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Comunicación

periodismo. fotografía

Carlos Moncín, el ojo que sabía mirar

Memoria de un fotógrafo de prensa que amaba el oficio, de gran versatilidad y maestro absoluto de la fotografía taurina, del reportraje y del retrato

Carlos Moncín. Fotógrafo de prensa
Retrato de Carlos Moncín Duce, con una de sus fotos más emblemáticas, en el Cuarto Espacio.
Asociación de Fotoperiodistas de Aragón.

Me entero de la muerte –a través de un texto de Mariano García– de Carlos Moncín, el fotógrafo que fue durante dos décadas jefe de la sección de Fotografía  de ‘Heraldo’. Un fotógrafo de todo y para todo, aunque su especialidad, su gran pasión eran los toros. Ahí, en el ruedo, en Zaragoza o en Calatayud, se transformaba. Se volvía otro: un artista, un poseído, un científico que fija para siempre la verónica o la sangre derramada.

Carlos Moncín ha sido importante en mi vida. Lo conocí en julio de 1987 en Calatayud durante el rodaje de ‘El aire de un crimen’ de Antonio Isasi Isasmendi. Ya sabía quién era, me habían avisado en ‘El día de Aragón’, donde trabajaba entonces, que él y José Verón Gormaz eran los fotógrafos oficiales de Calatayud, a los que luego se sumarían Manuel Micheto, Agustín Sanmiguel, Jesús Macipe, etc. Uno tenía tienda y era un profesional en crecimiento, un gran cronista social y político que había trabajado en varios diarios y agencias; el otro era el poeta que había ganado cientos de premios en medio mundo con sus imágenes con atmósfera y con un color personalísimo. Dos amigos y dos formas de entender la vida y la fotografía.

Los dos retrataban a los actores de la película y no recuerdo quien me pasó fotos para un reportaje de domingo a doble página, aunque llevaba mi cámara Yashica-FX3, y lo capté casi todo, incluso a una jovencísima Maribel Verdú sentada sola en un rincón del mesón, con la que hablaba de cuando en cuando Germán Cobos. Creo que fue Carlos, aunque era colaborador de ‘Heraldo’, quien también nos pasaba fotos a nosotros, sobre todo a través de Javier Valero, cronista de toros.

Algún tiempo después, juraría que fue en 1988 o en 1989, durante las fiestas del Pilar, un toro cogió a un torero, o quizá fuese a un novillero. Yo entonces era jefe de la sección de Cultura de ‘El día de Aragón’, y Javier Valero, con el que siempre he trabajado muy a gusto, me llamó y me dijo que teníamos la secuencia entera de la cogida y que era algo espectacular. Entre 12 y 16 fotos, y que si yo quería las publicábamos. A Plácido Díez Bella y a Lola Ester, director y redactora jefe, les pareció muy bien. No sé si publicamos 6 u 8, a página entera, con un texto literario, con ecos lorquianos, como no podía ser de otra manera, y las imágenes las firmaba Carlos Moncín.

Aquello escoció un poco en mi actual periódico, lo supe por Javier, lo supe por el propio Carlos, que no tardaría en recordármelo poco más tarde y muchos años después cuando en 2001 entré en ‘Heraldo’. A raíz de aquello, lo llamaron para dirigir la sección en la que estaban, entre otros, Arturo Burgos, Vicente Jorcano, Eduardo Bayona y Ángel de Castro. Y ahí trabajó durante más de dos décadas, en alianza directa con José Miguel Marco, Oliver Duch y Guillermo Mestre –y con otros profesionales por la casa: Aránzazu Peyrotau, Luis Correas, Esther Casas, Asier Alcorta, María Torres-Solanot, Aranzazu Navarro, entre otros- hasta que fue reclamado por Luisa Fernanda Rudí para formar parte de su gabinete. Su amistad, entre otras cosas, derivaba de su pasión por la fiesta.

Carlos Moncín había retratado a todos los toreros. De aquí y de allá. Admiraba al fotógrafo taurino Canito, y tenía criterio propio: “Ese torero es miedoso”, “los toros hoy no valen nada”, “ha habido un momento de oro entre tanto fango”, podía decir metido a crítico taurino. Siempre volvía a la redacción con algún tesoro. Si ahora se revisasen sus positivos y negativos se hallarían auténticas joyas. Su producción es inmensa e intensa…

En los primeros tiempos trabajó sin descanso; luego, sin dejar de hacer fotos, coordinó más, pero aún así hizo de todo. Con maestría. Con arrebato. Cuando se implicaba, aparecía el gran profesional, el hombre versátil y curtido, el sabio del oficio, el hombre que sabía mirar y desnudar en un rostro, actitudes, psicologías. A veces parecía levantisco, dado al enojo y a la distancia, con esa sensación que se tiene a veces en los oficios de que el tiempo de uno ya ha pasado o está pasando ante el vértigo de las novedades, pero en cuanto vencía eso, y lo hacía constantemente, se entregaba y lograba grandes retratos (artistas, escritores, políticos, deportistas…), masas, reportajes, pura y descarnada información. Como ha recordado la periodista Ana Esteban -reportero de formación clásica, alejado de lo conceptual o lo poético, aunque sabía captarlo-, Carlos Moncín solía decir: “Mis placas hablan por mí”.

José Miguel Marco, un gran profesional y actual jefe de fotografía de ‘Heraldo’, ha escrito en su Facebook: “En 1997 Carlos me fichó como colaborador de ‘Heraldo’. El primer reportaje, o de los primeros, fue sobre los patos del Canal Imperial. Le enseño los contactos y me dice: ‘bien chavalín, copia esta y esta’, señalando dos miniaturas. No se prodigaba en halagos, era duro, como las redacciones de entonces. Trabajamos juntos durante casi veinte años, con jornadas largas, con días buenos y malos, con encontronazos y abrazos. Aprendí de él que lo primero es la información. ‘No hacemos catálogos, hacemos periódicos’, decía. Todo en él era intenso”. Creo que el retrato es preciso. Carlos Moncín era exigente, olía las fotos, olía la noticia, y se atrevía a cortarle la cabeza, artísticamente, a un personaje si le parecía expresivo. Era clásico, sin duda, pero audaz. Dominaba el arte del primer plano y tenía personalidad en la composición, energía, sabía en qué consistía la vivacidad de esa toma que, sí, a veces vale más que mil palabras o tanto como ellas. Por eso aborrecía lo que en el oficio se llama “un cromico”. No se conformaba.

De algún modo, el fotógrafo fue suplantado, despaciosamente pero jamás definitivamente, por el editor, por el coordinador de la sección, por la vehemencia de los tiempos y por una nueva pasión: el golf. Ahí encontró aire nuevo, la relajación, la vitalidad y la expansión que siempre andaba buscando, aunque claro está llevaba la fotografía en vena. En su obituario, Mariano García resume muy bien su forma de entender el oficio y también cierto desengaño ante la llegada de la fotografía digital, que restó “calidad y sensibilidad” a la foto de prensa. Escribe: “Sus fotografías, en las que confluían tres dones, la elocuencia, la oportunidad y la precisión, eran siempre una lección de periodismo”. Roberto Pérez escribe en ‘ABC’: “Deja tras de sí una sobresaliente producción gráfica que lo convirtió en nombre propio del fotoperiodismo aragonés y del arte de la fotografía”.

Tras abandonar el gabinete de Luis Fernanda Rudi, aquel fotógrafo ya embrujado por los campos de verdín, no volvió a la redacción. Y pronto se asomó a su existencia el huésped más terrible e indeseable: el cáncer. Aún hizo más cosas: ordenó archivos, hizo exposiciones, publicó un libro (‘La Transición democrática en Calatayud: cambios y esperanzas’, el libro de una pasión por Calatayud y la candente actualidad) y resistió con dignidad.

Hace algo más de un año viví en Calatayud una de esas emociones inesperadas y maravillosa cuando fui a dar una charla sobre literatura aragonesa contemporánea a la Universidad de la Experiencia. Me habían dicho que Carlos Moncín estaba seriamente enfermo, con diversos picos de hospitalización y reposo. Cuando lo vi entre el público me llevé una gran alegría. Me pareció un hermoso gesto: como otros compañeros de ‘Heraldo’ habíamos hecho entrevistas, reportajes, noticias, muchas cosas juntos, y habíamos hablado de mil asuntos, casi siempre con la fotografía de fondo. Me conmovió verlo allí, con su mujer Julia. Aguantó con una sonrisa la hora y media en la UNED y pudimos despedirnos con un abrazo. Volvimos a hablar por teléfono cuando le dije cómo podía hacerme con un libro suyo. Era socio de honor de la Asociación de Fotoperiodistas de Aragón, y sus impresionantes fotos lucieron en la colectiva que significó la puesta de largo del colectivo en el Cuarto Espacio.

Ahora, a los 64 años, Carlos Moncín Duce (había nacido en Calatayud en 1955) se fue con discreción en esta primavera tan implacable como irreal.

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