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Pagar por prestar dinero: la era de los tipos de interés negativos

Los gobiernos y el sistema financiero asumen que la etapa del dinero barato está para quedarse

President of the European Central Bank (ECB) Mario Draghi and French President Emmanuel Macron attend the European Union leaders summit in Brussels, Belgium, June 21, 2019. Stephanie Lecocq/Pool via REUTERS [[[REUTERS VOCENTO]]] EU-SUMMIT/
El presidente del BCE, Mario Draghi, saluda a Jean-Claude Juncker en Bruselas el 21 de junio
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Los tipos de interés negativos ya están aquí y, según todos los indicadores, seguirán entre nosotros durante una larga etapa. Días atrás, el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, apuntaló esta idea al anunciar que se planteaba una rebaja mayor del tipo de interés, que ahora está en el 0%. En la actualidad, el BCE ya cobra un 0,4% a los bancos por los fondos que las entidades le dejan en deposito. Y con la política monetaria ahogada, los bancos centrales reclaman a los gobiernos una política fiscal más activa.

Para empezar: ¿qué implican las tasas de interés negativas? Significa que los depositantes -en este caso, los bancos- pagan por ahorrar su dinero, al contrario de lo que han dictado tradicionalmente las normas económicas. Lo habitual es que si una entidad bancaria guarda el dinero efectivo no utilizado en los bancos centrales reciba a cambio un pequeño interés como contrapartida. Sin embargo, con las tasas de interés negativas sucede justo lo contrario: que las entidades bancarias pagan al banco central por depositar dinero en él.

Uno de las consecuencias lógicas podría ser que los bancos optaran por dar a esa liquidez un destino que pueda generar mayor rendimiento, como hipotecas o proyectos empresariales. Sin embargo, el miedo que se ha instalado en el mundo financiero a raíz de las recientes crisis económicas, entre otros factores, ha hecho que no sea así, y que las entidades financieras antepongan la seguridad a cualquier otro valor.

¿Raro? No tanto. El economista Jesús Fernández-Villaverde ha explicado en su blog 'Nada es gratis', con manzanas y helados como ejemplos, por qué se trata de un fenómeno completamente lógico en determinadas circunstancias.

Las tasas de interés negativas aparecieron por primera vez hace dos décadas en Japón y entonces causaron un auténtico ‘shock’. Llegados a este punto, sin embargo, han sido asumidas con naturalidad por los gobiernos occidentales. Suiza o Suecia llevan años con un tipo de interés oficial por debajo de cero (-0,75% en el primer caso y -0,25% en el segundo).

El Banco Central Europeo lo introdujo por primera vez en 2014: ese año fijó en el -0,1% el tipo de interés aplicable a la facilidad de depósito. Tres años después rebajó ese índice al -0,4% y así sigue. El tipo de interés de las operaciones principales, entre tanto, continúa en el 0,25%. Hace diez años, el tipo de interés aplicable a la facilidad de depósito del BCE llegó a estar al 1% y el de las operaciones múltiples, al 3%. Hace veinte, el primero alcanzó el 2,75% y el segundo, el 4,5%.

“Y el mundo sigue girando”, desdramatiza Ángel Ubide. El economista zaragozano, autor de ‘La paradoja del riesgo’, recuerda que “el tipo depende del equilibrio entre ahorro e inversión; si acaba siendo negativo es que hay un exceso de uno u otro. Estamos en una situación en que hay mucha aversión al riesgo y por eso es normal que haya tipos bajos”.

"Con tipos tan bajos, la política fiscal tiene más espacio para la inversión pública"

En este contexto, advierte Ubide, es necesaria una nueva estrategia. “Parafraseando a Keynes, los hechos han cambiado, así que ha llegado el momento de cambiar de opinión”, aparece en el mencionado volumen. “Uno de mis argumentos -analiza ahora para HERALDO.ES- es que con tipos tan bajos la política fiscal tiene más espacio para la inversión pública: hay que plantearse la relación entre los tipos de interés y el de los proyectos para los que nos endeudamos. Si el retorno de una inversión pública es del 5% y el de la financiación del 2%, entonces es bueno que te endeudes. Hay que tener menos miedo a la deuda y la inversión”.

Que no es un fenómeno local sino algo global lo atestigua el hecho de que en Estados Unidos la situación no es muy diferente, pese que el país norteamericano se encuentra en otra fase del ciclo económico y crece a un ritmo por encima del 3%. El rendimiento de los bonos del Tesoro se situaba esta semana en torno al 1,95%, lo que, teniendo en cuenta que la inflación subyacente se mueve en unos parámetros similares -el 2% en mayo-, hace que hablemos de una tasa real casi neutra.

Los expertos no se ponen de acuerdo sobre las causas de este giro asentado a tipos negativos. Ya no se pueden vincular con 'accidentes' concretos, como la crisis asiática de los noventa o la de 2008. Algunos ligan esta situación con el progresivo envejecimiento de la población en Occidente, lo que mitigaría la demanda; otros la relacionan con la revolución tecnológica. La combinación de la baja de demanda por la ralentización del crecimiento demográfico y el temor por parte de empresas y familias a realizar grandes inversiones llevaría a un estancamiento secular, a una larga etapa sin grandes crecimientos.

Aunque también hay teorías alternativas frente al temor por el estancamiento secular. Por ejemplo la del economista israelí Joel Mokyr, para quien el fenómeno clave es el progreso tecnológico actual. Según argumenta, medir la economía con estadísticas agregadas, como sucede con el producto interior bruto, ha dejado de tener sentido por una razón: las innovaciones tecnológicas son caras, pero una vez desarrolladas resulta muy barato copiarlas, de modo que dejan de ‘figurar’ en los indicadores del PIB y sin embargo introducen grandes beneficios en las sociedades.

Pero esto se aleja ya del asunto principal del artículo. El caso es que los tipos de interés negativos están en principio para quedarse una larga temporada. Y el BCE lo asume ya como algo natural. Hace unas semanas, un informe del regulador europeo incluso apuntó que los tipos negativos pueden traer beneficios a la banca. Con datos confidenciales, según apunta el ‘paper’, los autores -Selva Demiralp, Jens Eisenschmidt y Thomas Vlassopoulos- concluían que los bancos más expuestos a los depósitos negativos incluso prestan más que antes.

Otra vertiente que se abre: ¿acabarán cobrando los propios bancos a los particulares por los depósitos? El entorno financiero lo ha rechazado repetidamente; el último en hacerlo fue este martes el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri.

La semana pasada, el Banco de Pagos Internacionales -una suerte de coordinador de los bancos centrales- reclamaba a los gobiernos más acciones en política fiscal, ya que el margen que le queda a la política monetaria es mínimo. Precisamente en ‘La paradoja del riesgo’, Ubide mencionaba que “con tipos de interés muy bajos, un estímulo fiscal bien diseñado, centrado en medidas que mejoren el potencial de crecimiento, reduciría la ratio deuda/PIB (…) No olvidemos que el gobierno está más capacitado que algunas partes del sector privado, como los hogares, para asumir riesgos”. Además, este estímulo debería “durar varios años” con el objetivo de “convencer a los agentes económicos de que habrá suficiente apoyo a la demanda durante un periodo prolongado, para que así no reduzcan sus estimaciones del crecimiento potencial y, como consecuencia, reduzcan el consumo y la inversión actuales”.

En este campo, el BCE ya alertó en marzo de que, con unos altos niveles de deuda como hay ahora mismo, “estos canales” de inversión y gasto público están “restringidos”. La economista jefe de la OCDE, Laurence Boone, reclamó por su parte más inversión pública en Europa, aunque únicamente para el caso de los países con más margen fiscal, como Alemania.

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