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Biden se propone derrotar los bulos para lograr la unidad

En la capital militarizada los pocos asistentes veían "la peor investidura de todos los tiempos" con símbolo del fracaso político de todas las formaciones.

Joe Biden y su esposa, Jill, saludan desde el Pórtico Norte de la Casa Blanca.
Joe Biden y su esposa, Jill, saludan desde el Pórtico Norte de la Casa Blanca.
TOM BRENNER/Reuters

"¿Ya se ha ido?", preguntaban los mensajes. Costaba creerlo, pero sí. Donald Trump dejó este miércoles Washington. La Casa Blanca tiene un nuevo inquilino que no ataca a la prensa ni promueve bulos. Joe Biden aceptó, con la mano en la Biblia, el reto de guiar a su país en el difícil camino de la unidad, tras cuatro años de odio y mentiras lanzadas desde el increíble megáfono que da la presidencia de Estados Unidos, amplificadas en las redes sociales. La "dolorosa lección" de estos últimos cuatro años, reflexionó en su primer discurso, es que "hay verdades y mentiras. Mentiras que se dicen para adquirir poder y beneficios". Y "derrotarlas es responsabilidad de todos".

El discurso de 20 minutos con el que el 46 presidente de EE. UU. inauguraba su mandato de cuatro años contenía palabras repetidas hasta la saciedad en las solemnes escalinatas del Capitolio, ultrajadas por las turbas de Trump hace menos de dos semanas. La libertad, la igualdad e incluso la intrínseca "búsqueda de la felicidad" que defiende la Constitución son metas tan reiterativas como escurridizas, pero por primera vez "la verdad" se mencionaba 13 veces en tan corto y trascendental discurso. Así de confusa es la realidad que ha dejado Trump y la necesidad de recuperar el consenso ante hechos verídicos en los que creer.

El nuevo presidente sabe que ese será su mayor reto para alcanzar la unidad que se ha propuesto, algo que "puede sonar a fantasía de tontos estos días", admitió. Trump ha erosionado sin piedad la confianza en los pilares de la sociedad, desde la prensa hasta las instituciones de gobierno. Su ruta para el poder ha sido la de gobernar en el caos. "Han sido cuatro años de mentiras y propaganda, la gente ya no sabe qué creer", admitió Bill Robertson, un republicano de 60 años que desafió el miedo y las medidas de seguridad para asistir a la investidura, "porque no podemos ceder ante los bárbaros".

Robertson, de hecho, ya no se considera republicano. Bajo la tutela de Trump, el partido de Lincoln y Reagan se ha convertido en algo con lo que ya no puede identificarse. La escalofriante lección que ha dejado el magnate es que "es tan fácil mentir y salirse con la suya que uno se pregunta si vale la pena hacer lo correcto", reflexionaba el hombre. El reto de los conservadores que este miércoles decidieron asistir a la investidura de Biden, en lugar de a la despedida de Trump, será recuperar el alma del partido, mientras el nuevo presidente intenta recuperar la de su país. "Ojalá se capaz de ganarse el respeto de la gente", suspiró Tim Miller, un joven de 24 años llegado desde Nueva York "porque necesitaba verlo y sentirlo para creer en la victoria".

Biden no es un ingenuo. Sabe que "las fuerzas que nos dividen son profundas y reales". Y que no son nuevas. "Nuestra historia es una constante lucha entre el ideal estadounidense de que todos hemos sido creados iguales y la fea realidad del racismo, la natividad, el miedo y la demonización que nos ha hecho pedazos". Trump ha agitado ese racismo subyacente en una sociedad que nunca superó su pecado capital, solo lo hizo tan inapropiado que quienes resentían los esfuerzos por aupar a las minorías al tren del bienestar se veían obligados a callar y disfrazarlo. Hasta que vieron al comandante en jefe defenderlo públicamente con un discurso en clave de mafioso que entendían a la perfección sin necesidad de ponerle todas las letras. Ellos mismos llevaban décadas hablando con frases crípticas. Bastaba con decir que "hay gente buena en ambos lados" de los enfrentamientos entre neonazis y pacifistas para sentirse reivindicados.

Los 'patriotas' no desaparecerán

Ese caldo de cultivo que se ha convertido en la base de leales de Trump no desaparecerá, ni él lo piensa desperdiciar. Ha visto su potencial y les ha llamado al orden con la promesa de que "lo mejor está por venir", les guiñó en su mensaje de despedida. "Volveré de alguna forma". Si eso era una advertencia de que creará un nuevo partido de "patriotas", está por ver, admitió Karl Rove, arquitecto electoral de George W. Bush, el expresidente que a esa hora posaba junto a Biden en la Tumba al Soldado Desconocido para defender la transición pacífica, porque como dijo Biden, ayer no se celebraba la victoria de un candidato, sino de la democracia. "Trump sigue siendo una fuerza poderosa dentro de nuestro partido", dijo Rove a la cadena Fox. "Si elige presentarse de nuevo probablemente sea elegido candidato, pero no sabemos si seguirá siendo una fuerza destructiva".

Al expresidente americano podría esperarle un futuro cargado de demandas por actuaciones durante su mandato

Prueba de que aún encontrará un terreno abonado para la cizaña es que a esa hora la cadena favorita de Trump no repicaba el mensaje de unidad que Biden intentó transmitir, sino la "divisiva" decisión de incluir la inmigración entre las primeras órdenes ejecutivas y lanzar el mensaje a Centroamérica de que "las fronteras de EE. UU. están abiertas", sostenía la columnista británica Katie Hopkins, que animada por la revuelta del día 6 se había instalado en Washington para no perder puntada. "¿A esto le llaman democracia, con 25.000 soldados impidiendo que la gente asista a la investidura?", instigaba la autodeclarada fan de Vox, y de cualquier partido de ultraderecha europeo. "Mira a tu alrededor, aquí hay más periodistas que público".

Eso era tan cierto que en la única entrada al perímetro de seguridad cercana a la Casa Blanca la Guardia Nacional animaba a los peatones a entrar para que hubiera alguien frente a las cámaras. Biden no pudo salir del coche. Su caravana tuvo que desfilar por calles desiertas custodiadas por las tropas. Es el único presidente en 152 años al que su antecesor no pasa el testigo y el primero que tiene que sacar las tanquetas a la calle para garantizar su llegada a la mansión presidencial sin que le asesinen.

¿Y de quién es la culpa?, se le pregunta a Curtis Johnson, un vecino de Washington tan indignado como la extremista británica ante "la peor" investidura que haya visto en sus 75 años de vida. "¡De los políticos!", coincidía con los que intentaban vender camisetas y banderas a un público inexistente. "Estoy cansado de tanta mezquindad. ¿Ves esta moneda? No pone demócratas o republicanos en ninguna cara, a todos nos gusta por igual. Te quiero, hermana, y no hay nada que puedas hacer para impedirlo. ¿Captas el mensaje?". 

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