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Nacional

Gritos, insultos y expulsiones: cuando el Congreso se convierte en una taberna

El último episodio de Rufián culmina una temporada parlamentaria marcada por el aumento de las descalificaciones entre diputados

Marínez-Pujalte y Manuel Marín hablan en el Congreso en noviembre de 2004
Marínez-Pujalte y Manuel Marín hablan en el Congreso en noviembre de 2004

El Parlamento español vive unos días especialmente crispados y este miércoles la gota ha colmado el vaso con la expulsión de Rufián y el escupitajo de un diputado de ERC a Josep Borrell. Aunque es obvio que queda mucho para llegar al nivel de lo que se ha visto en otras cámaras legislativas como la ucraniana, la japonesa o la taiwanesa, la deriva es preocupante. Hasta el punto de que la presidenta del Congreso, Ana Pastor, ha tenido que hacer un llamamiento a la tranquilidad a sus señorías. Pero ¿cuáles han sido los encontronazos más sonados en la Cámara legislativa durante esta etapa democrática?

Atrás quedan discusiones encendidas pero que raramente salían de los márgenes del civismo, como las que despertaron las legalizaciones del aborto o del divorcio o la aprobación de la ley Corcuera. Uno de los diputados más prolíficos en rifirrafes fue el socialista Alfonso Guerra, a quien por ejemplo demandó Javier Arenas en 1994 por acusarle en un pleno de haber ocultado al Congreso sus actividades empresariales. El verbo hiriente e irónico de Guerra, en todo caso, estaba muy alejado de los insultos que se han escuchado en los últimos tiempos en el hemiciclo.

Los mayores encontronazos que se recuerdan son de este siglo. Aquí situamos por ejemplo el único precedente a la expulsión de Gabriel Rufián: cuando el ya fallecido Manuel Marín echó de la Cámara al popular Vicente Martínez-Pujalte, él mismo uno de los diputados que más han frecuentado las disputas en el Congreso. Ocurrió en mayo de 2006 con un hemiciclo semivacío y el espectáculo fue notable.

Los gritos del representante del PP contra el ministro de Defensa, el también fallecido José Antonio Alonso, motivaron que Marín llamara por dos veces al orden a Martínez-Pujalte. Pese a esto, el diputado no terció. “Señor Pujalte, le llamo al orden por tercera vez; abandone el hemiciclo”, añadió entonces Marín. El diputado popular se negó en redondo, advirtiendo por señas al presidente del Congreso de que solo se iría esposado. Eduardo Zaplana subió a ‘negociar’ con Marín, pero no solo no consiguió su propósito sino que motivó que el presidente de la Cámara pidiera al ujier que apartara al expresidente valenciano. Ante la amenaza recogida en el reglamento de que no podría asistir a la siguiente sesión, Pujalte se marchó jaleado por la bancada popular.

Uno de los momentos más tensos se registró en julio de 2005, aunque ocurrió en los pasillos del Congreso. El portavoz del PP, Rafael Hernando, entonces diputado raso, tuvo que ser sujetado por Zaplana y Ángel Acebes cuando se dirigía con intenciones dudosas -“Eso no me lo dices a la cara”, soltó en su avance- a quien ejercía de portavoz del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. “Hombre, ya está bien. Será caradura el tío. Vaya sinvergüenza”, se le oyó gritar a Hernando mientras era separado por sus compañeros. El contexto fue un debate en la Diputación Permanente del Congreso a cuenta de la muerte de once personas en el dramático incendio de Guadalajara -de donde es natural Hernando- de ese año.

Esta no ha sido, por cierto, ni mucho menos la única algarada en la que se ha visto inmerso Hernando, aunque sí la más crispada. El representante popular está detrás por ejemplo de las lágrimas de la portavoz de Podemos, Irene Montero, cuando se dirigió a Iglesias: "Hay quien dice que (ayer en el debate) estuvo mejor la señora Montero que usted, pero no diré yo esto porque, si no, no sé qué voy a provocar en esa relación". La presidenta del Congreso, Ana Pastor, le pidió que no convirtiera el hemiciclo en "un circo" o "una taberna". Más tarde, Hernando matizó que se refería a la “relación” política entre Iglesias y Montero.

Quizás el clímax de la corriente tabernaria en el Parlamento español fue el “¡que se jodan!” de la diputada popular Andrea Fabra. Sucedió en 2012, cuando el Gobierno de Rajoy impulsó una polemica rebaja en las prestaciones por desempleo. Fabra tuvo que precisar después que con el exabrupto no se dirigía a los parados, sino a la bancada socialista. A los seis días, la hija del exdirigente del PP de Castellón Carlos Fabra pidió disculpas.

Pero si de momentos cumbre se trata, cómo olvidar, en diciembre de 2002, el “¡a la mierda!” de un José Antonio Labordeta cansado de las interrupciones y los insultos que le llegaban de sus señorías. “Estoy hablando con el ministro, no con ustedes. Les fastidia que lleguemos aquí las gentes que hemos estado torturadas por la dictadura y poder hablar. ¡Eso es lo que les jode a ustedes, coño!”, zanjó a continuación.

Dos años más tarde, el diputado de CHA fue amonestado por el presidente de la Cámara, Manuel Marín, por llamar “gilipollas” al representante del PP Carlos Aragonés. Marín pidió a Labordeta que retirara semejante “palabro castizo”, a lo que el político aragonés accedió.

Expresiones duras en el fragor del debate ha habido muchas en estos años, pero pocas tan agrias como las acusaciones que el entonces líder de la oposición, Mariano Rajoy, lanzó al presidente Rodríguez Zapatero en mayo de 2005: "Es usted quien se ha propuesto cambiar de dirección, traicionar a los muertos y permitir que ETA recupere las posiciones que ocupaba antes de su arrinconamiento". Zapatero le reclamó que retirara la supuesta “traición a los muertos”, pero no hubo manera.

La última etapa en el Congreso tiene como protagonista estelar al diputado de ERC. Gabriel Rufián ha bordeado con anterioridad la expulsión debido a sus continuas interrupciones y salidas de tono. Ana Pastor -a la que el representante nacionalista elogia continuamente- se llegó a reunir con él en privado en noviembre del año pasado para aconsejarle que bajara el pistón si no quería, como al final ha sucedido, convertirse en un merecido émulo de Martínez-Pujalte. En este tiempo, Rufián ha ido con una impresora al hemiciclo, también con unas esposas, ha llamado “miserable” a Rajoy, al que pidió que sacara “sus sucias manos de las instituciones catalanas”, ha llamado “gángster”, “mamporrero” y “lacayo” a intervinientes en comisiones de investigación… Un manual de marrullerías que, al final, ha terminado en tarjeta roja.

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