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Mes y medio y 230 minutos sin un gol del Real Zaragoza en La Romareda

El último tanto lo hizo Delmás al Nástic de Tarragona el 1 de abril. Para hallar un gol de un delantero hay que irse dos meses atrás, aquel de Linares al Elche el 16 de marzo.

Delmás, en la jugada en la que acabó marcando el 3-0 al Nástic de Tarragona en La Romareda, el último gol local visto hasta hoy: el 1 de abril.
Delmás, en la jugada en la que acabó marcando el 3-0 al Nástic de Tarragona en La Romareda, el último gol local visto hasta hoy: el 1 de abril.
Oliver Duch

El Real Zaragoza llega al viernes con un reto particular muy profundo: marcar un gol en la portería del Sporting de Gijón, rival de turno en la 39ª jornada. El equipo de Víctor Fernández se ha marcado el propósito de hacer vibrar a su inmensa afición con los goles, la salsa de este espectáculo, y que solo ha cantado en 17 ocasiones en La Romareda en los 18 partidos de verdad que han jugado como locales. Los zaragocistas pretenden, por fin, consumar un marcador que dé lugar al disfrute. Por supuesto, todo ello paralelo a la cuestión mayor: ganar los 3 puntos ante los asturianos y cerrar (o casi) la permanencia en Segunda División.

Porque este factor goleador es algo que sobrevuela el vestuario mellando el orgullo del equipo y del cuadro técnico. Todo lo bien que están saliendo al final los números como visitantes, se difumina en la nada cuando se comparan sus rentas en La Romareda, un auténtico despropósito. Los datos son rotundos.

El Real Zaragoza lleva mes y medio sin marcar un gol en casa. Desde el 1 de abril, cuando le ganó 3-0 al vicecolista, el Gimnástic de Tarragona. Acumula 230 minutos de sequía absoluta, eso sin poder computar entremedias el partido ganado ante el Reus, en el rol de anfitriones, y que se añadió al balance global como victoria por 1-0, pero sin disputarse el partido sobre la hierba, por estar expulsado de la competición desde enero el cuadro catalán. Aquello fue faena de despachos y normativa vigente.

Se quedó el Real Zaragoza sin anotar el último día ante el Deportivo de La Coruña, con el que perdió 0-1 (90 minutos a ciegas, primer sumando). Había hecho lo propio frente al Alcorcón un par de semanas antes, con el que cayó 0-2 (otros 90 minutos más sin ver diana, segundo sumando). Y 15 días antes de ese patinazo asoma la victoria referida contra el Nástic. El 3-0, en una tarde de prematuro acierto, lo hizo Delmás en el minuto 40 (antes habían marcado Verdasca y P. Biel). Con lo cual hay que añadir al tiempo sin goles otros 50 minutos, los restantes de aquel duelo frente a los mediterráneos.

Este trecho de defectos atacantes es un retal de patrón, un modelo, un paradigma puntual de lo que ha venido siendo la temporada de fútbol en La Romareda: generalmente, un padecimiento para la afición, un chasco casi lineal para el equipo cada vez que tenía que solucionar sus partidos en casa. Y, en ese contexto, cabe recordar el papel, repleto de taras, de los delanteros y especialistas en la tarea del gol durante estos 9 meses largos de competición.

Porque, para encontrar el último gol de un delantero en La Romareda hay que irse aún un poco más atrás: al 16 de marzo, hace ya 2 meses, cuando el Zaragoza doblegó al Elche por 1-0 con gol del ariete Linares (ahora fuera de tarifa y catálogo hace unos cuantos partidos).

Saben los futbolistas -como bien recordó este miércoles Raúl Guti- que están en deuda con la afición. Que ir al fútbol en Zaragoza en este curso 18-19 no ha resultado seductor por los antecedentes arrastrados desde agosto o septiembre. Ahí radica el enorme mérito de todos y cada uno de los hinchas blanquillos. Merecen un monumento. 

Y ese es el reto de cara a los dos últimos capítulos que quedan por desarrollarse en el estadio municipal zaragozano, este viernes ante el Sporting de Gijón y, el fin de semana del 1 o 2 de junio, frente al Numancia de Soria: poder edulcorar, en la medida de lo posible, la acidez y acritud que perdura en el paladar de los seguidores blanquillos en un año tan obtuso y desagradable de digerir en las gradas de La Romareda. 

Por ahí van los tiros del estímulo que Víctor Fernández está trasladando a sus muchachos: a ver si son capaces de endulzar algo (no mucho, pero algo) el sentir de las papilas gustativas de una afición mártir que está muy por encima del rendimiento de su equipo en cuanto a paciencia, asunción de los hechos y comprensión del momento puntual que vive el club camino de sus 90 años de vida. A ver si logran tal propósito. Solo les quedan dos apariciones en las tablas. La primera, en 48 horas frente a los de Gijón. Ahí tienen el primer envido. 

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