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Indignación entre las familias con autismo tras el caso de la Warner: "Seguirá pasando mientras no haya educación y respeto"

Sin llegar al extremo de un suceso que ha conmocionado a la sociedad, varias madres aragonesas denuncian haber sido víctimas del "acoso" que sufren algunos padres con hijos con discapacidad. "Tuve que etiquetar con un chaleco a mi hija para cortar los insultos en la calle durante el confinamiento", lamenta una zaragozana.

Esther González y su hija Miranda, de 12 años, en un viaje a Pau, junto a una plaza de aparcamiento reservada a personas con discapacidad.
Esther González y su hija Miranda, de 12 años, en un viaje a Pau, junto a una plaza de aparcamiento reservada a personas con discapacidad.
E. G.

La paliza a una mujer por defender a su hijo con autismo, que recibió insultos en el Parque Warner de Madrid, ha despertado la condena unánime a estos hechos así como la solidaridad y el apoyo de decenas de familias y asociaciones aragonesas que trabajan con niños con discapacidad o trastornos del espectro autista.

"Ayer cuando leí la noticia me estremecí. Pegar a alguien siempre está mal, ¿pero por una causa así? A mi hijo Mario siempre le han encantado las atracciones, lo hemos llevado hasta a Disneyland, y jamás he tenido ningún problema. Y en los aquaparks, que también le gustan y no tienes esa opción preferente, sino que hay que guardar la fila, en cuanto ven al crío -que es más grande de lo normal- que se pone nervioso o se intenta colar lo dejan pasar. Anoche cuando leí la noticia me quedé alucinada y lo comenté con mi marido y mi otro hijo. Está claro que el que tiene problemas es el señor que llamó "mongolito" al chico y luego pegó a su madre. Me parece una barbaridad, y me alegro muchísimo de que lo hayan mandado por lo penal", sentencia la zaragozana Obdulia Tejero, miembro de Autismo Aragón y madre de un joven de 19 años con Trastorno del Espectro Autista (TEA).

"Tuve que etiquetar a mi hija con un chaleco reflectante para cortar los insultos"

Sin llegar al extremo de un caso que en pocas horas, desde su aparición en los medios, ha conmocionado a muchas familias, varias madres aragonesas denuncian también haber sido víctimas de la incomprensión que sufren algunos padres con niños autistas, algo que se vio agravado durante los primeros meses de confinamiento. "A mí me han recriminado con insultos de todo tipo desde la ventana por salir con mi hija durante el estado de alarma. Hasta que el Gobierno nos dio el permiso para poder salir pasaron 4 o 5 días. Hubo uno que la tuve que sacar a la 1.00 de la mañana, y aún teniendo ya el papelito oí a grito pelado: '¡hija de puta! ¿Qué haces en la calle? ¡A tu casa!'. Tuve que agachar la cabeza y seguir andando, porque mi hija es supersensible y si yo me vuelvo y contesto la pongo más nerviosa. Al final, aunque no quería, tuve que 'etiquetarla' con un chaleco reflectante para cortar el tema", lamenta Esther González, la madre de Miranda, una niña de 12 años con autismo que sufrió varios episodios de agresividad durante los meses de estricto confinamiento a causa de la pandemia. 

Esta zaragozana, que se suma también a la condena que desde Autismo Aragón y otras asociaciones han hecho a raíz de lo ocurrido en la Warner, quiere con su testimonio denunciar una serie de comportamientos que, para desgracia de muchas familias, siguen presentes en la sociedad actual, bien por "desconocimiento de la enfermedad" o por falta de "empatía" hacia quienes conviven a diario con un trastorno de conducta o una discapacidad que no se aprecia a simple vista. 

"El autismo, a diferencia de otras enfermedades o trastornos, no es algo físico que la gente vea. Pienso que dar visibilidad a estos aspectos en los medios es la única manera de llegar a la gente y que tome conciencia de lo que vivimos las familias", reitera Esther, que pone como ejemplo varias situaciones incómodas que les ha tocado atravesar con su hija Miranda en el último año. Durante el confinamiento, cuenta que llegó incluso a tener que llamar a la policía después de que un vecino de su mismo edificio les aporreara una y otra vez la puerta de casa tras sufrir la niña una crisis en plena noche. "Mi hija en confinamiento lo pasó muy mal. Al cortársele todo de golpe (el colegio, las actividades, los columpios...), hubo una noche que empezó a correr arriba y abajo por todo el pasillo y subieron dos vecinos dando puñetazos a la puerta. Les dije que tenía a la niña en plena crisis, que no iba a abrir, y siguieron dando golpes. Al final llamé a la policía, que tuvo que venir a explicárselo", recuerda esta madre, que ha tenido también algún que otro "encontronazo" con algún vecino de su calle a la hora de aparcar, por el desconocimiento que hay de este trastorno o la escasa sensibilización. "Aquí en Zaragoza me han recriminado alguna vez el estacionamiento en plazas de movilidad reducida. Nosotros tenemos la tarjeta de discapacidad para aparcar. Vivimos en Las Fuentes, en un edificio sin garaje. Y si das tres vueltas a la misma calle, ella se pone nerviosa y se quiere bajar, lo que en un par de ocasiones también ha llevado que me lo recriminen", relata González. 

"Educación" y "respeto" hacia las familias

Mirella García, madre de Lizer, junto sus dos hijos y su marido de paseo por la ribera.
Mirella García, madre de Lizer, junto sus dos hijos y su marido paseando por la ribera.
M. G.

El suceso acontecido este mes de mayo en la Warner ha conmocionado también a otras familias con niños con discapacidad, que piden "educación" y "respeto" para evitar desde comportamientos tan "salvajes" como el expuesto, a otros más sutiles que aunque no se denuncian pueden herir también la sensibilidad de quienes los sufren en su vida diaria. "Hasta que la sociedad no aprenda a ver que la discapacidad forma parte del día a día, esto seguirá ocurriendo. No solo esto, miradas de pena, miradas fijas, comentarios sin respeto... Esto seguirá pasando mientras a los niños desde pequeños no se les enseñe educación y respeto", opina Mirella García, vicepresidenta de la asociación de enfermedades raras 'Somos Pera' y madre de Lizer, un niño que sufre una encefalopatía epiléptica todavía sin nombre. 

A su juicio, este tipo de comportamientos vienen muchas veces del desconocimiento. Por eso cree que es importante hablar de ello y normalizar que "la discapacidad es algo que le puede tocar a cualquiera" por circunstancias de la vida como sufrir un ictus o un accidente de tráfico. "Muchas veces la culpa de esas miradas no es de nadie, porque lo diferente siempre llama la atención. El otro día una niña se quedó mirando a Lizer y tuvo que interceder su padre para decirle que eso no se hace. Le dimos las gracias a ese papá porque nos pareció tan importante... Cuanto más normalicemos que esto está dentro de la sociedad y de nuestro día a día mas fácil será para las familias que convivimos con ello no sentirnos observados o que somos diferentes. Al fin y al cabo, la empatía es lo más importante que hay en esta lucha contra el estigma", defiende esta madre, que ha sufrido también en ocasiones la burla de algún adolescente que pasaba por su lado "haciéndose el gracioso" con la pandilla mientras paseaba a su hijo en el carrito.

En el extremo contrario de estas actitudes que duelen, García confiesa también que hay "miradas" que son bonitas, y pone para concienciar otra situación vivida recientemente que le reconcilia con el lado más humano de la ciudadanía. "El otro día, cuando íbamos por la calle, se nos acercó un señor con su hijo pidiendo si podía hablar con Lizer. Nos contó que su hermano -con discapacidad- había fallecido hace poco, y al ver al chico dijo que era lo más bonito que había podido ver en los últimos días, y que creía que era un campeón, y hasta el hijo que iba con él miraba a Lizer de una forma bonita. Esas miradas se notan y son las que reconfortan a las familias", afirma. 

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