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Restaurante

Crepería Flor, crepes de siempre y reinventadas

Lleva más de treinta años en Zaragoza y las crepes siguen siendo la base de su negocio, pero la carta ha evolucionado en los últimos años incorporando algunas referencias de la cocina vasca.

Una de las especialiadades del restaurante: la crepe de espinacas
Crepes de siempre y reinventadas

En 1981, los americanos de la Base de Zaragoza fueron los que más vidilla dieron a la recién estrenada crepería Flor. Hasta en una guía editada por el Ejército de Estados Unidos aparecía recomendado este restaurante para que sus soldados fuesen a comer o a cenar. Así que ellos fueron los primeros que disfrutaron de uno de los iconos de este local, la tarta Marianella, un bizcocho de chocolate con nueces que todavía sigue presente en la carta. 

Más de treinta años después, la crepería Flor ha evolucionado, se ha tenido que reinventar en algunos aspectos, pero la esencia de lo que es este restaurante permanece. Así, por ejemplo, las crepes saladas siguen siendo su mayor atractivo. Y es que no es sencillo hacer la base de una buena crepe, que la masa líquida, una vez extendida, quede fina y jugosa. Pero para Jaime Rebollo, su propietario, no tiene secretos. Eso sí, ha tenido que elaborar muchísimas en los últimos nueve años hasta conseguirlo.

Una docena para elegir

De la docena de crepes saladas que se ofrecen, puestos a elegir, nos quedamos con tres: la de berenjenas, setas de cardo y gambas, la de solomillo de cerdo y pimientos verdes con salsa de ciruela y la gratinada de espinacas, queso, huevo y jamón. Son las clásicas, las de siempre , aunque para nada desmerecen dos elaboraciones muy recientes: la de changurro y la de magret de pato.

Pero antes de llegar a la crepe, lo más habitual en el Flor es empezar por un entrante. La quiche Lorraine es otro de los clásicos que sigue en la carta, lo mismo que el paté de Campagne. Y también se puede iniciar la comida con alguna de sus ensaladas. Especialmente recomendable es la que recibe el nombre de 'Noche', una ensalada templada de lollos y variedad de verdes con bacon, piñones, pasas y queso parmesano.

La mayoría de estas propuestas son las de toda la vida, pero la carta ha evolucionado en los últimos años por la especial vinculación que Jaime tiene con la cocina vasca, ya que su madre era de San Sebastián. La tortilla de bacalao, los calamares en su tinta, el bacalao con salsa de tomate y pimiento del piquillo o los pescados del Cantábrico que se pueden degustar por encargo, forman parte de esa nueva carta que también busca contentar a aquellos clientes a los que no les gustan las crepes, algo que es fácil que suceda cuando al restaurante acude un grupo de personas.

Para el postre, siempre existe la opción de seguir comiendo crepes, en este caso dulces, pero por variar un poco, los postres de la casa son todos de elaboración propia, y si son cuatro los comensales se puede elegir un combinado que incluye la tarta Marianella, un budín de manzana y pasas con nata, tarta de coco y helado. Para dos personas también hay una opción parecida.

La bodega no es muy amplia, pero hay referencias suficientes de las cuatro denominaciones de origen aragonesas; vinos que en ningún caso pasan de los 20 euros. Y lo que no falta desde hace 30 años es la presencia de alguno de Bodegas Raimat, de la familia Raventós, cuyos descendientes mantienen una fuerte vinculación con la crepería Flor.

El precio medio de la carta suele estar entre 20 y 25 euros, aunque esta referencia puede ir al alza o a la baja dependiendo del vino o de si se comparte algún entrante. Y una recomendación más: conviene reservar. El comedor acoge a poco más de 40 personas, y aunque los soldados americanos de la Base de Zaragoza ya no acuden a él en tropel, lo cierto es que este restaurante sigue teniendo su tirón.

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