Incluso una aplicación, Go Zero Waste, impulsada por Martí Morató (también de la UOC) muestra, a partir de una lista de la compra y una ubicación en un mapa, los comercios más cercanos donde el usuario puede adquirir los productos que necesita a granel, de modo que evita el consumo de envases de plástico.

Pequeños gestos que funcionan bien a pequeña escala -como el impulso a los huertos urbanos- pero que necesitan de un apoyo más decidido por parte de las «superestructuras», añade Espelt, como la Unión Europea. En este sentido, la norma va a limitar el uso de los plásticos de un solo uso -platos, cubiertos, pajitas y bastoncillos de algodón- para 2021. «Han sido muy prudentes con la legislación. Se ha dado mucho tiempo a la industria para transformarse», indica el profesor. Solo en España, se consumen a diario 13 millones de pajitas.

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