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Pilar 2021

El rincón favorito de Carlos Escribano: "La plaza del Pilar es distinta según la hora del día. Cambia hasta su color"

El arzobispo de Zaragoza destaca los amaneceres y los atardeceres de este céntrico punto, su rincón favorito de la ciudad.

La perspectiva favorita de Carlos Escribano de la plaza del Pilar
La perspectiva favorita de Carlos Escribano de la plaza del Pilar
Guillermo Mestre

Dice el arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano, que la plaza del Pilar "es distinta en función de la hora del día". A él le gustan especialmente las vistas desde la fuente de Goya, mirando hacia la basílica y con San Juan de los Panetes de fondo. Aunque reconoce que puede parecer poco original, asegura sin titubeos que este es su rincón favorito de la ciudad. "El amanecer tiene un color, el atardecer otro y el mediodía, sobre todo en verano, luce abrasador", relata. 

Es un punto que conoce bien, ya que, desde su nombramiento como arzobispo, la cruza prácticamente a diario. "Aunque a priori pueda parecer muy dura por la piedra tiene su encanto", añade. Y pese a que aún no estaba en Zaragoza, reconoce que verla totalmente vacía durante los primeros días del estado de alarma le impactó, sobre todo teniendo en cuenta el bullicio al que él estaba acostumbrado.

De entre todos los momentos del día se queda con dos: el amanecer, cuando todavía no hay mucha gente y se puede contemplar en toda su inmensidad, y el atardecer. También le gusta ver la silueta del Pilar reflejada en el Ebro durante sus paseos por la ribera, una imagen "muy estética" a la que le tiene especial cariño.

Por Antón Castro

Me has pedido, querido amigo, que te cuente cómo son mi ciudad, mi lugar favorito, mis rituales cotidianos. No tengo ahora ni el tiempo suficiente ni creo que deba extenderme. Vivo en un entorno ideal, palpita la vida, el tránsito de la gente. Ya sabes que soy ordenado, un hombre de rutinas.

Cuando empecé a vivir aquí tenía la sensación de todo era demasiado majestuoso, casi faraónico, como si hubiera mucha piedra y pocos árboles, y el peso del pasado fuera una carga añadida. La basílica de la que tanto te he hablado se ha ido modificando con los siglos; le levantaron los últimos torreones a mediados del siglo XX. Aquí se dice que vive de espaldas al río Ebro que pasa por delante. No lo creo. Desde el bosque de Macanaz, ambos configuran una instantánea homogénea, con personalidad. He aprendido a entender esta plaza inmensa y abierta. Siempre sorprende: por lo mucho que se puede hacer en ella, por los espectáculos, las terrazas, por los soportales que tiene enfrente, por la huella de Pablo Serrano, ese escultor del hombre y para el hombre y Dios. Por tanta gente que viene de lejos, de muchos países, de otras ciudades españolas. Siempre hay algo que les atrapa. 

El conjunto arquitectónico es incomparable, sin duda, pero tal vez lo más conmovedor sea cómo la gente ha asimilado su carga simbólica, la tradición de una fe antigua. Yo aprovecho todas las horas: el alba que despunta con las luces que parecen soñadas por un pintor, el mediodía con su dureza solar y sus alargadas sombras, el crepúsculo que tiene forma de hechizo. Todos los días entro a ver el cuadro del Cojo de Calanda de Ramón Stolz. Algún día le dedicaré una novela.

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