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Darío Menor: "Los jesuitas, con su espiritualidad y su formación, son la navaja suiza de la Iglesia"

El periodista publica este martes 'En camino con Ignacio', una larga entrevista con el general de la Compañía de Jesús que analiza el presente de la orden con motivo de su Año Jubilar.

Arturo Sosa, superior general de los jesuitas, y el periodista Darío Menor entregan al Papa un ejemplar del libro.
Arturo Sosa, superior general de los jesuitas, y el periodista Darío Menor entregan al Papa un ejemplar del libro.
Vocento

Hace medio milenio la conversión de san Ignacio de Loyola cambió la historia de la Iglesia católica. La Compañía de Jesús ha organizado en este aniversario un año Jubilar en cuyas celebraciones se enmarca el libro 'En camino con Ignacio', que se publica este martes en diez idiomas. En sus páginas, el periodista Darío Menor ofrece una amplia entrevista con el superior general de la Compañía, Arturo Sosa. Analizan la actualidad del mundo y de la Iglesia, su relación con el primer Papa jesuita de la historia, su trayectoria personal en Venezuela y el rumbo de la más numerosa de las congregaciones religiosas masculinas. Pero busca también propiciar un cambio interior en el lector para que salga del individualismo y tenga una dimensión política.

¿Qué influencia mantienen hoy en día los jesuitas? ¿Cuál es su encaje en la sociedad actual?

Los jesuitas son la navaja suiza de la Iglesia. Gracias a su amplia y larga formación intelectual -hablamos de hasta 15 años de estudios-, junto a su experiencia y espiritualidad, pueden desarrollar las tareas más diversas. Los puedes encontrar en las universidades más prestigiosas reflexionando sobre las cuestiones más sesudas, atendiendo a los desharrapados en un campo de refugiados o animando una parroquia en zonas periféricas. Su gran versatilidad y creatividad les hace capaces de responder a las más diversas necesidades que tienen hoy la Iglesia y el mundo.

La Compañía tiene por primera vez a uno de los suyos al frente del Vaticano.

Los jesuitas están al servicio de la Iglesia y del Papa, sea este Francisco o cualquier otro. Es algo que está en su ADN. Con Bergoglio es obvio que hay una relación especial y Sosa muestra una enorme sintonía con él en temas como la denuncia del clericalismo, la apuesta por las personas que están en los márgenes o la búsqueda de una mayor participación de los fieles en las decisiones de la Iglesia. No obstante, la Compañía mantiene su autonomía respecto a la institución del papado. En el libro Sosa cuenta que no se ve demasiado con Francisco y que éste no pretende intervenir en la marcha de la orden.

Los jesuitas han mantenido una compleja relación con las izquierdas latinoamericanas.

El fuerte compromiso social de muchos jesuitas les ha llevado a denunciar hasta las últimas consecuencias los atropellos sufridos por los pueblos de América Latina y de otros lugares del mundo. El ejemplo de Ellacuría y los otros mártires jesuitas de El Salvador es la mejor prueba de ello. Esta actitud ha provocado que, en ocasiones, se identificara a algunos de ellos con posiciones de izquierda. En el siglo XIX, en cambio, venían considerados como ultramontanos. Sosa va más allá de ese encasillamiento y reivindica en el libro la importancia de que todos los ciudadanos nos impliquemos en la política. La alternativa, como advierte, es convertirnos en 'idiotas', como definían los antiguos griegos a los que no se involucraban en los asuntos públicos y anteponían sus intereses particulares a los de la sociedad.

El padre Sosa, venezolano y español, habla también de su relación personal con el fallecido expresidente Hugo Chávez y el dolor por la situación actual.

A Sosa le duele Venezuela no solo porque sea su país, sino porque además siempre se involucró en el intento de lograr una transformación social desde que era un joven jesuita. Con Chávez tuvo abierto un canal de comunicación e incluso contribuyó a salvarle la vida junto a otros eclesiásticos en un traslado de una prisión a otra en el que se temía que fueran a asesinarlo. Eso no impidió que lo criticara desde el principio, calificándolo de 'César democrático', de caudillo que corrompía la democracia desde dentro.

¿Ha visto el Papa este libro? ¿Qué impresión le ha causado?

El pasado 3 de mayo pudimos entregárselo en mano en un encuentro en el que participó Sosa, otros dos jesuitas y yo. Nos recibió en su apartamento de la Casa Santa Marta, la residencia vaticana donde vive. Bergoglio estaba muy agradecido y encantado de participar en los distintos eventos del Año Ignaciano, aunque dijo bromeando que en un acto que tendrá lugar en marzo de 2022 no estaría presente ya él, sino Juan XXIV. Al hablar del cambio que supuso para Ignacio de Loyola la herida en Pamplona con una bala de cañón, nos mostró una bellísima escultura en madera realizada por unos presos de la cárcel de Padua. Dijo que era una prueba de un cambio de vida, de un momento 'bala de cañón', como pretende ser el libro con el lector.

¿Cómo le llegó la propuesta para este trabajo?

A Sosa ya le había entrevistado para otro medio cuando fue nombrado superior general de la Compañía. En verano me contactaron porque con el Año Ignaciano estaban pensando hacer un libro, me preguntaron si sabía a quien podían encargarlo y les di unos nombres. Luego entendí que no querían una lista sino a mí.

¿Qué enfoque buscaban?

Buscaban a alguien externo, que no fuera un jesuita. Una mirada externa que les permitiera llegar a todo el mundo y plantear preguntas que un jesuita igual no haría, preguntas que puede hacer cualquier persona de la calle, sea o no católica o religiosa. Ha habido un trabajo de preparación en el que yo me he sentido muy libre pero también muy arropado para las cosas de las que yo no tenía conocimiento.

¿Cómo es la labor de un periodista en el Vaticano?

El Vaticano es una magnífica anomalía histórica, política, cultural, geográfica y, por supuesto, religiosa, enclavada en el corazón de Roma. Es un actor global del tablero internacional, por donde pasan muchas cosas aunque a veces parezca que no ocurre nada. Es la cabeza de una institución milenaria a la que pertenecen 1.300 millones de personas y cuya influencia va más allá de los católicos. Con todos estos ingredientes, es obvio que resulta fascinante para un informador, particularmente con un Papa tan mediático como Francisco. Pero en ocasiones el Vaticano también puede desquiciar por sus tiempos geológicos, la burocratización o la desconfianza hacia los periodistas en algunos de sus cuadros dirigentes, aunque en los últimos años se han dado pasos adelante para intentar comunicar mejor.

Dice que los tiempos han cambiado.

Una parte de la jerarquía de la iglesia sigue viendo a la prensa con miedo o con desprecio y con desconfianza seguro. Pero hay otra que entiende la importancia de la comunicación y que se puede hacer una información religiosa de calidad sin entrar en el insulto. El problema es que en algunos medios se toma la información religiosa como si fuera una 'maría', cuando realmente tiene una influencia y un impacto en la vida de muchas personas que en mi opinión no conviene minusvalorar.

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